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PP y Vox atacan el ‘no a la guerra’ mientras repiten el papel que ya jugaron en 2003: justificar bombardeos y vender obediencia como patriotismo.
Hay momentos en los que la política deja de ser ideología y pasa a ser un reflejo condicionado. Basta con que Washington levante la voz para que una parte de la derecha española se apresure a ponerse firme. Da igual que se trate de una guerra ilegal, de un bombardeo preventivo o de una amenaza comercial. La reacción es siempre la misma: obedecer.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo tras la negativa del Gobierno español a permitir el uso de las bases militares de Rota y Morón para participar en los bombardeos contra Irán ordenados por Donald Trump junto a Israel.
Mientras Pedro Sánchez respondía el 4 de marzo con una frase que resonó en la memoria política del país (“no a la guerra”), el Partido Popular y Vox reaccionaban con un ataque coordinado contra esa decisión.
La derecha española no discute la guerra. Discute el derecho de España a negarse a participar en ella.
El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, se limitó inicialmente a publicar un mensaje en redes sociales defendiendo que “España debe estar sin matices junto a las democracias liberales”. En el lenguaje diplomático habitual, esa frase significa algo muy concreto: alinearse con Washington sin plantear objeciones.
Por su parte, Santiago Abascal fue todavía más explícito. El líder de Vox acusó al Gobierno de ser “el mejor amigo de los ayatolás”, insinuando que negarse a colaborar con una ofensiva militar equivale a apoyar al régimen iraní.
La lógica es brutalmente simple: quien no bombardea es sospechoso.
UNA DERECHA QUE SIEMPRE ENCUENTRA UNA GUERRA QUE APOYAR
No es la primera vez que ocurre.
En 2003, el Gobierno de José María Aznar decidió apoyar la invasión de Irak junto a Estados Unidos y Reino Unido pese a la oposición masiva de la ciudadanía española. Aquella decisión se basó en la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
Las consecuencias están documentadas. Según el proyecto Iraq Body Count, desde el inicio de la invasión en 2003 se han registrado más de 200.000 muertes civiles en Irak.
La derecha española nunca ha hecho una autocrítica real sobre aquella guerra.
Por eso resulta tan revelador observar la reacción actual. Ante un nuevo escenario bélico impulsado desde Washington, PP y Vox vuelven a colocarse exactamente en el mismo lugar político que ocuparon hace más de dos décadas.
La vicesecretaria del PP, Carmen Fúnez, declaró el 3 de marzo de 2026 que “el mundo está mejor sin los ayatolás”. Una frase que funciona como legitimación política de los bombardeos sin necesidad de discutir su legalidad ni sus consecuencias.
Abascal fue incluso más lejos al vincular la negativa del Gobierno español con teorías sobre financiación iraní de la izquierda.
El problema es que ese discurso tiene una contradicción incómoda. En 2019 Vox reconoció que el 80% de su campaña para las elecciones europeas de 2014 se financió con aportaciones de simpatizantes del Consejo Nacional de Resistencia de Irán (CNRI), un grupo opositor al régimen iraní.
Es decir, quienes hoy utilizan Irán como arma política han tenido vínculos financieros con actores de la política iraní.
EL PATRIOTISMO DE SUMISIÓN
La estrategia discursiva del PP y Vox se ha centrado en una idea: el supuesto aislamiento internacional de España.
Feijóo afirmó en Bilbao el 4 de marzo de 2026 que España está “más aislada internacionalmente que nunca”. Abascal repitió el mismo argumento asegurando que el Gobierno español ha sido “el único líder en toda Europa que ha entorpecido” los bombardeos.
El problema es que los hechos contradicen esa narrativa.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, defendió públicamente a España frente a las amenazas de Trump. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, también respaldó la posición española. Y el presidente francés, Emmanuel Macron, trasladó su apoyo en una conversación directa con Sánchez.
Incluso el canciller alemán Friedrich Merz recordó que España forma parte de la Unión Europea y que cualquier represalia contra ella tendría una respuesta conjunta de los Veintisiete.
El aislamiento que describe la derecha española no existe. Es un relato político construido para justificar una posición previa: que España debe obedecer a Estados Unidos.
Por eso dirigentes del PP como Isabel Díaz Ayuso, Juan Manuel Moreno o Fernando López Miras han insistido en la misma idea: que el problema no es la guerra, sino la negativa a participar en ella.
Es una forma peculiar de entender el patriotismo.
Para esta cultura política, defender los intereses del país no significa preservar su soberanía diplomática. Significa alinearse con la estrategia militar de Washington incluso cuando esa estrategia implica participar en bombardeos preventivos.
El mensaje es claro: la lealtad geopolítica importa más que la vida de las personas que están bajo las bombas.
La historia reciente demuestra lo que ocurre cuando ese tipo de decisiones se toman sin debate real. Irak fue presentado como una guerra rápida y necesaria. Terminó siendo una catástrofe humanitaria que aún define la inestabilidad de Oriente Medio.
Pero hay una lección que ciertos sectores de la política española parecen incapaces de aprender.
Cada vez que Estados Unidos prepara una guerra, el PP y Vox no preguntan si es legal, si es necesaria o cuántas vidas costará. Preguntan por qué España todavía no está participando.
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