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El capitalismo autoritario se desenmascara: el trumpismo no es un accidente, es el resultado de décadas de destrucción social
La imagen de Donald Trump firmando sus primeros decretos en 2025 no es la de un simple presidente republicano aplicando su agenda conservadora. Es la de un mandatario que, con la complicidad de una oligarquía corporativa, está demoliendo los cimientos de la democracia liberal para instaurar un régimen que no puede calificarse de otra forma que neofascista. La Constitución estadounidense se ha convertido en papel mojado bajo el peso de un asalto autoritario disfrazado de «recuperación nacional».
Las señales de alarma son claras: persecución sistemática de disidentes, uso propagandístico de las grandes plataformas tecnológicas, leyes represivas que reducen derechos fundamentales y, sobre todo, la subordinación del aparato estatal a los intereses de las grandes fortunas. No es un simple giro autoritario. Es la fusión definitiva entre el poder político y el capital financiero, un nuevo orden en el que la democracia es un estorbo para la acumulación de riqueza.
La clave para entender este golpe de Estado encubierto es comprender su raíz económica. El trumpismo no es una anomalía, sino la consecuencia lógica de un capitalismo que, incapaz de sostenerse bajo sus propias reglas, recurre al autoritarismo para perpetuar sus privilegios. Desde la crisis de 2008, la economía global se ha basado en la expansión de sectores rentistas que no producen valor, sino que lo extraen mediante monopolios y manipulación de datos. Las grandes tecnológicas han dejado de ser simples empresas para convertirse en herramientas de control social.
No es casualidad que Elon Musk, el mesías del capitalismo digital, sea uno de los principales aliados de Trump. Su modelo económico no se basa en la competencia, sino en la imposición de un mundo donde los algoritmos deciden quién tiene voz y quién es silenciado. La fusión entre este poder tecnológico y la política represiva de Trump ha dado lugar a un sistema donde la democracia solo existe como espectáculo, mientras las decisiones reales se toman en despachos privados.
LA GRAN MENTIRA NEOLIBERAL: EL CAPITALISMO NO ES ANTÍDOTO CONTRA EL FASCISMO
Uno de los errores más graves que se está cometiendo en la lucha contra Trump es la ilusión de que un «capitalismo democrático» puede ser la solución. Durante décadas, el neoliberalismo se vendió como el garante de la libertad, un sistema en el que el mercado regularía las tensiones políticas y garantizaría el progreso. La realidad ha demostrado lo contrario: el neoliberalismo ha sido la antesala del neofascismo.
Desde los años 80, las políticas de desregulación han destruido los sindicatos, precarizado el empleo y eliminado los mecanismos de protección social. Este proceso ha generado una población desesperada, sin expectativas de futuro, fácilmente manipulable por discursos que se presentan como «antielitistas» pero que solo benefician a una élite distinta. No es casualidad que los mayores bastiones del trumpismo sean las zonas industriales desmanteladas y los sectores económicos que han sido absorbidos por el capital especulativo.
Las democracias occidentales han pasado décadas bloqueando el ascenso de la extrema derecha sin atacar las causas de su crecimiento. Han preferido vender la idea de un «centro moderado» que en realidad no es más que la continuación del saqueo neoliberal. Mientras los trabajadores veían desaparecer sus derechos, los grandes empresarios multiplicaban su riqueza sin freno. Este vacío ha sido llenado por el discurso de odio, el chivo expiatorio perfecto para ocultar que el problema no son los inmigrantes o la «ideología de género», sino el colapso de un modelo económico que solo beneficia a una minoría.
Los gobiernos neoliberales han normalizado la violencia del mercado, han destruido los servicios públicos y han criminalizado la protesta. Desde las huelgas mineras británicas hasta los «chalecos amarillos» en Francia, la respuesta del Estado ha sido siempre la represión. No es de extrañar que cuando aparece un Trump o un Bolsonaro, la población ya esté acostumbrada a la militarización del espacio público y a la precarización de la democracia.
Seguir apostando por un capitalismo «humanizado» no es la solución. Es solo un aplazamiento del desastre.
EL CAMINO A SEGUIR: REDEFINIR LA DEMOCRACIA DESDE LA RESISTENCIA
La lucha contra el trumpismo no puede ser solo defensiva. No se trata de salvar los restos de una democracia moribunda, sino de construir una alternativa real. En 1945, tras el desastre del fascismo, Europa entendió que la democracia solo podía sobrevivir si se protegía a la población de los abusos del capital. Así nacieron los estados del bienestar, así se crearon derechos que hoy parecen utópicos. Es hora de recuperar ese espíritu.
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