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La supuesta “superioridad estratégica” israelí vuelve a sostenerse sobre la violación de soberanías ajenas, bombardeos encubiertos y el silencio cómplice de Estados Unidos.
No fue un satélite militar. Ni la CIA. Ni los sofisticados sistemas de vigilancia que Estados Unidos vende por miles de millones a medio planeta. La operación quedó al descubierto porque un pastor iraquí vio helicópteros, escuchó disparos y sospechó que algo no cuadraba en medio del desierto. Así de grotesca es la historia.
Según reveló el Wall Street Journal y recogen distintos medios internacionales, Israel levantó una base militar secreta en el desierto iraquí antes del estallido de la guerra con Irán. La instalación se situó en la provincia de Anbar y empezó a operar en febrero. Allí desplegó fuerzas especiales y unidades de búsqueda y rescate preparadas para intervenir si algún avión israelí caía en territorio iraní.
Un Estado extranjero instalando una infraestructura militar clandestina dentro de otro país. Sin autorización. Sin coordinación. Y aparentemente bajo protección estadounidense.
La excusa era “asegurar cobertura aérea”. El resultado real fue otro episodio de desprecio absoluto hacia la soberanía iraquí, convertida desde hace décadas en una alfombra geopolítica sobre la que Washington, Tel Aviv y Teherán juegan sus guerras de poder mientras la población local paga las consecuencias.
La información posterior publicada por The New Arab, Anadolu Agency y analistas OSINT añade todavía más gravedad. Imágenes satelitales mostraron cómo entre el 1 y el 2 de marzo se construyó una pista improvisada en un lago seco cerca de Al-Nukhayb, a unos 180 kilómetros al suroeste de Nayaf y Kerbala. En apenas horas aparecieron vehículos de apoyo, tiendas de campaña y al menos siete helicópteros.
Después llegaron más aeronaves. Chinooks incluidos.
Y luego, la desaparición casi total del emplazamiento tras las lluvias del 20 de marzo. Una operación fantasma. Militarmente eficaz. Políticamente explosiva.
Lo más demoledor no es solo la existencia de la base. Es la sensación de ocupación permanente que deja todo esto. Irak aparece otra vez como territorio disponible para operaciones extranjeras mientras su propio Estado parece incapaz de controlar qué ocurre dentro de sus fronteras.
Cuando las fuerzas iraquíes se acercaron a la zona tras el aviso del pastor, recibieron fuego aéreo intenso. Murió un soldado iraquí y otros dos resultaron heridos. Dos vehículos quedaron dañados. Y aun así, durante días reinó la confusión.
Qais al-Muhammadawi, adjunto al mando de operaciones del Ejército iraquí, reconoció que “una determinada fuerza” había operado sobre el terreno con apoyo aéreo. Otra fuente militar fue todavía más clara: aquello estaba “más allá de las capacidades” de las unidades iraquíes desplegadas.
Porque no hablamos de una incursión improvisada. Hablamos de una maquinaria militar actuando dentro de Irak con una impunidad obscena.
EL IMPERIO, EL PROTECTORADO Y LA GUERRA ETERNA
Las acusaciones contra Estados Unidos son especialmente graves. Un alto cargo iraquí citado por The New Arab aseguró que toda la operación se desarrolló “con asistencia y cobertura estadounidense”. Lo definió como “un engaño estadounidense”, no como una brillante operación israelí.
Y cuesta no entender la rabia.
Washington lleva años utilizando Irak como una especie de protectorado militar informal. Mantiene tropas, condiciona decisiones estratégicas y presiona constantemente para controlar el equilibrio interno del país. Oficialmente, para combatir el terrorismo. En la práctica, para preservar su influencia regional y blindar los intereses de sus aliados.
Ahora aparecen denuncias aún más inquietantes. Parlamentarios iraquíes afirman que Estados Unidos habría entregado el espacio aéreo iraquí a Israel durante la guerra con Irán. Incluso se acusa a Washington de ordenar el apagado de radares iraquíes.
Si eso es cierto, ya no estaríamos ante una simple operación encubierta. Estaríamos hablando de la utilización de un país entero como plataforma militar subordinada.
Mientras tanto, Tel Aviv continúa vendiendo la narrativa de la “autodefensa” infinita. Una doctrina que parece justificar cualquier cosa. Bombardeos preventivos. Asesinatos selectivos. Violaciones territoriales. Bases clandestinas. Operaciones sin autorización internacional. Todo cabe dentro del mismo marco discursivo.
Y Occidente lo tolera. O directamente lo financia.
Porque aquí hay otra cuestión incómoda. La famosa “seguridad” israelí se sostiene también gracias a una arquitectura internacional diseñada para garantizar impunidad. Cuando otros países cruzan fronteras con operaciones militares clandestinas se habla de agresión, expansionismo o amenaza global. Cuando lo hace Israel, gran parte de la prensa occidental utiliza expresiones neutras como “misiones excepcionales” o “operaciones especiales”.
El doble rasero ya ni siquiera se disimula.
El desierto occidental iraquí, que ocupa alrededor del 23% del territorio del país, lleva años funcionando como espacio ideal para guerras invisibles. Es una región enorme, árida y poco poblada. También rica en recursos: reservas de fosfato estimadas en 2.000 millones de toneladas, gas natural, sílice y azufre.
Y ahí aparece otra vez la sombra permanente del control geopolítico. Porque las guerras modernas nunca son solo militares. Son energéticas. Comerciales. Estratégicas. Coloniales.
Israel necesitaba acercarse a Irán sin depender tanto del reabastecimiento aéreo estadounidense. Irak terminó convertido en plataforma logística clandestina. Otra vez.
Mientras tanto, Bagdad intenta sobrevivir atrapado entre Washington y Teherán. Entre milicias proiraníes, presión estadounidense, ataques cruzados y una soberanía cada vez más erosionada. Un equilibrio imposible.
Y en medio de todo eso, un pastor beduino terminó descubriendo lo que servicios de inteligencia enteros no quisieron o no pudieron reconocer.
A veces la verdad aparece así. En mitad del desierto. Entre helicópteros, fuego aéreo y gobiernos que llevan demasiado tiempo tratando Oriente Medio como si fuera un tablero privado de guerra permanente.
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