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Un presidente que se esconde entre contradicciones mientras 229 familias entierran a sus muertos
EL RELATO IMPOSIBLE DE UN PRESIDENTE QUE SE BORRÓ EN PLENA TRAGEDIA
La comparecencia de Carlos Mazón de ayer, casi trece meses después de la DANA del 29 de octubre de 2024, dejó un reguero de silencios, medias verdades y contradicciones que ya no caben bajo ninguna alfombra institucional. Un presidente en funciones que llega al Congreso a las 10:30 y se marcha a las 14:00 dejando tras de sí un lío de versiones incompatible con cualquier defensa jurídica mínimamente sólida. Y todo con 229 muertos de fondo. Gente arrastrada por el agua mientras él prolongaba una comida de sobremesa en El Ventorro.
Mazón sostiene que “estuvo al tanto de todo”, pero cada nueva frase que pronuncia abre una grieta más profunda. No solo porque sus palabras ya no encajan con sus versiones previas. Es que tampoco encajan con los protocolos oficiales de su propio gobierno, con registros telefónicos que él mismo aportó y con testimonios de quienes deberían haber convivido con sus decisiones aquel día. El problema de mentir tanto no es solo que te puedan pillar. Es que al final no recuerdas a qué mentira te debías en cada momento.
Cuando le preguntan por los 37 minutos clave —de 18:57 a 19:34, el lapsus en el que no respondió a las tres llamadas de su consellera Salomé Pradas— Mazón responde que “no escuchó el teléfono” porque “estaba en la mochila”. Pero luego asegura que navegaba por redes sociales para seguir la situación. ¿Cómo se consultan redes desde un móvil guardado en una mochila? Más aún: dice haber atendido llamadas “diez minutos antes y diez después” de la de Pradas a las 19:10, aunque el propio registro que presenta lo desmiente.
La mochila es hoy la metáfora perfecta de la gestión Mazón: todo lo relevante, lo urgente y lo mortal quedó enterrado ahí dentro.
ESCOLTAS APARTADOS, CAMBIOS DE ROPA IMPOSIBLES Y UNA DEFENSA QUE NO SE SOSTIENE
La revelación más grave para su futuro judicial llegó casi sin querer, empujada por la precisión de las preguntas de Gabriel Rufián. Mazón admite que echó a sus escoltas en El Ventorro. Que se fue solo con Maribel Vilaplana al aparcamiento. Y que luego hizo un paseo en solitario de unos 20 minutos hasta el Palau de la Generalitat.
Para que un jefe del Ejecutivo autonómico camine solo por las calles, sus escoltas deben recibir la orden de retirarse. Orden que solo se da cuando el protegido ha dado por finalizada su jornada. Ese detalle es letal. Significa que Mazón asumió como cerrado el día mientras cientos de valencianas y valencianos luchaban por no ahogarse. No es solo irresponsabilidad. Es una posible omisión de deberes en el contexto de una catástrofe con muertos.
A eso se añade otro episodio casi grotesco. El del jersey. Maribel Vilaplana había dicho que Mazón se cambió de ropa en el restaurante. Mazón lo niega. Dice que simplemente “cuando tiene frío se pone un jersey”. Y que lleva uno “siempre en la mochila”. Cuando Rufián le recuerda que a las 19:00 hacía más de 20 grados, Mazón se refugia en que “en invierno más”. Octubre no es invierno. Y lo que había fuera no era frío. Lo que había fuera era gente gritando porque el agua se los llevaba.
Un jersey para maquillar un cambio de ropa. Un cambio de ropa para maquillar una ausencia. Una ausencia para maquillar una negligencia.
La comparecencia avanza y el patrón se repite. Lo que Mazón niega aparece en documentos oficiales. Lo que Mazón afirma lo contradicen los registros telefónicos. Lo que Mazón insiste en defender es negado por alcaldes, consellerias y notas de prensa de su propio gobierno.
Cuando afirma que “no existe protocolo del ES-Alert”, a los pocos minutos aparece sobre la mesa el documento oficial de Protección Civil explicando el procedimiento. Más grave aún: la jueza instructora sostiene que el envío de la alerta se discutía en el CECOPI desde las 18:30, casi una hora antes de que Mazón diga haber sido informado por primera vez a las 19:43. Él asegura que estaba en contacto permanente por llamadas en altavoz, pero también dice que el móvil estaba en la mochila. Una defensa que se dispara en los pies sola.
Sostiene que “no se conocieron víctimas mortales hasta la madrugada”, pero reconoce que sabía de la situación de Utiel, donde a la misma hora en que él empezaba a comer, ya había vídeos de gente arrastrada. Y afirma haber hablado con el alcalde, aunque el propio alcalde lo niega públicamente.
La suma es devastadora. Llamadas que no existieron. Alertas que sí existían. Paseos sin escoltas. Cambios de ropa sin frío. Información que “no llegó” aunque estaba en redes desde horas antes. Y todo ello para justificar que mientras su territorio se inundaba, él estaba en una comida de cuatro horas en un restaurante.
No hay relato que aguante este nivel de contradicción sin colapsar. Y el suyo ya se ha hundido como una carretera socavada por la riada.
La justicia avanza lenta, pero la verdad tiene memoria.
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