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El fin de un régimen y el principio de una fragmentación
El régimen de Bashar al-Assad ha sucumbido tras décadas de control férreo y una guerra civil que devastó Siria. Lejos de traer estabilidad, su caída reabre un escenario de lucha por el poder donde las potencias regionales y las milicias locales vuelven a desplegar sus fichas. Los actores internacionales, de Turquía a Rusia, pasando por Irán e Israel, observan atentos este colapso político que amenaza con fragmentar aún más al país.
La ofensiva que culminó en la toma de Damasco ha sido liderada por Hayat Tahrir al-Sham (HTS), un grupo islamista vinculado históricamente a Al Qaeda. Su avance por la estratégica carretera M-5, que conecta Alepo con Damasco, fue imparable tras la caída de ciudades clave como Homs y Hama. Este grupo, con base en Idlib, ha sabido capitalizar la debilidad del Ejército Árabe Sirio, otrora considerado un baluarte, pero que en realidad dependía de sus aliados internacionales para sostenerse.
La retirada de fuerzas iraníes y la falta de apoyo directo de Hezbolá dejaron al régimen al descubierto, mientras que el supuesto apoyo a Assad por parte de Rusia demostró ser más estratégico que real. La pérdida de Damasco no solo simboliza el fin de un régimen, sino el inicio de una nueva fase de caos.
LAS MANIOBRAS DE LAS POTENCIAS REGIONALES
La guerra siria siempre fue mucho más que un conflicto interno. La influencia de Turquía, Israel e Irán en el destino del país subraya su importancia como tablero geopolítico. Tras la caída de Assad, Turquía ha aumentado su respaldo al Ejército Nacional Sirio (SNA) y a HTS, buscando afianzar su control sobre el norte del país y frenar cualquier intento kurdo de consolidar un estado autónomo.
Mientras tanto, Rusia ha mantenido una postura ambivalente. Si bien intervino militarmente en favor de Assad, ahora parece más interesada en preservar su acceso al Mediterráneo a través de una Siria fragmentada, lo que garantizaría su presencia estratégica en la región. La posibilidad de un estado alauita en la costa, bajo su influencia directa, no parece descartada.
Por su parte, Israel ha redoblado su presencia en los Altos del Golán ocupados, preocupado por el vacío de poder que podría ser ocupado por grupos islamistas armados. La enemistad histórica entre Irán y las facciones sunníes que lideran esta nueva etapa amenaza con desestabilizar aún más la región.
La situación de Estados Unidos refleja el abandono del interés por Siria, agravado por las declaraciones de Donald Trump y la falta de estrategia clara de la administración Biden. Mientras, los Emiratos Árabes y Catar también mueven sus fichas, ya sea para ganar influencia o para proteger sus intereses económicos y políticos.
LOS RETOS INTERNOS Y LAS NUEVAS DIVISIONES
La balcanización de Siria es una posibilidad tangible. Un estado islamista con capital en Damasco, un estado kurdo al este del Éufrates y un estado alauita en la costa reflejarían la fragmentación étnica y religiosa del país. Sin embargo, esta división no está exenta de tensiones. El SNA, aliado de Turquía, ya ha mostrado su rechazo a cualquier proyecto kurdo, y HTS, pese a su aparente moderación, continúa siendo una organización radical con vínculos directos al yihadismo.
La situación de las minorías también es alarmante. Kurdos, cristianos, alawitas y otras comunidades viven con la incertidumbre de cómo serán tratados bajo un régimen islamista. Las promesas de moderación de HTS contrastan con sus antecedentes de persecución y violencia.
En este contexto, las infraestructuras sirias, ya devastadas por una década de guerra, apenas podrán soportar más años de conflicto. La falta de reconstrucción y la ausencia de un gobierno central efectivo abocan al país a seguir siendo un espacio de disputas internas y externas.
El futuro de Siria no solo afecta a sus habitantes. La inestabilidad en la región amenaza con generar nuevas olas de refugiados, conflictos transfronterizos y la expansión de redes terroristas que se alimentan del vacío de poder. La comunidad internacional, hasta ahora incapaz de ofrecer soluciones reales, observa pasiva cómo el país se hunde en un nuevo ciclo de violencia.
Siria, una vez más, se convierte en el campo de batalla de intereses ajenos. Lo que algunos llamaban una guerra por la democracia ha demostrado ser, como siempre, una guerra por el control.
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