¿Cómo puede un partido que se autoproclama defensor de la democracia interna acabar destrozándola desde dentro? Vox, la formación que en su momento irrumpió como una fuerza «anticasta» y «regeneradora», parece estar viviendo su propio proceso de descomposición a pasos agigantados. La renuncia de Rocío Monasterio al acta de diputada autonómica en Madrid es solo la última señal de un partido que se desangra, no por diferencias ideológicas, sino por la forma dictatorial con la que Santiago Abascal ha tomado el control absoluto.
UN PARTIDO SIN DEMOCRACIA INTERNA
Los nombres de quienes han abandonado el barco son conocidos: Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros, Mazaly Aguilar, Rubén Manso… La lista sigue. Pero lo realmente significativo no es tanto quiénes se han ido, sino por qué lo han hecho. El denominador común de estas salidas no es una ruptura con las ideas de Vox, sino el hartazgo por la falta de democracia interna. La paradoja es evidente: un partido que vino a «regenerar» la política, eliminado progresivamente cualquier atisbo de democracia dentro de su propia estructura.
Las primarias, que en su momento sirvieron para seleccionar a los candidatos a cargos públicos, son ya historia en Vox. Lo mismo ha sucedido con las elecciones a los comités provinciales. Hoy, estos órganos clave, en vez de ser elegidos por los afiliados y afiliadas, son designados a dedo por la cúpula. Abascal ha eliminado cualquier posible disidencia interna, asegurándose el control total sobre la maquinaria del partido. El caso de Monasterio es solo la última muestra de este proceso: su destitución fulminante y el reemplazo por un sucesor nombrado sin consultar a las bases revela el grado de autoritarismo que reina en la formación.
La justificación oficial ha sido la de evitar disputas internas, pero lo cierto es que lo único que ha logrado Abascal es sofocar cualquier tipo de debate dentro de Vox. Sin espacio para el diálogo, las y los militantes descontentos han encontrado en la dimisión la única válvula de escape posible.
LA SOMBRA DE JULIO ARIZA Y EL CÍRCULO CERRADO DE PODER
Si la eliminación de la democracia interna ha sido un golpe, el verdadero escándalo es quiénes manejan los hilos de Vox desde las sombras. La figura del empresario Julio Ariza, exdueño del grupo mediático Intereconomía, parece ser la clave para entender el entramado de poder en el que se ha convertido el partido. Según denuncian varias voces críticas dentro de la formación, Ariza y su círculo cercano han tomado las riendas del partido, relegando a los fundadores originales a un segundo plano o expulsándolos directamente.
El caso de Kiko Méndez-Monasterio, antiguo empleado de Ariza y figura clave en la sombra, es especialmente preocupante. Sin ocupar ningún cargo oficial dentro del partido, se le ha encomendado la negociación de los pactos autonómicos con el PP y su influencia dentro de la cúpula es indiscutible. Su cercanía con Abascal es tal que incluso se le ve como la mano que guía al líder en cada paso que da. Este pequeño grupo de poder no responde a las bases ni a los afiliados y afiliadas, sino únicamente a sus propios intereses.
El entramado va más allá de la política interna de Vox. La empresa Tizona Comunicación, controlada por Gabriel Ariza, hijo de Julio Ariza, ha sido beneficiada con más de medio millón de euros en contratos opacos adjudicados directamente por el partido. El Tribunal de Cuentas ya ha señalado estas prácticas, pero hasta el momento no ha habido ninguna consecuencia tangible. La justificación de Vox es tan vaga como sospechosa: los contratos no se abrieron a competencia porque el «servicio» prestado es inseparable de las personas implicadas. En otras palabras, el clientelismo se ha instaurado en el corazón de la formación.
Este círculo cerrado de poder ha transformado a Vox en una organización completamente opaca. No es casualidad que Abascal haya convertido sus relaciones con figuras internacionales como Viktor Orbán o Javier Milei en uno de sus principales puntos de orgullo. La política de Vox hacia el exterior está gestionada por la Fundación Disenso, una entidad que maneja más de 10 millones de euros sin ningún tipo de control por parte de los y las afiliadas. Esta desconexión entre las bases y la cúpula es un signo claro de cómo el partido ha sido secuestrado por unos pocos.
El resultado de todo esto es un Vox irreconocible para muchos de los que, en su momento, confiaron en el proyecto. Hoy, solo quedan dos personas del grupo original que fundó el partido hace diez años: Santiago Abascal y Javier Ortega Smith. Y este último, tras ser progresivamente relegado a un papel secundario, parece estar en el mismo camino de salida que tantos otros.
Sin democracia interna, controlado por intereses económicos y dirigido por un círculo de poderosos sin rendir cuentas a nadie, Vox ya no es la alternativa que pretendía ser, sino una maquinaria autocrática más, al servicio de los mismos intereses contra los que, en su día, juró luchar.
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