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Normalizar el poder cuando se desborda también es una forma de complicidad
Hay momentos en los que el periodismo deja de ser un contrapoder para convertirse en un amortiguador del escándalo. No lo hace siempre de forma explícita, ni siquiera consciente. A veces ocurre a través del lenguaje, de los matices, de las palabras que se eligen para describir lo que, en realidad, exige ser nombrado con crudeza. Es ahí donde se abre una grieta peligrosa: cuando el relato suaviza lo que debería alarmar.
Un ejemplo reciente lo encontramos en el análisis publicado por CounterPunch sobre cómo The New York Times continúa normalizando a Trump, donde se señala cómo parte de la prensa estadounidense insiste en describir su comportamiento con categorías políticas convencionales. Se habla de “ira”, de “aislacionismo” o incluso de “imperialismo”, como si estuviéramos ante una figura política más, inscrita en las lógicas habituales del poder.
Pero no lo es. Y ese es precisamente el problema. Convertir lo excepcional en cotidiano es una forma de desactivar la alarma social. Cuando un liderazgo político acumula decisiones impulsivas, amenazas militares constantes y un uso del poder profundamente personalista, reducirlo a una cuestión de carácter o estilo político no solo es insuficiente, sino que resulta engañoso.
El lenguaje importa porque delimita lo que es aceptable. Si se presenta una presidencia marcada por la escalada militar en múltiples regiones del mundo como una variante más de la política exterior estadounidense, se borra la magnitud del fenómeno. Si se describe una deriva autoritaria como simple “temperamento”, se diluye su gravedad. Y así, paso a paso, lo que debería ser objeto de escrutinio se convierte en paisaje.
En este contexto, términos como megalomanía o narcisismo patológico, que apuntan a dinámicas de poder centradas en la obsesión personal, rara vez aparecen en los grandes titulares. No porque carezcan de fundamento, sino porque romperían con la narrativa de normalidad institucional que buena parte de los medios intenta preservar. Nombrar esos rasgos implicaría reconocer que no estamos ante un presidente convencional, sino ante un liderazgo que desborda los marcos tradicionales de análisis político.
La cuestión no es solo semántica. Tiene consecuencias materiales. Cuando se minimiza el carácter excepcional de determinadas decisiones —desde el uso de la fuerza en distintos puntos del planeta hasta la amenaza de desplegar tropas en territorio propio— se reduce también la capacidad de respuesta de la sociedad. La ciudadanía no reacciona igual ante una “estrategia controvertida” que ante una deriva autoritaria.
Además, esta normalización no ocurre en el vacío. Coincide con ataques sistemáticos a instituciones académicas, científicas y culturales, acusadas sin pruebas o convertidas en chivos expiatorios de conflictos políticos más amplios. Universidades como Harvard o Columbia pasan de ser centros de conocimiento a objetivos políticos, en una estrategia que busca erosionar su legitimidad y reconfigurar el ecosistema intelectual.
El resultado es un doble desplazamiento: por un lado, se amplía el margen de actuación del poder; por otro, se estrecha el espacio crítico desde el que cuestionarlo. Y en medio de ese proceso, el periodismo —o al menos una parte de él— deja de incomodar para empezar a encajar.
No se trata de exigir adjetivos grandilocuentes ni de sustituir el análisis por la consigna. Se trata de algo más básico: llamar a las cosas por su nombre. Porque cuando el lenguaje se convierte en refugio de la ambigüedad, el poder encuentra su mejor aliado. Y cuando la prensa renuncia a incomodar, deja de hacer su trabajo.
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