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07 Mar 2021

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Un capital humano desaprovechado: los mayores
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Un capital humano desaprovechado: los mayores 

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Shutterstock / Nebojsa Tatomirov

Es cierto (y lamentable) que muchas jóvenes promesas nos abandonan, tras haber recibido su formación en España, y emigran ante mejores oportunidades de trabajo en el extranjero. Pero también existe un importante capital humano en las personas mayores, como grupo, que nadie reivindica.

El problema es que hablamos de un colectivo considerado por lo general de forma estereotipada y negativa. Un colectivo que ha salido muy mal parado en estos terribles tiempos de pandemia en los que responsables de la vida pública no hicieron el trabajo de planificación necesario para su cuidado. Incluso hubo quienes se permitieron soflamas contra “los viejos” (como denuncié aquí).

No se trata de realizar una confrontación entre grupos de edad. Muy al contrario, pretendo resaltar a un grupo denostado a la vez que pregonar la necesidad del lógico intercambio intergeneracional. A toda la población se le hace un flaco favor con la crítica y desvaloración de la edad.

“Son inactivos e improductivos”

El sistema público considera a las personas mayores –que previamente ha jubilado “obligatoriamente”, habiendo cotizado a todo lo largo de su vida laboral– como “clases pasivas”, cayendo con ello en una perversión “legalizada”. Sin embargo, estas personas contribuyen, y mucho.

Cuando se sondea sobre la actividad de las personas de este grupo que se mantienen sanas, se les pregunta por el tiempo que dedican a actividades no remuneradas, tales como “cuidar de otros”, “hacer gestiones diversas”, “actividades de voluntariado”, etc. Con esos datos de base se puede estimar, a través de métodos de atribución de costo moderado (propuestos por EUROSTATS), el montante de contribución monetaria poblacional correspondiente.

En concreto, en nuestro estudio longitudinal sobre envejecimiento activo (ELEA), centrado en hombres y mujeres entre 55 y 75 años, se estimó en 106 100 millones de euros anuales la contribución de los mayores españoles en actividades no remuneradas. Nuestros resultados fueron coherentes con otros realizados en España y en otros países. Y permiten concluir que, de ninguna manera, las personas mayores pueden considerarse “clase pasiva”, “inactivos” o “improductivos”. Muy al contrario, en una gran mayoría, realizan actividades que contribuyen no solo a sus familias sino a la sociedad en su conjunto.

“Son incompetentes”

La visión negativa sobre el envejecimiento y la vejez parece estar generalizada y puede detectarse mediante pruebas explícitas (de autoinforme y frases evidentes ) e implícitas (no evidentes). El Modelo de Contenido del Estereotipo cultural del grupo Susan T. Fiske propone que, al evaluar estereotipos, solo se utilicen atributos positivos (por ejemplo: “competente”, “amistoso”, “afable”, “inteligente”, etc.). Pues bien, en lo que respecta a las personas mayores, en 27 de 29 países europeos examinados por la European Social Survey, se ha comprobado que la atribución de la gente mayor suele ser de baja competencia y alta afabilidad.

Eso mismo ocurre, aún en mayor medida, cuando se utilizan solo condiciones negativas. A lo largo de los últimos 30 años hemos realizado un seguimiento temporal en muestras representativas de población española (1991, 2006 y 2011) sobre la visión de las personas mayores en España. Más de un 50% de los encuestados consideran que las personas mayores de 65 años: “son peores en el trabajo”, “tienen déficit de memoria” y “son como niños”.

Repercusiones de una visión negativa sobre la vejez y el envejecimiento y necesidades de combatirla

Existen sobradas pruebas empíricas de que los estereotipos se comportan como profecías que llevan a su autocumplimiento. Así lo hemos constatado desde nuestro equipo de investigación en Centros de Personas Mayores: cuando los cuidadores perciben a los mayores bajos en competencia se observa en ellos una peor funcionalidad.

En el estudio europeo mencionado algunos párrafos atrás, se pone de relieve que los países que presentan más estereotipos negativos cuentan con personas mayores que informan de peor salud y menor bienestar. Tan evidente es la cosa que, a nivel poblacional –utilizando el Índice de Envejecimiento Activo de Zaidi– se comprueba que cuando abundan los estereotipos negativos se encuentra también un menor porcentaje de personas mayores con envejecimiento activo. Lo que probablemente se traduzca en un mayor coste socio-sanitario.

