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Lo insólito se volvió rutina. Y aún así, aquí seguimos: sudando, muriendo y mirando hacia otro lado.
EUROPA EN LLAMAS Y NADIE PULSA EL BOTÓN DE EMERGENCIA
Junio de 2025 ha sido oficialmente el mes más caluroso jamás registrado en Europa. Ni “cambio climático”, ni “evento extremo”: esto es colapso en tiempo real. Lo llaman “ola de calor”, pero es un tsunami térmico que se lleva por delante vidas, servicios públicos, cultivos y certezas. Y mientras tanto, gobiernos y corporaciones siguen con sus powerpoints de sostenibilidad y sus consejos para beber agua.
El 23 de junio, Mora (Portugal) alcanzó los 46,6 °C. Récord absoluto. En España, la cifra rozó los 46 °C, con alertas rojas activadas y sistemas de emergencia colapsados. En Italia, 21 ciudades bajo alerta máxima por calor. En Francia, 44 millones de personas atrapadas en islas de calor urbanas que registran temperaturas hasta 5 °C por encima del entorno.
Una mujer de 51 años murió en Barcelona tras trabajar bajo el sol durante siete horas en el Raval. Su muerte es solo una entre muchas invisibilizadas. En Grecia, al menos 45 incendios activos en un solo día, turistas desaparecidos y miles de hectáreas calcinadas. El ministro de Crisis Climática lo dijo claro: “no puede considerarse casual”. Pero sí rentable, para algunas.
Esto ya no es una excepción climática. Es la nueva normalidad de un sistema suicida. Y no es que no lo supiéramos: simplemente, preferimos llamarlo “veranillo”.
DEL CALOR A LA VIOLENCIA: LA SALUD COMO DAÑO COLATERAL
La ola de calor no solo derrite glaciares. Derrite cuerpos, nervios, relaciones sociales. El doctor Laurence Wainwright (Universidad de Oxford) advierte: la violencia se dispara durante las olas de calor. También la depresión, las crisis de ansiedad y la alteración de medicamentos psiquiátricos. Pero de eso no habla ningún telediario.
La Dra. Radhika Khosla lo deja aún más claro: el hormigón, el asfalto y el urbanismo neoliberal convierten nuestras ciudades en trampas mortales. No es casualidad que los barrios pobres sufran más. Es diseño. Porque el calor también discrimina.
En Italia, el 10 % de urgencias hospitalarias han aumentado en las zonas con más humedad y temperaturas extremas. En Turquía, 550 personas evacuadas por incendios en Foça. Cuatro bomberos intoxicados por humo. Aeropuertos suspendidos. Turistas británicos desmayándose en Roma. Pero lo importante es que siga el turismo.
El turismo colapsa y las aerolíneas cancelan vuelos, pero los gobiernos siguen subvencionando vuelos baratos mientras prohíben plantar árboles en las calles. En Londres, 34 °C rompen récords históricos y aún así, los grandes medios celebran el “buen tiempo”.
El estudio publicado en Lancet Public Health es demoledor: las muertes por calor podrían cuadruplicarse de aquí a 2050 si seguimos igual. No es ciencia ficción, es ciencia con fecha.
No estamos ante un fenómeno natural. Estamos ante una política criminal. Lo que mata no es el sol, es la codicia, el negacionismo cómodo, el negocio fósil y la falta de acción real. Porque cuando el planeta arde, quienes mueren primero son los de siempre: las personas pobres, racializadas, mayores, enfermas, o que simplemente no pueden permitirse escapar.
Y aún así, seguimos actuando como si un ventilador bastara. Como si una botella de agua y un tuit institucional fueran respuesta suficiente. Como si tuviéramos tiempo. Como si el colapso no estuviera ya aquí.
2025 no es el año más caluroso jamás registrado. Es el menos caluroso de los que vienen. Y si no se actúa con justicia climática, planificación ecológica y ruptura con los intereses fósiles, cada verano será más corto, más letal y más distópico.
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