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Israel avanza hacia el centro de la ciudad de Gaza con 600.000 civiles atrapados, mientras Netanyahu celebra la destrucción y la ONU habla abiertamente de genocidio.
EL AVANCE DE LOS TANQUES Y LA CAÍDA DE UNA CIUDAD
Madrugada de septiembre. Cazas, drones y tanques convierten la capital de la Franja en un escenario de terror. Tras semanas de asedio, las tropas israelíes han iniciado la ofensiva terrestre más brutal contra Ciudad de Gaza. Allí siguen 600.000 personas que no tienen adónde huir. No hay refugios, no hay corredores humanitarios, no hay tregua. Solo una promesa cumplida por Netanyahu: arrasar el corazón de Gaza.
Dos divisiones avanzan hacia el centro de la ciudad, con explosiones controladas que convierten barrios enteros en ruinas. El 40% del municipio ya está en manos del ejército. Las imágenes por satélite muestran una devastación sistemática, diseñada para que la ciudad deje de existir. La ONU calcula que apenas un 18% de Gaza queda libre de control militar o de órdenes de evacuación. Un 12% del territorio concentra a una población confinada como ganado, en el que era ya el espacio más densamente poblado del mundo antes de la invasión.
En paralelo, Israel Katz, ministro de Defensa, se jacta en redes de que “Gaza arde”. No es un desliz, es una política de Estado: transformar la Franja en cenizas y llamarlo “seguridad”.
EL GENOCIDIO RECONOCIDO Y LA COMPLICIDAD INTERNACIONAL
El mismo día que la ofensiva se inicia, una comisión independiente de Naciones Unidas acusa formalmente a Israel de genocidio. Lo hace con cifras que estremecen: cerca de 65.000 muertes en menos de dos años, la mayoría civiles. Cada jornada, decenas de cadáveres en las morgues. Cada noche, niños y niñas bajo los escombros. Y cada día, más muertos por hambre: 428 hasta ahora, 146 de ellos menores, víctimas de una estrategia deliberada que utiliza la inanición como arma de guerra.
Netanyahu anuncia la operación desde un tribunal en el que está imputado por corrupción. Se presenta como líder en guerra mientras responde como acusado en un proceso judicial. Su legitimidad se construye sobre la sangre palestina y sobre la connivencia de Estados Unidos. Marco Rubio, secretario de Estado, abandonó Tel Aviv horas antes del inicio de la ofensiva tras respaldar sin fisuras la estrategia bélica israelí. En Qatar, repitió la consigna: Hamás debe desaparecer, aunque hace meses que sus ataques son mínimos. El guion es claro: no se busca la paz, se busca el control militar permanente y la limpieza étnica de dos millones de personas.
La fractura incluso alcanza a los propios mandos militares israelíes. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, se enfrentó a Netanyahu en la víspera. No saben cuál es la siguiente fase porque la siguiente fase es la nada: el exterminio de una ciudad y la ocupación sin horizonte.
Desde octubre de 2023 hasta septiembre de 2025, las cifras son las de una masacre:
- Octubre 2023: 8.005 muertes.
- Octubre 2024: 22.185 muertes.
- Septiembre 2025: 64.656 muertes.
Cada número es una vida arrancada, un duelo abierto, una infancia interrumpida. Y mientras tanto, la comunidad internacional debate tecnicismos mientras el fuego consume lo poco que queda en pie.
Porque Gaza no arde sola. Arde también el derecho internacional, reducido a papel mojado frente a la impunidad de un Estado que bombardea escuelas, hospitales y barrios enteros con el aval de las grandes potencias.
El principio del fin no es solo para Gaza. Es el principio del fin para cualquier idea de justicia si el mundo vuelve la cara.
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