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Europa cierra los ojos. Estados Unidos corta la ayuda. Y las grandes potencias alimentan el fuego de una matanza olvidada.
El 15 de abril de 2023 comenzó el infierno. Un enfrentamiento por el poder entre el Ejército sudanés, dirigido por el general Abdelfattah Al Burhan, y el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) dinamitó lo poco que quedaba de una frágil transición democrática. Desde entonces, más de 13 millones de personas han huido de sus casas y casi 4 millones se han refugiado en Egipto, Chad, Sudán del Sur o la República Centroafricana, según cifras de ACNUR verificadas en su último informe.
Sudán está roto. Dividido, saqueado, sitiado. Y a diferencia de otras guerras que llenan portadas, esta masacre apenas encuentra hueco en los noticiarios internacionales. No hay mesas de negociación, no hay planes de paz, y sobre todo, no hay voluntad política global para frenar la catástrofe.
La población civil ha sido abandonada. Las agencias humanitarias no tienen fondos ni acceso, bloqueadas por los dos bandos armados y traicionadas por las potencias occidentales, que han decidido mirar a otro lado. Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, ha recortado drásticamente las ayudas. Y la UE, más preocupada por blindar sus fronteras, prefiere financiar a regímenes autoritarios que contengan el flujo migratorio, como reconoció el propio informe del Parlamento Europeo sobre política exterior africana.
Mientras, Sudán se ha convertido en el peor lugar del planeta para vivir si eres niño, mujer o persona empobrecida.
HAMBRE, DESPLAZAMIENTO Y ABUSOS: EL INFIERNO TIENE COORDENADAS
26 millones de personas sufren inseguridad alimentaria grave, lo que supone la mitad del país. En 2024 se declaró oficialmente la hambruna en varias regiones del norte, según Médicos Sin Fronteras, que advierte que la próxima temporada de lluvias —a partir de mayo— puede ser aún peor. El motivo: la población no ha podido recuperarse, los cultivos han sido destruidos y las carreteras están cortadas o controladas por milicias.
Los campos de desplazamiento son objetivos militares. El pasado fin de semana, los campos de Zamzam y Abu Shouk, donde malviven más de 700.000 personas, fueron bombardeados por las FAR, según la ONU. Al menos 16 niñas y niños murieron en Al Fasher, otros siete en los campos. Nueve trabajadores humanitarios también fueron asesinados, según datos contrastados con UNICEF.
Las y los profesionales sanitarios trabajan sin material, sin agua, sin electricidad y bajo fuego cruzado. Solo MSF mantiene el apoyo a 22 hospitales y 42 clínicas móviles, donde las mujeres embarazadas llegan desnutridas, paren bebés prematuros y mueren sin atención. Más de 12 millones de mujeres y niñas sudanesas necesitan ayuda frente a la violencia sexual y de género, según Acción contra el Hambre.
La brutalidad es sistemática y deliberada. No hay lugar seguro. Las organizaciones internacionales denuncian que muchas zonas están completamente sitiadas. Ni medicamentos, ni alimentos, ni personal médico puede entrar. Y cuando los civiles intentan huir, son objeto de represalias, ejecuciones sumarias o esclavitud sexual.
En Jartum, recientemente retomada por el Ejército regular, las familias entierran a sus muertos en parques infantiles. La ciudad está en ruinas, sin hospitales ni escuelas operativas. La ONU ha documentado ejecuciones de civiles acusados sin pruebas de colaborar con el enemigo, según el informe del Alto Comisionado de Derechos Humanos.
Los responsables tienen nombres y apellidos. Además de los generales sudaneses enfrentados, hay potencias extranjeras avivando el fuego. Emiratos Árabes Unidos ha sido señalado por enviar armas a las FAR, según información confirmada por The New York Times. Pero ningún organismo internacional ha tomado medidas.
Las cifras abruman y los testimonios desgarran, pero el silencio mediático y político grita más fuerte.
La mayor crisis de desplazamiento del mundo no ocupa titulares. La hambruna más devastadora desde Etiopía en los 80 no activa ninguna cumbre internacional. El colonialismo que saqueó Sudán ahora deja morir a su gente. A cámara lenta, sin interferencias. Con total impunidad.
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