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El siglo XXI empezó bastante bien para la población de la tercera edad. La calidad de vida en la vejez estaba aumentando a pasos de gigante. Entre otras razones porque, después de muchos esfuerzos, se había puesto en marcha en España la legislación que regula la protección de la situación de dependencia de los mayores. Pero de repente, ¡zas!, la situación dio un vuelco. Irrumpió en escena un virus muy contagioso y nocivo causante de la COVID-19.
Además de acabar con la vida de cientos de miles de personas en el mundo, el SARS-CoV-2 ha conseguido desbaratar en poco tiempo lo que tan costosamente se ha conquistado durante siglos: el derecho efectivo que protege la calidad de vida en la vejez.
Hemos observado, entre otras cosas, cómo el virus ha campado a sus anchas por los lugares de descanso de nuestros mayores, esto es, en las residencias. Lejos de encontrar en ellas el ansiado reposo que corresponde a estos lugares de paz, bienestar y tranquilidad, estas instalaciones se han convertido en la casa de los horrores.
Si analizamos los informes emitidos por el Ministerio de Ciencia e innovación en relación con los excesos de mortalidad recogidos por la plataforma MoMo (sistema de monitorización de la mortalidad diaria), se evidencia una clara desventaja para las personas de edad avanzada, especialmente para los mayores de 74 años. Sobre todo los que optaron por acabar sus años en residencias.
El futuro de la población se plantea incierto, pues el modelo de residencia de hoy parece haberse convertido en un lugar para morir, en vez de un lugar para vivir.
Miedo a vivir en una residencia de ancianos
A la vista de las últimos informes internacionales sobre políticas para personas de edad, especialmente el del 1 de mayo del pasado año del Secretario General de la ONU, António Guterres, las residencias han quedado en entredicho con la pandemia.
Razones hay de sobra. En primer lugar, resulta que estos centros se han convertido en la última morada antes de morir. Esto es así porque recurrimos a ellas como último recurso, cuando ya no es posible mantenernos en condiciones de bienestar en casa.
Entre las principales causas para mudarse a una residencia destaca que nuestros hogares no están adecuadamente adaptados a las necesidades de las personas de edad. Vivimos habitualmente en espacios reducidos y de escasa accesibilidad. Además de que, con frecuencia, se precisan personas cuidadoras que puedan atender las necesidades de los mayores.
Otra cosa que ha hecho cuestionar el modelo actual de residencia de mayores es que, en la mayoría de los casos, se parece demasiado a un centro sanitario. Los mayores se encuentran rodeados de trabajadores con bata blanca, turnos rotativos y decoración hospitalaria. No parece el ambiente más adecuado para vivir.
En tercer lugar, en un momento tan crítico como el que estamos viviendo a causa de la pandemia de COVID-19, las personas de edad que habitaban en residencias han sufrido, abandono, soledad, aislamiento y discriminación. Eso sí, en cierto modo motivado por el ánimo de protección.
Visto lo anterior, es fácil comprender que el escenario que se presenta en las residencias se antoja bastante desolador para cualquiera que se plantea esta opción de vida. Para evitar la situación, los dirigentes políticos deberían dar respuesta a la sociedad dotándola de un sistema de residencias distinto. Un sistema adaptado a las necesidades especiales de la población y donde se respeten derechos tan importantes como el de la salud, la igualdad y la vida.
Cuidados en el tramo final de la vida
Partiendo de lo que no nos gusta del actual modelo, sería sencillo acordar entre todos los requisitos de lo que queremos para los últimos años de nuestra vida.
En nuestra última etapa vital, deberíamos poder optar por quedarnos en casa, con la ayuda necesaria y las condiciones físicas óptimas y adecuadas para poder mantener la independencia o un hogar en comunidad. Y si no, disponer de hogares alternativos donde las personas de edad se sientan como en casa, siendo ellos los verdaderos protagonistas de su historia.
La residencia debería ser un lugar donde los cuidadores sanitarios formen parte integral de la comunidad residente de forma activa, de igual a igual, con la diferencia de que cumplen un cometido diferente. Un lugar donde se planteen objetivos de vida. Un lugar donde se puedan desarrollar proyectos adaptados a las necesidades de cada individuo. Un lugar donde puedan decidir pasear en cualquier momento, visitar a sus familiares, si así lo desean y planificar unas vacaciones tanto de forma individual como grupal. En definitiva, un hogar para compartir.
Que se preste atención al derecho a la salud, a la dignidad y a la no discriminación en las personas de edad depende de nosotros. Cómo vivir los últimos años de nuestra vida está en nuestras manos, depende de las decisiones que tomemos hoy, del modelo que elijamos gracias al Estado social y democrático de Derecho en el que vivimos.
Debemos ser el motor de cambio de la sociedad para adaptarla a nuestro estilo de vida y bienestar.
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Vanesa Sánchez Ballesteros no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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