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La fragmentación política ha convertido las negociaciones danesas en un laberinto donde nadie consigue gobernar y nadie quiere asumir el coste de ceder.
Las y los espectadores de Borgen recordarán aquella sensación constante de tensión fría. Despachos elegantes. Sonrisas tensas. Líderes políticos negociando como si jugaran una partida de ajedrez donde cada movimiento puede destruir carreras enteras. Lo que está ocurriendo ahora mismo en Dinamarca parece escrito por los guionistas de la serie. Solo que esta vez no es ficción.
Desde las elecciones generales del 24 de marzo, el país escandinavo sigue sin gobierno. Y no por falta de intentos. Los socialdemócratas de la primera ministra, Mette Frederiksen, ganaron los comicios con un 21% de los votos, pero la victoria ha terminado pareciendo casi una derrota. Mes y medio después, nadie ha conseguido articular una mayoría parlamentaria. Nadie controla el tablero.
Mientras tanto, Dinamarca ya ha batido un récord histórico incómodo: las negociaciones para formar gobierno más largas de toda su historia democrática.
La comparación con Borgen no es casual. La cuarta temporada de la serie, estrenada en 2022, imaginaba tensiones geopolíticas derivadas de los recursos naturales de Groenlandia. Hoy, Groenlandia vuelve a estar en el centro de debates estratégicos internacionales y Dinamarca atraviesa una crisis política real que parece sacada de aquel guion. A veces la ficción solo llega antes.
UN PARLAMENTO ROTO EN DOCE PEDAZOS
El problema no es únicamente quién ganó. El problema es que el Parlamento danés se ha convertido en una especie de mosaico imposible. El Folketing quedó dividido entre 12 partidos diferentes para ocupar apenas 179 escaños. Mucha fragmentación. Demasiados vetos cruzados. Y una sensación cada vez más evidente de agotamiento político.
Dinamarca funciona bajo un sistema de “parlamentarismo negativo”. Traducido al lenguaje normal: un gobierno puede mantenerse mientras no exista una mayoría suficiente para derribarlo. Esto ha permitido históricamente ejecutivos débiles, gobiernos en minoría y pactos amplios. El país estaba acostumbrado a convivir con eso. Pero esta vez la máquina parece gripada.
El politólogo Rune Stubager, de la Universidad de Aalborg, lo resumió con una frase demoledora: “Cada segundo que pasa es un nuevo récord en las negociaciones más largas de la historia del país”.
Y no hay reloj institucional que fuerce una salida. La Constitución danesa no establece límites temporales para formar gobierno. Ninguno. Las conversaciones pueden eternizarse mientras el país sigue funcionando en modo provisional. Algo que hace unos años parecía un ejemplo de estabilidad nórdica empieza a parecer otra cosa: un bloqueo estructural maquillado de calma escandinava.
Frederiksen intentó construir una coalición progresista apoyándose en los Moderados, una fuerza de centroderecha liderada por Lars Løkke Rasmussen. Y aquí aparece uno de los grandes absurdos de la política danesa actual: el partido decisivo quedó sexto en las elecciones con solo 14 escaños.
Pero esos 14 diputados tienen la llave.
Los Moderados podían entregar el poder tanto a la izquierda como a la derecha. Durante semanas negociaron con los socialdemócratas. Sin éxito. Rasmussen acabó abandonando la mesa y anunció que exploraría un acuerdo con los liberales conservadores. Una maniobra que sacudió el país.
No es difícil entender el cálculo. Rasmussen sabe que su pequeña formación vale oro en un Parlamento roto y está intentando convertir esa posición en poder real. Ministerios. Influencia. Agenda política. Lo que sea. La política parlamentaria europea se parece cada vez más a un mercado permanente de supervivencia.
Y el resultado es un país parado.
LA DERECHA TAMPOCO CONSIGUE CERRAR UNA MAYORÍA
La alternativa conservadora tampoco transmite precisamente estabilidad. El líder liberal, Troels Lund Poulsen, recibió ahora el encargo de intentar formar gobierno. Pero su situación es igual de frágil.
Los liberales fueron castigados duramente en las urnas por gobernar junto a socialdemócratas y moderados durante los últimos cuatro años. Han quedado reducidos a 18 escaños y convertidos en tercera fuerza parlamentaria. Otra victoria amarga. Otra derrota maquillada.
En teoría, Poulsen podría construir una mayoría de derechas con apoyo moderado. En teoría. Porque la realidad política danesa parece escrita por alguien empeñado en complicarlo todo un poco más cada día.
Cuatro diputados del bloque conservador abandonaron sus partidos pocas semanas después de las elecciones y ahora actúan como independientes. Tres pertenecían al ultraderechista Partido Ciudadano, que apenas había conseguido cuatro escaños. El bloque conservador, que ya iba justo, perdió cohesión incluso antes de empezar a gobernar.
Y todavía hay más.
Los Moderados y el xenófobo Partido Popular Danés se niegan a colaborar entre sí. Sin ese acuerdo, una mayoría conservadora estable prácticamente no existe. La derecha necesita romper vetos mutuos, tragarse líneas rojas y aceptar pactos que hace apenas semanas parecían imposibles.
Poulsen se ha dado 14 días para intentar resolver el rompecabezas. Si fracasa, todo apunta a que el rey devolverá el encargo nuevamente a Frederiksen. Otra vuelta completa al tablero. Otra repetición. Otro círculo.
Y mientras las élites políticas juegan esta partida interminable, empiezan a crecer las dudas sobre el propio sistema. Cada vez más voces en Dinamarca plantean elevar el umbral electoral del actual 2% para reducir la fragmentación parlamentaria y evitar la proliferación de micropartidos. Porque el bloqueo ya empieza a afectar a cuestiones concretas: reformas económicas, transición agrícola, jubilaciones, presupuestos.
El problema es brutalmente simple. No se puede gobernar un país sin gobierno.
Y Dinamarca, ese supuesto modelo de estabilidad europea, empieza a descubrir que también puede quedarse atrapada dentro de su propio “Borgen”.
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