La guerra interna en Vox aúna punitivismo, control absoluto, dimisiones y expulsiones a partes iguales.
En las últimas semanas Vox ha sufrido un proceso de batallas y guerras internas que se asemejan a las que se produjeron en Ciudadanos antes de que viviera la debacle que le ha llevado prácticamente a su desaparición.

No es técnicamente una novedad, puesto que desde sus inicios diversos cargos y militantes del partido ultraderechista han ido saltando de la palestra abocados al desespero debido a diversos temas relacionados con el extremismo o el absoluto control que practican las manos derechas de Santiago Abascal.
Y es que principalmente Vox, cabe recordar, surge de una escisión de la vieja política del Partido Popular con su elitismo y vicios marcados.
Estas tensiones dificultarán el proceso de fidelizar votos, algo que ya se refleja en las últimas encuestas que han sido publicadas.
Por si fuera poco, en cuanto a lo que se refiere a lo democrático, al igual que ocurrió en Ciudadanos, Vox ha sido tachado de poco limpio en sus primarias y a la hora de cooptar el poder, que se encuentra centralizado en un mando único, que ejerce rígidamente sus designios.
“El modelo es tan jerárquico que el partido acaba convertido en un líder rodeado de una pandilla de pelotas que solo le dicen lo que quieren oír”, reflexiona para EPE el exconcejal de Ciudadanos Gonzalo Sichar, explicando su propia experiencia alrededor de Albert Rivera.
La salida de Macarena Olona, de este modo, no marca un inicio al despropósito que está viviendo el partido, pero si que ha acelerado un proceso de autodestrucción interna, que se ha anunciado de forma rimbombante y que no parece tener un parche que haga cesar la herida.
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