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Uno se autoproclama presidente sin pruebas y habla de fraude a gritos. El otro, sin necesidad de mentir los resultados, impone su agenda a golpe de odio. George Simion y André Ventura representan las dos estrategias del trumpismo europeo. Ambas igual de peligrosas.
SIMION, EL HOMBRE QUE GRITA «FRAUDE» AUNQUE PIERDA
El 19 de mayo de 2025, Rumanía vivió una jornada electoral que debería haber supuesto un cierre democrático. Pero George Simion, líder del ultraderechista Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR), decidió convertirla en un espectáculo de agitación. Con una puesta en escena propia de los manuales de Steve Bannon, rechazó los datos oficiales, se proclamó vencedor y sembró dudas sobre el proceso electoral. Ni pruebas, ni actas, ni legalidad. Solo ruido. El objetivo no era gobernar: era deslegitimar el sistema.
La táctica no es nueva. Donald Trump la aplicó en 2020. Jair Bolsonaro la repitió en Brasil. Javier Milei la insinúa cada vez que habla de “casta” y “fraude estructural”. Marine Le Pen flirteó con ella en 2022. Ahora es George Simion quien agita el fantasma del pucherazo. En realidad, AUR fue ampliamente superada por la candidatura independiente de Nicusor Dan, un tecnócrata europeísta que logró el apoyo de una coalición ciudadana en Bucarest. Pero eso da igual: en la era del autoritarismo digital, la realidad importa menos que el relato.
Simion representa la cara más burda del trumpismo: agresivo, conspiranoico, con vínculos con grupos ultras internacionales y discursos abiertamente xenófobos. Fue vetado por Ucrania en 2022 por sus simpatías prorrusas y su negacionismo histórico sobre el Holocausto. Tiene conexiones con círculos ortodoxos ultraconservadores, con movimientos antivacunas y con plataformas que alimentan teorías de la conspiración.
Pero su mayor peligro no está en su ideología, sino en su estrategia: convertir cada derrota en una prueba del sistema corrupto. Convertirse en mártir antes que en estadista. Y así minar la confianza en las instituciones democráticas.
VENTURA, EL HOMBRE QUE YA NO NECESITA GRITAR
En Portugal, la ultraderecha juega otra partida. André Ventura no necesita autoproclamarse vencedor: lo sabe. Chega, su partido, ha logrado 50 escaños en las elecciones legislativas de marzo de 2024. Y aunque no gobierna, ha ganado algo mucho más importante que una votación: ha ganado el marco del debate.
Hoy, la televisión pública portuguesa reproduce sus mensajes sin matices. Hoy, los partidos tradicionales han asumido sus ejes discursivos: inmigración, criminalidad, “valores patrióticos”, la nostalgia de un orden autoritario. En solo cinco años, Ventura ha pasado de ser un outsider a convertirse en árbitro de la política lusa. Su estrategia no es el asalto, es la infiltración.
El caso portugués es inquietante por su aparente normalidad. Ventura no necesita cuestionar las elecciones. Ya ha contaminado la conversación política. Ya ha logrado que el centro derecha contemple pactar con él. Ya ha conseguido que el Partido Socialista entre en pánico. Su crecimiento se basa en una combinación de populismo autoritario, neoliberalismo moralista y una operación mediática que lo blanquea a diario.
Un informe de Diário de Notícias advertía en abril de 2025 que Chega ha logrado aumentar su presencia en los informativos un 250% respecto a 2021, la mayoría de las veces sin contextualizar ni desmontar sus mensajes.
El trumpismo de Ventura no se impone con tanques, sino con platós.
LA DOBLE CARA DE LA ULTRADERECHA: RUIDO Y SISTEMA
George Simion y André Ventura son dos caras de una misma moneda. El primero busca romper el tablero desde fuera. El segundo, reconfigurarlo desde dentro. Uno se proclama vencedor pese a perder. El otro sonríe mientras sus ideas ganan terreno. Y ambos, a su manera, reproducen el manual del trumpismo global: erosionar la democracia, infiltrar el poder, reprogramar el lenguaje político.
El trumpismo no necesita golpes de Estado. Le basta con saturar el debate público de miedo, con convertir cada problema social en una amenaza cultural, con reducir cada diferencia política a una traición nacional. La fórmula es simple: enemigos internos, un líder mesiánico y una cruzada moral. El resultado, devastador: una ciudadanía dividida, una izquierda a la defensiva y una democracia cada vez más desfondada.
Ya no se trata de si ganan las elecciones. Se trata de si ganan el relato. Y mientras la izquierda sigue discutiendo cómo llamar a las cosas, la ultraderecha ya las está renombrando.
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