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Europa aprueba una suspensión parcial del acuerdo comercial, pero evita nombrar el genocidio de Gaza
El Parlamento Europeo aprobó este jueves la resolución más esperada del último año. Una votación de 305 a favor, 151 en contra y 122 abstenciones que respalda la propuesta de Ursula von der Leyen de suspender parcialmente el acuerdo comercial con Israel. Pero lo hizo evitando cuidadosamente la palabra prohibida: genocidio.
El Partido Popular Europeo, con la complicidad de liberales y conservadores, tumbó todas las enmiendas que pretendían nombrar lo evidente. Más de 62.000 muertos en Gaza, 156.000 heridos, más de 220 periodistas y 1.600 sanitarios asesinados, y un centenar de niños y niñas fallecidos por desnutrición. Y, aun así, la palabra se borró del texto como si nombrarla fuese un sacrilegio político.
LA ARQUITECTURA DE LA COBARDÍA EUROPEA
El argumento oficial para esta autocensura es la espera eterna a que el Tribunal Internacional de Justicia dictamine si lo ocurrido en Gaza puede considerarse genocidio. Europa, que se proclama defensora del derecho internacional, se esconde detrás de la toga de La Haya para no comprometerse políticamente. Pero el derecho no impide lo obvio: la obligación moral y política de llamar genocidio a lo que es un genocidio.
Mientras tanto, la presidenta de la Comisión Europea se permitió anunciar en su discurso sobre el Estado de la Unión un paquete de medidas: suspensión del apoyo bilateral a Israel, sanciones contra ministros extremistas y colonos violentos, y la creación de un grupo de donantes para la reconstrucción de Gaza. Sonaba duro, pero era solo humo. Lo aprobado ahora por el Parlamento no es vinculante, apenas un respaldo simbólico que queda en manos de la propia Von der Leyen.
Europa no corta los lazos con el Estado israelí, solo los acomoda para que parezca castigo sin serlo. La relación comercial sigue viva, aunque se limite parcialmente, y las líneas rojas de Bruselas se mueven siempre en función del cálculo político, nunca de la vida humana.
LA INDIFERENCIA COMO NORMA
El documento aprobado menciona la “catástrofe humanitaria” en Gaza, pide un alto el fuego inmediato y reclama la liberación de rehenes. Condena los crímenes de Hamás y recuerda que Israel tiene derecho a defenderse, pero no a hacerlo de manera indiscriminada. Palabras correctas, redactadas para todos los públicos, que no incomodan demasiado a nadie.
Sin embargo, ese mismo texto silencia que las bombas no caen solas. Que la UE ha financiado con su comercio y su complicidad el aparato militar israelí. Que la neutralidad retórica mata tanto como un misil. Que esperar al TIJ es en realidad un modo de legitimar la inacción.
El giro del Partido Popular Europeo, que primero se negó a firmar la resolución y luego se alineó con Von der Leyen, no fue fruto de una convicción humanitaria. Fue disciplina partidaria: obedecer a su presidenta antes que reconocer el genocidio.
Europa ha necesitado más de un año para aprobar una resolución sobre Gaza. Mientras, decenas de miles de palestinos han muerto bajo el asedio. Ese retraso no es burocracia, es complicidad.
Nombrar la verdad no es cuestión de tribunales, es cuestión de dignidad. Y la UE ha decidido una vez más ser blanda, siempre blanda.
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