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Cada conquista que hoy parece inevitable fue, alguna vez, una causa perdida defendida en las calles.
CUANDO LA CALLE CAMBIÓ LA HISTORIA
Durante años nos hicieron creer que el poder era inamovible. Que los derechos venían desde arriba, que los gobiernos decidían y que la protesta solo servía para desahogarse. Pero las mayores conquistas sociales del último medio siglo nacieron de la desobediencia organizada, del ruido, del hartazgo y de la esperanza.
El 15M de 2011 fue el primer terremoto ciudadano tras la crisis financiera de 2008. Miles de personas ocuparon la Puerta del Sol y otras plazas del país para exigir una democracia real, denunciar la corrupción y cuestionar la austeridad impuesta por la Troika. Según el Global Dialogue Journal de la Asociación Internacional de Sociología, aquel movimiento marcó un antes y un después en la cultura política española: abrió el camino a nuevas formas de organización y a un lenguaje político que devolvió el poder a la gente común.
De esas acampadas surgieron mareas que defendieron lo que los despachos entregaban: la sanidad, la educación y la vivienda. La Marea Blanca frenó privatizaciones en Madrid. La Marea Verde salvó colegios públicos. Y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), fundada en 2009, logró paralizar más de 70.000 desahucios y forzó a los tribunales europeos a declarar ilegal la ley hipotecaria española por violar derechos humanos.
El poder financiero perdió una batalla ante vecinas y vecinos que simplemente dijeron “no”. Y en cada desalojo detenido, en cada pancarta que decía “sí se puede”, se demostró que la dignidad es más fuerte que la deuda.
En plena pandemia, las redes vecinales sostuvieron barrios enteros. Mientras los supermercados acumulaban beneficios récord, la solidaridad se convirtió en política pública improvisada. Repartos de comida, apoyo psicológico, cuidados mutuos. Donde el Estado no llegaba, la sociedad se organizaba.
DE LOS CUERPOS A LOS DERECHOS: CUANDO LA CALLE AVANZÓ
Ningún derecho nace sin conflicto. Ninguna libertad llega sin empujones. El feminismo lo sabe bien. Décadas de lucha precedieron al 8M de 2018, cuando una huelga masiva de mujeres paralizó el país y cambió para siempre el discurso político. Aquella jornada demostró que el trabajo invisible sostenía el mundo. Y que sin las mujeres, no se mueve nada.
Ese impulso cruzó fronteras. En 2020, el movimiento de las Mareas Verdes en Argentina consiguió la legalización del aborto, tras décadas de criminalización y muertes evitables. Fue la victoria de las calles sobre el dogma religioso. En España, la nueva Ley de Salud Sexual y Reproductiva aprobada en 2022 garantizó derechos ampliados, educación sexual y bajas menstruales. Ninguna de esas medidas habría sido posible sin los años previos de protestas, huelgas y pedagogía social.
También el movimiento por la justicia climática ha conquistado terreno frente a gobiernos cómplices del extractivismo. Desde las huelgas estudiantiles de Fridays for Future hasta las acciones de Extinction Rebellion, la presión social ha logrado que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reconozca el derecho a un clima habitable como derecho humano.
Y mientras tanto, las y los pensionistas, despreciados por los tecnócratas, llenaron las calles durante cinco años consecutivos. En 2023 consiguieron la revalorización de las pensiones, una victoria modesta pero simbólica: la prueba de que la organización sostenida vence incluso al cinismo político.
Lo mismo ocurrió con las trabajadoras del hogar, históricamente invisibles. En 2022 lograron el reconocimiento de su derecho al paro y la equiparación legal con el resto de la clase trabajadora, después de más de una década de denuncias.
Cada avance social nació del cuerpo colectivo. De quienes arriesgaron multas, cárcel, desprecio o silencio. De quienes ocuparon plazas, tejieron redes y no se rindieron ante el “no se puede”.
La historia no la escriben los gobiernos, la escriben las calles.
Y cada vez que la calle se organiza, el futuro cambia de manos.
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