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Cada tregua es un respiro para los asesinos, no para las víctimas.
Israel bombardea Gaza incluso en los días en que promete no hacerlo. Lo hace con precisión quirúrgica y cinismo político: fabrica un pretexto, acusa a Hamas, mata a decenas de civiles y anuncia que “reanuda el alto el fuego”. Así mantiene la fachada de una guerra con reglas, mientras perpetra un genocidio sin interrupciones.
LA TREGUA COMO ARMA DE GUERRA
El 29 de octubre, un soldado israelí murió en Rafah por un disparo cuyo origen ni siquiera se había confirmado. En minutos, Netanyahu culpó a Hamas y ordenó una “respuesta contundente”.
Esa “respuesta” fue un bombardeo masivo que asesinó a más de 100 personas, entre ellas 46 niñas y niños y 20 mujeres, según el Ministerio de Sanidad de Gaza. Horas después, el Gobierno israelí anunciaba que “retomaba la tregua”. Una tregua que ya era solo un chiste macabro.
Hamas negó su implicación y reiteró su compromiso con el acuerdo. Pero Israel no necesitaba pruebas, solo un motivo.
Lo mismo ocurrió el 19 de octubre, cuando el ejército acusó a Hamas de una explosión en Rafah que mató a dos soldados. Las investigaciones posteriores apuntaron a que el suceso fue provocado por un bulldozer israelí que detonó una munición propia. Pese a ello, Israel bombardeó Gaza y mató a una docena de personas más.
El ejército israelí no viola la tregua, la utiliza.
Ejecuta a líderes palestinos bajo el disfraz de “represalias legítimas”. Entre los asesinados figuran Yahya al-Mabhouh y Ramez Zaqout, comandantes de las Brigadas al-Qassam. Cada uno de esos asesinatos se anuncia como cumplimiento del alto el fuego, como si la palabra “tregua” tuviera una cláusula secreta que autoriza la muerte selectiva.
Desde que se firmó el alto el fuego el 10 de octubre, 211 palestinos han sido asesinados y 597 heridos.
El Gobierno de Gaza contabiliza 125 violaciones del acuerdo por parte del ejército israelí: 52 tiroteos, 9 incursiones con blindados, 55 bombardeos y 11 demoliciones de viviendas civiles.
Israel no esconde el patrón: necesita que la guerra continúe, pero con un barniz de legalidad.
LAS FAMILIAS QUE ARDIERON BAJO LA PAZ
Mientras Israel hablaba de “neutralizar terroristas”, una familia entera era calcinada en su tienda de campaña.
En el hospital Nasser de Khan Younis, los cuerpos del matrimonio Al-Shawaf y de sus cuatro hijas e hijos llegaban envueltos en mantas negras. La tía, Huda al-Shawaf, relató a Mondoweiss lo ocurrido:
“Estaban durmiendo. El misil cayó sobre la tienda. La niña de siete años fue destrozada. Intenté sacar a los otros dos, les dije: ‘vais a estar bien’. Murieron minutos después”.
La tienda estaba en Al-Mawasi, una zona que Israel había declarado “segura”.
Tres hombres en la tienda vecina también murieron. Ninguno tenía relación con la resistencia.
Ni siquiera obedecer las órdenes israelíes garantiza sobrevivir.
La seguridad prometida se convierte en trampa mortal, y las zonas designadas como refugio son el siguiente objetivo militar.
En esos mismos ataques también fueron asesinados Hatem al-Qudra y Abdullah al-Liddawi, dirigentes de las Brigadas al-Qassam. Israel asegura que eran “altos mandos terroristas”. Lo que no dice es que, junto a ellos, murieron decenas de civiles, niños y ancianas, todos etiquetados como “daños colaterales” de una guerra que no cesa ni cuando finge hacerlo.
LA GUERRA QUE NUNCA SE DETIENE
Israel ha convertido la palabra “alto el fuego” en una herramienta de manipulación política y mediática.
Detiene los bombardeos solo para rearmarse, reposicionar tropas y limpiar su imagen internacional. Luego busca un nuevo incidente y vuelve a atacar.
Es un ciclo perfecto para un Estado que necesita mantener la sensación de amenaza constante: matar sin admitirlo, arrasar sin que el mundo reaccione, reconstruir la narrativa antes de volver a destruir.
El genocidio se ha burocratizado.
Las muertes se justifican con comunicados, las matanzas se cubren con notas de prensa, las treguas se venden como “pasos hacia la paz”.
Y la comunidad internacional, deseosa de sentirse moralmente tranquila, acepta la mentira con gusto.
Porque creer en una tregua es más fácil que admitir que se financia un exterminio.
En Gaza, las y los sobrevivientes ya no distinguen entre guerra y paz.
Cada silencio israelí suena a antesala de otro bombardeo.
Cada tregua es una trampa tendida con precisión diplomática.
Israel no detiene su guerra: la administra.
Y el mundo, que prefiere seguir engañado, aplaude cada pausa como si no estuviera manchada de sangre.
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