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Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 han dejado a miles de familias contra la intemperie mientras la ayuda urgente intenta llegar antes que el abandono.
CUANDO LA TIERRA SE ROMPE, LOS DE ABAJO CAEN PRIMERO
Venezuela vive una emergencia brutal tras dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el centro del país al final del día del 24 de junio, justo cuando muchas personas volvían a casa, cerraban la jornada, preparaban la cena o intentaban llegar a salvo después de otro día cualquiera. Pero en los países golpeados por la precariedad, lo “cualquiera” siempre está al borde del desastre. Un edificio mal mantenido, una red eléctrica frágil, una comunicación que se corta, una familia sin margen. Luego llega el temblor y lo que se cae no es solo cemento. Se cae una forma entera de abandono.
Las zonas próximas a Caracas han sufrido daños generalizados. Hay edificios e infraestructuras gravemente afectadas, cortes de comunicaciones, interrupciones en el suministro eléctrico y miedo. Mucho miedo. En algunas áreas preocupa que haya personas atrapadas bajo los escombros. Las y los rescatistas trabajan contra el reloj, porque las primeras horas no son una frase hecha: son la diferencia entre vivir y morir. Mientras tanto, numerosas familias permanecen en espacios abiertos por temor a nuevas réplicas. Nadie duerme tranquilo cuando la tierra sigue amenazando.
Y aquí conviene decirlo sin rodeos: las catástrofes naturales no golpean igual a todo el mundo. El terremoto no pregunta por la renta, pero sus consecuencias sí. Quien vive en una vivienda segura, con ahorros, contactos, seguro, coche y una red de apoyo tiene una posibilidad. Quien vive en una estructura vulnerable, con niñas y niños a cargo, sin agua potable garantizada y sin electricidad, tiene otra muy distinta. Esa es la obscenidad. La naturaleza sacude; la desigualdad remata.
La emergencia en Venezuela no puede leerse como una postal de dolor ajeno para consumir durante treinta segundos y seguir deslizando la pantalla. Hay personas bajo ruinas, familias separadas, barrios enteros intentando organizarse como pueden y una infancia expuesta a lo peor: pérdida del hogar, desplazamiento, hambre, sed, enfermedades, ansiedad, separación familiar y riesgo de abuso o explotación. Lo de siempre. Cuando todo se rompe, los niños y niñas quedan en el centro del peligro y al final de las prioridades.
Save the Children lo ha advertido con claridad. Fátima Andraca, directora general de la organización en Venezuela, ha señalado que “los niños se encuentran entre los más vulnerables después de estos terremotos”, que algunos habrán perdido sus hogares y que las réplicas continúan provocando terror y aumentando el riesgo de nuevos daños y víctimas. También ha recordado algo que debería estar grabado en cada despacho político: en medio del caos, los niños y niñas pueden separarse de sus familias y quedar expuestos a explotación y abuso.
No es retórica humanitaria. Es una urgencia concreta. Refugio, alimentos, agua potable, atención médica, higiene y apoyo psicosocial. Eso hace falta ahora. No mañana, no cuando pase la conmoción mediática, no cuando las instituciones internacionales terminen de redactar comunicados impecables. Ahora.
LA SOLIDARIDAD NO PUEDE LLEGAR TARDE
Save the Children está respondiendo sobre el terreno junto a equipos y organizaciones locales en las zonas afectadas. Ya ha movilizado fondos de emergencia para iniciar una respuesta rápida y evaluar las necesidades prioritarias. La intervención se centra en salud, protección infantil, refugio, alimentación y artículos básicos de primera necesidad. Es decir, lo mínimo para sostener la vida cuando todo alrededor se ha venido abajo.
Y aquí hay que ser muy claros: la solidaridad no sustituye a la justicia, pero sin solidaridad inmediata la injusticia mata más rápido. Podemos y debemos denunciar el orden económico que convierte cada crisis en una carnicería social. Podemos señalar el cinismo de un mundo que encuentra dinero para armas, fronteras, rescates bancarios y negocios extractivos, pero siempre parece llegar tarde cuando se trata de salvar a niñas y niños pobres. Podemos hacerlo. Hay que hacerlo. Pero mientras tanto hay familias sin techo y menores aterrados que necesitan comer, beber, curarse y volver a sentirse a salvo.
La ayuda urgente tiene cifras concretas. Con 30 euros se contribuye a reducir riesgos inmediatos proporcionando alimentos, agua potable y condiciones mínimas de higiene durante los primeros días. Con 60 euros se ayuda a cubrir necesidades básicas de supervivencia, como alimentación y refugio temporal durante las semanas posteriores al terremoto. Con 100 euros se contribuye a proteger a los niños y niñas frente a riesgos mayores, ofreciendo nutrición, atención básica y entornos seguros durante el primer mes.
También hay una cuestión fiscal que conviene explicar porque muchas personas quieren ayudar y necesitan saberlo: hasta 250 euros, la donación permite deducir hasta el 80%. Dicho de otra forma: donar no debería ser un privilegio heroico, pero en una emergencia cada gesto cuenta, y cada euro puede convertirse en agua, refugio, comida, atención o protección.
Las vías para colaborar son claras. Se puede donar en la página de Save the Children, rellenando el formulario. También por Bizum, utilizando el código ONG 13132 con el concepto Terremoto Venezuela. Por teléfono, en el 900 37 37 15, gratuito, de lunes a viernes de 9 a 21h. Y por transferencia o ingreso en cuenta bancaria, indicando como concepto Terremoto Venezuela + DNI/NIE.
Las cuentas habilitadas son estas: Santander ES13 0049 0001 5224 1001 9194, CaixaBank ES89 2100 1727 1202 0003 2834 y BBVA ES83 0182 5502 5800 1002 0207.
También se puede entrar directamente aquí: https://www.savethechildren.es/donacion-ong/terremoto-en-venezuela-2026-fr-di
No hace falta envolver esto en sentimentalismo barato. Hace falta una respuesta. La infancia venezolana afectada por los terremotos necesita protección inmediata, y la necesita en medio de un mundo que ha normalizado demasiado rápido mirar las ruinas como si fueran paisaje. Cuando un niño o una niña duerme a la intemperie después de un terremoto, el fracaso no es de la tierra: es nuestro.
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