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La normalización del odio en Israel ya no se esconde: se verbaliza, se justifica y se comparte
Lo que está ocurriendo ya no admite maquillaje ni eufemismos. La maquinaria de propaganda lleva años funcionando, pero ha alcanzado un punto en el que ni siquiera necesita disimular. En el Estado de Israel, el discurso de odio ha dejado de ser marginal para convertirse en un elemento estructural del relato público. Ya no se trata solo de decisiones políticas o estrategias militares. Es algo más profundo, más peligroso: la normalización social del exterminio.
El vídeo difundido en redes, accesible en este testimonio grabado en Jerusalén, recoge con crudeza lo que muchas veces se intenta ocultar. Personas corrientes, sin cargos ni responsabilidades institucionales, expresan sin tapujos discursos que legitiman la violencia extrema. Hablan de limpieza, de expulsión, de eliminación. No como metáforas, sino como propuestas asumibles.
La periodista Abby Martin lo documenta con una claridad incómoda. No hay manipulación posible cuando son las propias voces las que se exponen. Lo que aparece no es un fenómeno aislado ni anecdótico. Es un clima. Un ambiente donde la deshumanización se ha integrado en la conversación cotidiana, donde el otro ha dejado de ser considerado persona para convertirse en un problema a erradicar.
Ese proceso no surge de la nada. Es el resultado de años de construcción política, mediática y cultural. De un relato que ha ido desplazando los límites de lo aceptable hasta hacer que lo impensable se vuelva pronunciable. Y cuando algo puede decirse en voz alta sin consecuencias, termina por poder hacerse.
Las consecuencias de este clima ya están a la vista. No son hipotéticas ni futuras. Se traducen en hechos concretos, como el desplazamiento forzado de 1,3 millones de personas en Líbano bajo una lógica que replica lo ocurrido en Gaza, tal y como documenta la extensión del modelo de destrucción y expulsión aplicado en la región. No se trata de daños colaterales. Es una estrategia sostenida.
Mientras tanto, la batalla también se libra en el terreno simbólico. La ofensiva no es solo militar, es cultural. La presencia en Barcelona de individuos que viajan expresamente para borrar un mural crítico con Netanyahu y sustituirlo por consignas de apoyo evidencia hasta qué punto la narrativa se exporta y se impone fuera de sus fronteras, como recoge la acción organizada para eliminar expresiones de disidencia en el espacio público.
Este contexto no puede analizarse sin entender la impunidad política que lo sostiene. Las decisiones de líderes como Trump o Netanyahu no son episodios aislados, sino parte de un engranaje global que permite que estas dinámicas se reproduzcan sin freno. La posibilidad de frenar esa deriva existe, pero requiere voluntad política y presión internacional, como se plantea en el debate sobre los mecanismos para detener a quienes sostienen estas políticas.
Cuando la violencia deja de ser cuestionada y empieza a ser justificada, el problema ya no es solo quién dispara o quién ordena bombardear. El problema es una sociedad que ha interiorizado que ciertas vidas valen menos. Que hay pueblos enteros que pueden ser eliminados sin que eso suponga una ruptura moral.
El verdadero peligro no es solo la guerra, es la aceptación social de la guerra como solución. Y eso es lo que muestra el vídeo. No un estallido puntual de odio, sino una normalidad construida. Una rutina en la que el exterminio se menciona como quien habla del tiempo.
Cuando el fascismo deja de necesitar uniforme y se instala en la conversación diaria, ya no hace falta imponerlo. Se reproduce solo.
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