A esto se une que la teoría del Embodiment de Levy postula que los estereotipos negativos sobre los mayores son interiorizados por la población más joven. Habla Levy de un modelo económico de repercusión de los estereotipos en la salud. Y, mediante cálculos empíricos, establece que los estereotipos de los mayores y su consecuencia social, el edadismo, incrementan la prevalencia de las enfermedades produciendo 17 millones de patologías que cuestan 63 000 millones de dólares.

Todo ello nos ha llevado a iniciar el proyecto ENCAGEn-CM en colaboración CSIC/UAM (entre otras instituciones) uno de cuyos objetivos es combatir el edadismo.

La jubilación voluntaria, una forma de solventar o paliar varios problemas

En España, la jubilación a los 65 años se instituyó en 1919, cuando la esperanza de vida al nacer era de 41.1 años. Lo sorprendente es que se haya mantenido a lo largo de cien años, con escasos retoques, a pesar de que la esperanza de vida hoy es de 83.5 años (media entre hombres/mujeres). Y a pesar, también, de que la Constitución Española instituye la igualdad de derechos entre los españoles. No cabe duda de que el derecho a la jubilación –establecido por Bismark en Alemania en 1889– supuso una conquista social. Pero, ¿por qué no acompasarla a los tiempos y al amor a la libertad que tanto se enfatiza?

Si la jubilación es un modelo de protección, dentro del estado de bienestar, debería establecerse por consenso, y desde luego debería ser compatible con su posposición cuando se mantienen no solo el deseo de trabajar sino la capacidad de hacerlo. Por otro lado, habría que tener en cuenta que existen multiplicidad de trabajos que se ven afectados en formas diversas por la edad (trabajos físicos vs. intelectuales). Y considerar también que la investigación avala que existen efectos nocivos de la jubilación sobre la salud, así como efectos positivos de su prolongación.

Que exista una jubilación obligatoria, teóricamente, tiene que ver con la relación entre edad y discapacidad. Jubilar en función de la edad, independientemente de la calidad en el trabajo, va en contra tanto del individuo como de la necesidad de gestionar una adecuada eficiencia en el trabajo. Dar derecho a anticiparla, pero no a posponerla, parece algo fuera de toda lógica.

Equiparar la crisis del llamado “estado de bienestar” con la crisis del sistema de pensiones, parece un error epistémico. El sistema de bienestar se basa en un principio ético de solidaridad y la crisis del sistema de pensiones procede, esencialmente, de dos hecho demográfico: el incremento quasi-exponencial de la esperanza de vida (a consecuencia del desarrollo humano y social) junto a la reducción drástica de la fertilidad. Por lo tanto, compromete a varias generaciones y a ambos sexos y ambos deben de ser abordados.

En consecuencia, se requiere un nuevo pacto social para resolver simultáneamente ambos retos: que se permita trabajar a aquellos trabajadores que así lo quieran (después de la edad forzosa) a la vez que se promueva un sistema de incentivación de la fertilidad, también deseada.

Finalmente, para ello, parece necesario hacer compatible la Jubilación Obligatoria (JO) con la Jubilación Voluntaria (JV) en tanto en cuanto sea para posponer el trabajo eficaz, como ya propuso la Unión Europea en la Estrategia de Lisboa (2000).

Los argumentos fundamentales a esgrimir para este cambio de la protección social son:

  1. Derechos humanos: La jubilación obligatoria es discriminatoria en función de la edad;

  2. Demográficos: Las personas viven más y en mejores condiciones físicas y mentales;

  3. Económicos: No existe ninguna amenaza por la prolongación voluntaria (no anticipada) de la jubilación por el escaso número de individuos que implicaría;

  4. Sociales: Hacer compatibles ambas jubilaciones presumiblemente reduciría los estereotipos negativos sobre el envejecimiento y la vejez;

  5. Psicológicos: Algunos estudios indican que la exclusividad de la jubilación obligatoria supone una amenaza para el individuo a niveles cognitivos, sociales y motivacionales.

Instaurar la jubilación voluntaria para aquellos que quieran seguir trabajando permitirá aprovechar el capital humano que constituye este grupo humano, las personas mayores. Y ello, al mismo tiempo, reduciría esa imagen negativa generalizada sobre el envejecimiento y la vejez.

The Conversation

Rocío Fernández-Ballesteros García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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