No estamos ante una revolución tecnológica, sino ante una huida hacia delante del capital monopolístico
La industria de la inteligencia artificial se presenta como el futuro inevitable, como el siguiente estadio del progreso humano. Es una mentira interesada. Lo que estamos viendo no es una promesa emancipadora, sino una burbuja financiera inflada a golpe de miedo, despidos y propaganda corporativa. Una burbuja diseñada no para mejorar la vida de la mayoría, sino para sostener artificialmente el valor bursátil de unas pocas empresas que ya controlan casi todo.
Cory Doctorow lo explica con crudeza: la IA funciona como el asbesto en las paredes de nuestra sociedad tecnológica. Se introduce deprisa, sin debate democrático, sin evaluación de daños, porque es rentable a corto plazo. El coste real se socializará durante décadas. La metáfora no es literaria, es política.
Las grandes tecnológicas han llegado a un límite. Cuando se alcanza el 90% de cuota de mercado, como ocurre en la búsqueda online o en la publicidad digital, el crecimiento se agota. Y cuando se agota el crecimiento, el capital entra en pánico. En febrero de 2022, Meta perdió 240.000 millones de dólares en un solo día simplemente por anunciar una desaceleración. Ese es el terror que gobierna Silicon Valley.
La IA aparece ahí como salvavidas financiero. No importa si funciona. Importa que prometa crecimiento. Importa que permita seguir vendiendo acciones infladas, justificar inversiones de cientos de miles de millones y alimentar el relato de que mañana todo será distinto. Ya lo hicieron con las criptomonedas, con los NFT y con el metaverso. La secuencia se repite. Lo nuevo no es la tecnología, es la magnitud del daño social.
LA IA COMO DISCIPLINA LABORAL Y MAQUINARIA DE DESPIDO
El relato central de la IA es simple y brutal: va a hacer tu trabajo. No ayudarte. No mejorar procesos. Sustituirte. Ese es el argumento que moviliza inversiones estimadas en 13 billones de dólares, según los grandes bancos de inversión. No es innovación, es ingeniería social al servicio del despido masivo.
Pero la IA no puede hacer la mayoría de los trabajos que promete. Lo que sí puede hacer es convencer a directivos y consejos de administración de que despidan a personas reales y las reemplacen por sistemas defectuosos, opacos y sin responsabilidad legal. Aquí nace la figura clave de este modelo: el “centauro inverso”.
Las trabajadoras y trabajadores no usan la máquina, la máquina los usa a ellos. Conductoras y conductores vigilados por cámaras que puntúan su mirada. Programadoras y programadores obligados a revisar código generado por sistemas que fallan de forma sutil y peligrosa. Radiólogas y radiólogos convertidos en firmantes legales de diagnósticos producidos por algoritmos que no rinden cuentas.
La IA no elimina la responsabilidad, la desplaza hacia abajo. Si el sistema se equivoca, la culpa no es del software ni de la empresa que lo vendió. Es de la persona que quedó “en el bucle”. Esto no es eficiencia. Es una estrategia de blindaje corporativo.
Y hay algo más. Para que la IA sea “rentable” debe sustituir a quienes cobran más. Trabajadoras y trabajadores senior, con experiencia, criterio y capacidad de plantarse. En el sector tecnológico ya se han destruido más de 500.000 empleos en tres años. No por necesidad productiva, sino por demostración ideológica. Despedir es el anuncio.
MONOPOLIOS, ARTE Y EL FALSO DEBATE DEL COPYRIGHT
El uso de la creación artística como escaparate de la IA es especialmente cínico. La ilustración, la escritura o la música se presentan como pruebas de que “la máquina ya crea”. Es propaganda. El ahorro económico por destruir estos empleos es insignificante en términos de costes globales. Su función es simbólica: convencer al resto de la sociedad de que nadie está a salvo.
La respuesta no puede ser ampliar el copyright. Eso solo refuerza a los monopolios culturales que ya exprimen a creadoras y creadores. La historia es clara: desde 1976, el copyright no ha dejado de expandirse y, sin embargo, la parte de los ingresos que llega a quienes crean no ha hecho más que caer. Dar más derechos formales en un mercado concentrado es como dar más dinero a una víctima de acoso para que el acosador se lo quite después.
Hay una grieta, sin embargo. La posición de que las obras generadas por IA no tienen derechos de autor. Que pertenezcan al dominio público. Eso obliga a las empresas a pagar trabajo humano si quieren exclusividad. No es una solución mágica, pero introduce fricción. Y el capital odia la fricción.
La alternativa real no es legalista, es colectiva. Organización, negociación sectorial y conflicto. Como demostraron las guionistas y los guionistas en su huelga histórica. La IA no se combate con fe en los tribunales, sino con poder social.
La burbuja estallará. Como todas. Dejará centros de datos vacíos, acciones sin valor y millones de personas afectadas. La pregunta no es si caerá, sino cuánto daño permitiremos antes. Porque lo que llaman inteligencia artificial es, en realidad, el viejo proyecto de siempre: maximizar beneficios, disciplinar el trabajo y convertir la precariedad en norma.
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