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Mientras algunos intentan borrar derechos básicos, el retroceso ya se está organizando a plena luz del día
Hay una idea que se repite cada vez con más insistencia: que el feminismo ya no hace falta. Que es cosa de otra época. Que las batallas importantes ya se ganaron. Suena bien. Tranquiliza. Pero no encaja con lo que está ocurriendo. Porque mientras ese discurso se instala, hay movimientos organizados —cada vez más visibles— que trabajan justo en sentido contrario.
Lo explica con claridad Patricia Salvador, periodista miembro de Spanish Revolution, en este vídeo, donde se expone cómo ciertas corrientes están intentando reabrir debates que parecían cerrados desde hace décadas. No es retórica. Es estrategia. Y tiene nombres, fechas e ideas muy concretas.
En Estados Unidos, por ejemplo, algunas voces vinculadas a la ultraderecha religiosa están defendiendo algo que parecía imposible escuchar en pleno siglo XXI: revertir el derecho al voto femenino. Sí. Derogar la Decimonovena Enmienda, aprobada en 1920, que reconoció ese derecho tras décadas de lucha. No es una ocurrencia aislada. Forma parte de una visión ideológica mucho más amplia.
Esa visión se apoya en lo que denominan “patriarquía bíblica”. Una estructura de poder en la que el hombre ocupa el centro de todas las decisiones: en el hogar, en la política, en la vida pública. No es solo una cuestión simbólica. Tiene consecuencias prácticas. Muy concretas.
Una de ellas es el llamado household voting. Traducido: una familia, un voto. Y ese voto, claro, lo ejerce el hombre. La mujer queda representada por él. Si no está casada, por su padre. Y si no, por otra figura masculina de su entorno. El planteamiento no es ambiguo. Es directo. Y profundamente regresivo.
Lo inquietante no es solo que estas ideas existan. Siempre han existido. Lo realmente relevante es que están saliendo de los márgenes. Que han dejado de ser discursos residuales para empezar a circular en espacios con mayor visibilidad. Incluso en entornos institucionales.
Uno de los momentos que marcó ese salto fue cuando el actual secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, compartió en redes sociales un vídeo en el que se defendían precisamente estas ideas. Ese gesto no es menor. No es anecdótico. Es una señal. Porque indica que estos planteamientos ya no están confinados a foros extremos, sino que empiezan a rozar estructuras de poder.
Y ahí está la clave. No se trata de que mañana desaparezca el voto femenino. Nadie está planteando eso de forma inmediata. El movimiento es otro. Más lento. Más estratégico. Primero se normaliza el debate. Después se legitima. Y, cuando deja de parecer radical, se convierte en opción política.
Ese proceso ya lo hemos visto antes. Con otros derechos. Con otras luchas. La historia no avanza en línea recta. Retrocede. Se reconfigura. Y, a veces, se repite.
Por eso el feminismo sigue siendo necesario. No como una bandera abstracta. No como un símbolo vacío. Sino como una herramienta de defensa. Porque no solo sirve para conquistar nuevos derechos. También —y quizá ahora más que nunca— para proteger los que ya existen.
Hay quien intenta presentar estos retrocesos como tradición. Como orden. Como valores. Es un marco muy eficaz. Porque apela a lo emocional. A lo identitario. Pero debajo de ese lenguaje hay algo mucho más concreto: la limitación de derechos. La reducción de autonomía. La negación de la igualdad real.
Y eso afecta a todo. Al voto. Al cuerpo. A la vida cotidiana. A la capacidad de decidir.
Decir que el feminismo ya no hace falta implica ignorar este contexto. O peor, asumirlo como inevitable. Como si fuera un ruido de fondo sin consecuencias. Pero no lo es. Porque cuando ciertos discursos ganan espacio, terminan influyendo. En leyes. En políticas. En decisiones colectivas.
No estamos hablando de escenarios hipotéticos. Estamos viendo cómo esas ideas circulan, se amplifican y encuentran altavoces con capacidad real de impacto. Esa es la diferencia. Esa es la alerta.
Así que no, el feminismo no es una discusión del pasado. Es una respuesta activa a un presente en el que todavía hay quienes consideran que una mujer no debería decidir sobre su voto, sobre su cuerpo o sobre su propia vida.
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