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Un diputado en Murcia legitima el uso de la violencia mientras el partido respalda la escalada tras el incidente en el Congreso
La escena ya no sorprende. O quizá sí, pero de otra manera. Más incómoda. Más grave. La política española suma un nuevo episodio que no es solo bronco, sino peligroso. Un paso más allá. Porque ya no se trata de insultos o gestos fuera de tono, sino de algo mucho más explícito.
En la Asamblea Regional de Murcia, el diputado de Vox Antonio Martínez Nieto defendió que existe el “deber de combatir, incluso con violencia” el aborto y la eutanasia. Lo dijo así. Sin rodeos. Y, de momento, sin rectificar.
La frase no cae en el vacío. Llega justo después de lo ocurrido el martes 14 de abril en el Congreso, cuando el diputado José María Sánchez García protagonizó un enfrentamiento con el vicepresidente de la Cámara, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que acabó con su expulsión del hemiciclo.
La secuencia completa puede verse en este vídeo difundido en redes sociales, donde se aprecia el tono desafiante y la tensión creciente en la Cámara Baja. No fue un incidente menor. Fue un síntoma.
Es Antonio Martínez, diputado de VOX en Murcia. Propone combatir el aborto y la eutanasia "incluso con violencia". Odian la libertad y a la mujer. Odian todo lo q no sea su dogma y sus cojones. El gallo negro se cree fuerte. Pero el rojo es más valiente…pic.twitter.com/wC8EoHdxoU
— Ivan (@caminantes21) April 15, 2026
Y lo que vino después, lejos de rebajar la tensión, la ha amplificado.
Una escalada que ya no se disimula
El origen inmediato está en ese choque parlamentario del martes. Sánchez García subió a la tribuna para protestar por unos supuestos insultos de un diputado de ERC, Jordi Salvador. La discusión, sin embargo, se produjo fuera de micrófono. No hay registro sonoro de esos insultos. Sí lo hay del comportamiento posterior.
Gómez de Celis le pidió varias veces que abandonara la tribuna. No lo hizo. Se mantuvo firme, desafiante, tensando el momento hasta que la expulsión fue inevitable.
Después acudió al despacho de la presidenta del Congreso, Francina Armengol. Intentó justificar lo ocurrido. No convenció. La respuesta fue clara: reproche a las formas.
Pero la historia no termina ahí. Porque Vox, lejos de desautorizar a su diputado, optó por otro camino. Admitió que las formas fueron “cuestionables”, sí. Pero añadió algo más inquietante: que lo ocurrido era inevitable. Que “iba a pasar en algún momento”.
Una frase que pesa. Que legitima. Que normaliza.
Desde el partido se ha construido un relato de agravio permanente. Insultos, dicen. Ataques continuos. Y una conclusión implícita: la reacción era comprensible. Casi lógica.
En paralelo, varias voces del partido han cerrado filas. La portavoz Rocío de Meer habló de “cobardes” en redes sociales. Otros diputados, como José María Figaredo o Carlos Flores Juberías, han criticado a la Mesa del Congreso por no actuar ante los supuestos insultos.
El foco se desplaza. Ya no es la conducta. Es el contexto. Y así, poco a poco, se diluye la responsabilidad.
De la bronca parlamentaria a la legitimación de la violencia
Ahí es donde entra en juego lo ocurrido en Murcia el miércoles 15 de abril. Porque lo que dijo Martínez Nieto no es una réplica airada ni una reacción puntual. Es un posicionamiento político explícito.
Hablar de “combatir incluso con violencia” determinadas leyes o derechos no es una metáfora inocente. No es retórica vacía. Es una línea roja. Y cruzarla tiene consecuencias.
Más aún cuando se hace desde una institución pública. Más aún cuando no hay rectificación posterior. El silencio, en estos casos, también comunica.
Desde el PSOE, el vicepresidente del Congreso, Gómez de Celis, advirtió tras lo ocurrido del “riesgo real” de que la violencia ideológica termine materializándose en hechos. No es una advertencia exagerada. Es una lectura directa de lo que está pasando.
Porque el problema no es solo el incidente del martes. Ni siquiera la declaración del miércoles. Es el patrón. La acumulación. El desplazamiento constante de los límites.
En los últimos meses, el tono ha ido subiendo. Comparaciones extremas, insultos personales, descalificaciones constantes. De llamar “bruja” a una diputada a comparar al presidente del Gobierno con Hitler. Un deterioro progresivo del debate público.
Y ahora, un paso más. La violencia ya no como metáfora política, sino como herramienta legítima en determinados contextos.
Mientras tanto, el partido no contempla medidas internas. No habrá apercibimientos. No habrá escritos a la Mesa del Congreso. La lectura es otra: el problema no está dentro.
Ese es el punto clave. Cuando la violencia se justifica, cuando se contextualiza, cuando se convierte en respuesta “comprensible”, deja de ser un exceso puntual y pasa a formar parte del marco político.
Y ahí, el riesgo deja de ser hipotético.
Porque cuando alguien en una institución dice que hay que combatir “incluso con violencia”, ya no estamos ante un desliz. Estamos ante una advertencia.
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