05 May 2026

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Un niño asesinado frente a su colegio: así es la educación palestina bajo fuego israelí
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Un niño asesinado frente a su colegio: así es la educación palestina bajo fuego israelí 

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El asesinato de Aws al Naasan, de 14 años, en Mughayir no es una anomalía. Es una pieza más de una violencia que golpea escuelas, alumnado, docentes y comunidades enteras en la Cisjordania ocupada.

Aws al Naasan tenía 14 años y estudiaba en el instituto masculino de Mughayir, una localidad palestina de unos 3.000 habitantes situada en las colinas al noreste de Ramalá. El 21 de abril, un reservista israelí le disparó en la cabeza justo fuera de la puerta oeste del centro. El niño cayó al suelo al instante, mientras sus compañeros corrían hacia él entre disparos para sacarlo de la línea de fuego. La escena, grabada desde dentro del edificio, muestra a menores y profesorado agachados en las escaleras, aterrorizados, intentando sobrevivir dentro de un lugar que debería ser intocable: una escuela.

No fue la única muerte de aquel día. Minutos después, el mismo hombre mató a tiros a Yihad Abu Naim, de 36 años, hermano de Waheed Abu Naim, profesor de inglés del instituto. Su esposa está embarazada de nueve meses de su primera hija. La vida que iba a nacer este mes queda marcada por una ausencia fabricada a tiros. Así funciona la ocupación cuando se instala en lo cotidiano: convierte el camino al colegio, la puerta de casa y el funeral en zonas de riesgo.

La muerte de Aws golpea también por una biografía que ya venía atravesada por la violencia. Su padre, Hamdi al Naasan, fue asesinado en enero de 2019 de un disparo en la espalda cuando intentaba ayudar a un vecino herido. Aws cursaba tercero entonces. Sus docentes trataron durante años de darle estabilidad, cuidado, normas, una mínima sensación de seguridad. La escuela hizo lo que pudo. Luego la violencia llegó hasta la puerta del instituto.

LA ESCUELA COMO OBJETIVO

La educación palestina está siendo atacada de forma sistemática. En Gaza, más de 600.000 niñas y niños en edad escolar se acercan al final de su tercer año sin educación regular desde el inicio de la guerra en 2023. Según datos de Naciones Unidas recogidos en el propio relato de la situación, los ataques israelíes han matado al menos a 792 docentes y 18.639 estudiantes, y han dañado o destruido nueve de cada diez centros escolares. No es daño colateral. Es una generación a la que se le arranca el aula, el futuro y la rutina.

En Cisjordania ocupada, la violencia adopta otra forma, menos televisada, pero igualmente brutal: colonos armados, soldados, puestos de control, demoliciones, carreteras cerradas, miedo diario. Horas después del asesinato de Aws, colonos israelíes atacaron y demolieron una escuela para niños palestinos financiada por Europa y Reino Unido en Hammamat al Maleh, en el norte del valle del Jordán, a unos 40 kilómetros al norte de Mughayir. Las excavadoras arrasaron cuatro aulas, los baños y dos patios de recreo. Quedaron libros destrozados, metal retorcido y plástico aplastado. Francia, que había contribuido a financiar el centro, exigió una indemnización a las autoridades israelíes.

La ofensiva contra la educación no se limita a destruir edificios. El 13 de abril, colonos israelíes cerraron con alambre de espino el camino que permite a niñas y niños palestinos de Umm al Jair llegar a su escuela, en las colinas al sur de Hebrón. Cuando familias, alumnado y personas adultas organizaron una sentada para exigir el paso, soldados israelíes les lanzaron gases lacrimógenos. El mensaje es transparente: si no pueden expulsar a una comunidad de golpe, le hacen imposible vivir, estudiar, moverse, criar y resistir.

Atacar una escuela no es solo atacar un edificio. Es atacar la posibilidad de que una comunidad siga existiendo mañana. Por eso la frase del portavoz de UNICEF, James Elder, pesa tanto: estos ataques contra la educación de la infancia palestina no son hechos aislados. No lo son porque se repiten. No lo son porque tienen patrón. No lo son porque encajan demasiado bien en una estrategia de presión permanente sobre la población palestina.

IMPUNIDAD ARMADA EN CISJORDANIA

Mughayir lleva años bajo hostigamiento. La Oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios ha documentado el aumento de los ataques contra Mughayir, tanto por parte de uniformados israelíes como de colonos, especialmente vinculados a Adei Ad y otros asentamientos cercanos. En lo que va de año, la OCHA ha registrado 17 ataques de colonos contra la localidad. En 2025 fueron 40 ataques con víctimas y daños materiales. La cifra no es una estadística fría. Es la contabilidad de una vida bajo amenaza.

El 21 de abril, poco después del mediodía, docentes de la escuela vieron acercarse a dos colonos y cuatro soldados enmascarados. Reunieron al alumnado dentro del recinto, cerraron la puerta principal y avisaron a madres, padres y vecinos. Sabían que había israelíes armados cerca de la escuela. Sabían lo que podía pasar. Waheed Abu Naim intentó hablar con ellos en inglés y árabe. Uno le ordenó marcharse mientras le apuntaba con el arma. Poco después, Aws fue abatido.

El Ejército israelí sostiene que el reservista abrió fuego tras ser apedreado y que las tropas no estaban con él en el momento del asesinato, sino que llegaron después. Pero los vídeos y las manchas de sangre sitúan al atacante a varios cientos de metros de la carretera más cercana cuando mató al adolescente. La versión oficial intenta convertir una ejecución a distancia en una escena defensiva. Es el viejo manual: primero se dispara, después se administra el relato.

Al día siguiente, el 22 de abril, las familias enterraron a Aws al Naasan y a Yihad Abu Naim. Ni siquiera el duelo quedó a salvo. Las fuerzas israelíes asaltaron la aldea y lanzaron gases lacrimógenos y granadas aturdidoras contra viviendas palestinas durante media hora. Hasta llorar a los muertos se vuelve una actividad vigilada, castigada, intervenida.

La organización israelí de derechos humanos B’Tselem ha descrito estos ataques como parte de un patrón constante de violencia mortal cometida por soldados y colonos, dentro de una campaña de desplazamiento forzoso contra comunidades palestinas. La acusación es gravísima. Y precisamente por eso conviene no rebajarla. Cuando milicias y colonos entran en aldeas palestinas, provocan enfrentamientos y luego usan la respuesta como coartada para disparar, no estamos ante excesos puntuales. Estamos ante una arquitectura de impunidad.

El capitalismo colonial siempre necesita una pedagogía del miedo. En Palestina, esa pedagogía se enseña con puestos de control, excavadoras, gases lacrimógenos, fusiles y escuelas vacías. A Aws al Naasan no le quitaron solo la vida. Le dispararon también a la infancia palestina para recordarle que, bajo ocupación, incluso aprender puede convertirse en un acto de resistencia.

Cuando un niño no puede cruzar la puerta de su colegio sin jugarse la vida, el crimen ya no está en los márgenes: está gobernando.


  

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