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Mientras Netanyahu masacra Gaza y Erdogan aplasta la oposición, la UE y EEUU aplauden o miran hacia otro lado
Recep Tayyip Erdogan ha terminado de enterrar la democracia turca con la detención de su principal adversario político, Ekrem Imamoglu, el alcalde socialdemócrata de Estambul. Con 22 años en el poder, el presidente turco ha cruzado una línea que, en cualquier otro país no alineado con los intereses geoestratégicos de Occidente, habría sido respondida con sanciones, bloqueos o condenas unánimes. Pero no. En este caso, como en otros que duelen menos al bolsillo o a la industria armamentística, el mundo calla.
El arresto de Imamoglu, designado candidato presidencial por el histórico Partido Republicano del Pueblo (CHP), no es un caso aislado: es la culminación de una década de represión sistemática. Desde las protestas de Gezi en 2013 hasta el fallido golpe de Estado de 2016, Erdogan ha construido un régimen que persigue, encarcela y silencia a periodistas, jueces, artistas, kurdos, activistas LGTBI y cualquiera que ose no obedecer. Ha desmantelado la separación de poderes y ha llenado las cárceles de voces disidentes. Human Rights Watch y Amnistía Internacional lo documentan con detalle: torturas, impunidad policial, juicios sin garantías, leyes mordaza y detenciones arbitrarias.
Todo esto ocurre con una naturalidad pasmosa porque Erdogan se ha convertido en un aliado imprescindible para la OTAN, la UE y Estados Unidos. Tiene la llave del Bósforo, un ejército de 350.000 soldados, la mayor red de drones baratos de la región y un papel clave en el control migratorio. Esa es la verdadera moneda de cambio. A cambio de blindar las fronteras europeas y contener a Rusia a ratos sí y a ratos no, se le permite encarcelar opositores, prohibir el Orgullo desde hace una década y abandonar el Convenio de Estambul contra la violencia machista, en un país donde asesinan a 31 mujeres al mes.
LA COMPLICIDAD CON ERDOGAN ES LA MISMA QUE CON NETANYAHU
Lo que sucede con Turquía no es un caso aislado. Es parte de una política internacional estructurada sobre la doble vara de medir de las potencias occidentales, que se llenan la boca con los derechos humanos mientras financian, arman o protegen a quienes los pisotean. El ejemplo más brutal está en Gaza.
Benjamin Netanyahu lidera una ofensiva militar que ha matado ya a más de 32.000 personas, la mayoría civiles, en una campaña de exterminio contra el pueblo palestino. Hospitales bombardeados, niños amputados sin anestesia, periodistas asesinados, campos de refugiados convertidos en ruinas. El relator de Naciones Unidas ha hablado claro: estamos ante un genocidio. Pero ahí sigue Israel, recibiendo armas, acuerdos comerciales y el veto protector de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Como con Erdogan, la clave es estratégica, no ética. Israel es la avanzadilla militar de Occidente en Oriente Medio, igual que Turquía lo es en Eurasia. La masacre en Gaza se permite porque el lobby sionista domina la política exterior de Washington y porque la Unión Europea ha asumido que callar es más rentable que defender los valores que predica. El 26 de marzo de 2025, mientras Erdogan encarcelaba a Imamoglu y reprimía a cientos de miles de manifestantes, Netanyahu continuaba su campaña de terror en Rafah. Y ni uno ni otro recibió una sola sanción. Ni una medida diplomática. Ni un discurso firme.
El silencio internacional no es neutral: es complicidad.
Mientras se exige democracia en Venezuela o Nicaragua, se ignora la represión en Turquía. Mientras se sanciona a Rusia por invadir Ucrania, se financia a Israel mientras borra Gaza del mapa. Mientras se criminaliza a migrantes que huyen de las guerras, se hacen acuerdos millonarios con Erdogan para que los retenga a porrazos en sus fronteras. No es hipocresía: es un plan. Un sistema que normaliza el autoritarismo cuando quien reprime es amigo y criminaliza la disidencia cuando quien protesta no sirve a los intereses del capital o la OTAN.
Erdogan, como Netanyahu, ha entendido perfectamente las reglas del juego. Y las está aplicando con total impunidad.
Encarcelar a un candidato presidencial o arrasar un hospital en Gaza son actos que hoy no restan poder: lo consolidan. Porque la moral se ha convertido en una mercancía. Y porque la realpolitik ha sustituido a los derechos humanos.
Quien se atreva a cuestionarlo, que prepare la celda o el dron.
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