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Una guerra hecha para que la población civil pague siempre el precio más alto
EVIDENCIAS DE UN ARMA MALDITA QUE VUELVE A LEBANÓN
La historia reciente está plagada de advertencias y tratados que nunca se cumplen cuando el agresor se llama Israel y el silencio es rentable. Ahora, nuevas pruebas fotográficas analizadas por The Guardian y por al menos seis especialistas en armamento confirman que el ejército israelí ha usado municiones de racimo en el sur del Líbano en 2025, exactamente las mismas armas que la comunidad internacional prohibió en 2008 por su impacto devastador sobre población civil. La guerra moderna se justifica con discursos ingenieriles mientras reproduce viejas prácticas coloniales, prácticas que convierten aldeas enteras en campos minados a largo plazo.
Las fotografías fueron tomadas en tres localizaciones al sur del río Litani: Wadi Zibqin, Wadi Barghouz y Wadi Deir Siryan. En esos valles, donde viven familias agricultoras desde hace generaciones, las y los expertos identificaron restos inequívocos de submuniciones. Son dispositivos que dispersan decenas o cientos de “bomblets” y dejan el territorio plagado de trampas mortales por su altísimo índice de fallos, que puede alcanzar el 40%, según el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).
No es la primera vez que Israel opta por este horror calculado. En 2006, durante los últimos días de su invasión de Líbano, lanzó más de 4 millones de submuniciones; hasta un millón quedaron sin explotar, según estimaciones de Naciones Unidas. Las y los campesinos libaneses siguieron perdiendo extremidades durante años. Algunos niños y niñas, vidas enteras.
La impunidad, cuando dura décadas, se transforma en costumbre.
IMPUNIDAD, CESE EL FUEGO DE PAPEL Y UNA FRONTERA TEMBLANDO
A pesar del alto el fuego pactado hace casi un año, Israel ha decidido que los acuerdos internacionales también son papel mojado. En las últimas 48 horas ha intensificado sus bombardeos sobre el sur del Líbano. El martes, atacó el campo de refugiados palestinos de Ein el-Hilweh, matando a 13 personas, según el Ministerio de Sanidad de Líbano. El miércoles, amplió la ofensiva aérea mientras tropas israelíes disparaban contra personal de la UNIFIL, los cascos azules desplegados para evitar que la región escale a una guerra regional.
En paralelo, el Gobierno libanés ha denunciado ante el Consejo de Seguridad de la ONU la construcción por parte de Israel de un muro de hormigón que invade territorio libanés más allá de la “línea azul”, la frontera establecida internacionalmente tras años de negociaciones. Cuando el derecho internacional se convierte en un decorado, la geografía pasa a decidirla quien tiene más fuego aéreo.
Y mientras tanto, Estados Unidos, que ni siquiera firma el tratado contra las municiones de racimo, sigue jugando a dos bandas: condena en público lo que alienta con cada envío militar y cada silencio diplomático. Las y los civiles libaneses descubren cada día cómo las decisiones de Washington y Tel Aviv se traducen en amputaciones, desplazamientos y ciudades dinamitadas.
El CICR lo advirtió hace años: la pequeña forma de estas submuniciones, sus cintas y paracaídas hacen que el viento, la densidad del aire y cualquier variación atmosférica las disperse hasta kilómetros de su objetivo original. Lo que se vende como un arma “de precisión” termina sembrando muerte indiscriminada. Y esa imprecisión jamás es un accidente; es una estrategia.
En un planeta donde el genocidio en Gaza se retransmite en directo y aun así se tolera, cuesta sorprenderse. Pero cada nueva evidencia obliga a poner negro sobre blanco lo que los gobiernos occidentales se niegan a pronunciar: Israel usa municiones prohibidas porque sabe que nadie le pedirá cuentas.
Ese es el verdadero campo de batalla.
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