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75 millones de dólares, carteles arrancados y una protesta que señala la hipocresía del poder migratorio en Estados Unidos
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La primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, ha estrenado documental y el país ha respondido con pintura, roturas y retirada de marquesinas. No es una metáfora. En enero de 2026, a los pocos días del lanzamiento de una película financiada con 75 millones de dólares, los anuncios promocionales han amanecido vandalizados en varias ciudades, con especial intensidad en California. La protesta no se dirige solo contra una obra audiovisual. Apunta directamente al aparato represivo de la Administración de Donald Trump, en particular contra el uso de la fuerza y las deportaciones ejecutadas por Immigration and Customs Enforcement.
La película, producida y distribuida por Amazon, retrata los 20 días previos a la reelección presidencial de Trump. El despliegue publicitario ha sido notable y, sin embargo, el impacto cultural y comercial ha sido mínimo. El contraste entre el presupuesto millonario y las salas vacías se ha convertido en un argumento político. La calle ha tomado la palabra donde el marketing no ha llegado.
CALLES CONTRA LA PROPAGANDA
En Los Ángeles, decenas de carteles han aparecido partidos por la mitad, grafiteados o directamente arrancados. En algunos, a Melania se le dibujan cuernos; en otros, un bigote que remite a Adolf Hitler, una comparación recurrente en las pintadas que denuncian el autoritarismo y la violencia institucional. También hay mensajes explícitos contra las redadas y el uso de la fuerza por parte de ICE, así como referencias a la presencia de Donald Trump en fotografías y agendas vinculadas a los archivos de Jeffrey Epstein.
Las autoridades de transporte reconocieron que el vandalismo fue “extenso y severo”. Según Los Angeles Times, se decidió desviar autobuses que portaban publicidad del documental ante el riesgo de daños a los vehículos y a las personas usuarias y trabajadoras. La logística urbana se vio alterada por una campaña que pretendía ser de prestigio.
Una parte relevante de la intervención ha sido atribuida al colectivo artístico activista Indecline, conocido por acciones de alto impacto contra Trump desde 2016, cuando instalaron estatuas del entonces candidato desnudo en varias ciudades. En Culver City, el grupo modificó una valla del filme para representar a la primera dama defecando sobre una bandera estadounidense. En sus redes, explicaron que intervienen anuncios porque les importa lo que ocurre en el país y señalaron la contradicción entre el origen inmigrante de Melania Trump y la política de deportaciones masivas del Gobierno.
La protesta no es espontánea ni decorativa. Es una respuesta organizada que utiliza el espacio público para cuestionar la legitimidad moral de una narrativa oficial construida con dinero corporativo. En ese choque, la imagen pierde su control.
DINERO, SILENCIO Y SALAS VACÍAS
El rechazo no se ha limitado a la calle. El documental llegó a los cines sin pases previos para la prensa y con una cobertura crítica mínima. Medios como The New York Times o The Washington Post no pudieron acceder al estreno en Washington D.C., ambos periódicos señalados de forma recurrente por Trump.
Un análisis de Wired aporta cifras que desmontan el relato de éxito: solo 2 de 1.400 sesiones colgaron el cartel de completo el día del estreno. Muchas proyecciones se realizaron en salas vacías, especialmente en estados de mayoría demócrata. El dinero no compró la atención.
La dirección del filme añade otra capa de controversia. El proyecto está firmado por una persona acusada de agresión sexual, un hecho que ha intensificado el rechazo y ha reforzado la lectura política del lanzamiento. Un documental de 75 millones para honrar a una primera dama, blindado de la crítica y sostenido por una plataforma privada, no es un gesto inocente en un contexto de persecución migratoria.
En España, el estreno pasó casi desapercibido. La distribución llegó a 83 salas, de la mano de Tripictures, sin pases de prensa. En ciudades como Madrid o Bilbao apenas se han visto carteles, aislados y sin conversación pública alrededor. La exportación del relato tampoco encontró público.
La colisión entre propaganda corporativa y protesta social ha dejado una estampa clara: cuando el poder intenta imponer una imagen sin responder a sus políticas, la calle responde con cifras, memoria y pintura. Setenta y cinco millones de dólares no tapan las deportaciones.
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