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Un diputado se encara con la Mesa, ignora el reglamento y termina expulsado en otro episodio que retrata una forma de hacer política
Otra vez. Sin matices. El Congreso de los Diputados vivió el 14 de abril uno de esos episodios que ya no sorprenden, pero siguen siendo graves. El diputado de Vox José María Sánchez fue expulsado del pleno tras enfrentarse con una letrada y con el vicepresidente de la Cámara, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. No fue una discusión puntual. Fue una escalada.
Todo ocurrió mientras el parlamentario de ERC Francesc-Marc Álvaro intervenía en un debate sobre la memoria de libreros, bibliotecarios, editores y autores represaliados durante la Guerra Civil y el franquismo. Un tema incómodo para algunos. Sánchez empezó a gritar desde su escaño sin haber solicitado la palabra. Le llamaron al orden. Una vez. Luego otra.
No bastó. El diputado decidió levantarse, subir directamente a la tribuna de la Mesa y dirigirse a una letrada para reprochar la situación. Es decir, saltarse el procedimiento y cuestionar el funcionamiento institucional en pleno directo. La escena ya estaba rota. Gómez de Celis le llamó al orden por segunda vez. Después vino el choque.
Según el reglamento, a la tercera llamada al orden no atendida, la expulsión es automática. Y eso fue lo que ocurrió. Sánchez insistió, elevó el tono, confrontó al vicepresidente. Tercera advertencia. Fuera del pleno.
No hubo ambigüedad. Fue un incumplimiento claro de las normas parlamentarias. Y no es la primera vez.
Minutos después, Vox difundió su versión. Sin pruebas, la formación aseguró que el diputado de ERC Jordi Salvador había llamado “criminal y asesino” a Sánchez en dos ocasiones. Esa supuesta agresión verbal justificaría el comportamiento posterior. Pero no hay registro público que lo confirme.
Según el relato del propio partido, Sánchez acudió incluso al despacho de la presidenta del Congreso, Francina Armengol, para exigir medidas contra Salvador. Tampoco obtuvo respuesta favorable. La tensión, lejos de bajar, se trasladó fuera del hemiciclo.
La reacción política fue inmediata. El diputado socialista Marc Lamuà calificó lo sucedido de “grave” e “inaudito”. Y no se quedó ahí. Describió la escena con crudeza: un parlamentario gritando, agarrando el micrófono, interrumpiendo sin turno de palabra. Saltándose las normas básicas de funcionamiento.
La frase quedó flotando en el aire. Y pesaba: esa es la gente que algunos quieren llevar a los gobiernos.
En paralelo, el ministro Óscar Puente reaccionó con ironía en redes sociales. Su mensaje, “¡Se sienten coño!”, condensaba en pocas palabras el hartazgo ante una escena que ya empieza a parecer rutina.
¡Se sienten coño! https://t.co/yPNkZM82tv
— Óscar Puente (@oscar_puente_) April 14, 2026
Porque no es un hecho aislado. Es un patrón.
Una conducta repetida
El historial de José María Sánchez ayuda a entender lo ocurrido. En 2021, durante la legislatura anterior, protagonizó otro episodio similar. En aquel caso, llamó “bruja” a la diputada socialista Laura Berja durante un debate sobre el acoso a mujeres que desean abortar.
La secuencia fue casi idéntica. Llamadas al orden. Negativa a rectificar. Expulsión. Incluso entonces se negó a abandonar el hemiciclo, lo que obligó a suspender la sesión durante diez minutos. Finalmente, accedió a retirar el insulto. Con matices. “Retiro que le he llamado bruja”, dijo.
Ese precedente no es menor. Marca una forma de actuar. Un estilo político basado en tensar, provocar, romper los límites. Y luego presentarse como víctima de una supuesta censura.
En el episodio del 14 de abril se repite la lógica. Primero el ruido. Luego la confrontación. Después la denuncia sin pruebas. Y finalmente el relato de agravio.
El Congreso como escenario
Lo que está en juego no es solo una expulsión puntual. Es algo más estructural. El uso de las instituciones como escenario de agitación. No para debatir, sino para generar conflicto constante. Para alimentar una narrativa de enfrentamiento permanente.
La escena del diputado subiendo a la Mesa no es anecdótica. Es simbólica. Rompe una barrera. Cuestiona el propio funcionamiento del Parlamento. Y lo hace en un contexto concreto: un debate sobre memoria histórica, uno de los temas donde la ultraderecha ha centrado parte de su ofensiva política.
No es casualidad. Tampoco es improvisación. Es estrategia.
Mientras tanto, el reglamento sigue siendo claro. Tres llamadas al orden. Y expulsión. Sin interpretaciones. Sin margen. Eso es lo que ocurrió. Lo demás son relatos.
Pero el problema no es solo lo que pasa dentro del hemiciclo. Es lo que se normaliza fuera. Porque cada episodio como este empuja un poco más los límites. Y cada vez cuesta más distinguir entre la política y el espectáculo.
Y en medio de todo, una pregunta incómoda. Qué queda del debate cuando lo que se busca no es convencer, sino incendiar.
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