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El portavoz de ERC ya no insinúa: quiere encabezar una confluencia estatal y soberanista mientras lanza un aviso directo a la dirección republicana
Gabriel Rufián ya no juega a las indirectas. Ya no deja frases ambiguas para que otros las interpreten. El 20 de mayo, en un coloquio organizado por el Club Siglo XXI en Madrid, el portavoz de ERC en el Congreso hizo algo mucho más serio que una simple reflexión estratégica: se postuló públicamente como posible candidato de una futura alianza de izquierdas estatales y soberanistas para las próximas elecciones generales. Y lo hizo mientras lanzaba un mensaje con destinatario claro dentro de su propio partido. Oriol Junqueras incluido.
No fue un comentario aislado ni una boutade para titulares rápidos. Rufián habló de poner el “capital político” que ha acumulado al servicio de una “confluencia” capaz de “maximizar resultados”. Traducido: cree que la izquierda estatal está agotada, fragmentada y sin liderazgo. Y cree también que él puede ocupar ese espacio.
La frase fue bastante más explícita de lo habitual. “Si puedo ayudar a que haya una confluencia o una colaboración entre las izquierdas soberanistas y estatales, un espacio de unión para maximizar resultados, en el que yo sea el cabeza de lista, pues p’alante”. Así. Sin rodeos.
Y claro, el movimiento tiene varias capas. Porque esto no va solo de Rufián soñando con liderar algo más grande. Va de la descomposición de un espacio político que hace apenas unos años prometía “asaltar los cielos” y hoy pelea por sobrevivir entre guerras internas, siglas irrelevantes y egos inflamados.
UNA IZQUIERDA ROTA MIENTRAS LA DERECHA AVANZA
Rufián dijo algo que lleva tiempo repitiendo y que cada vez suena menos a provocación y más a diagnóstico. “No tiene sentido que haya dos derechas y 14 izquierdas”. Y cuesta discutirlo viendo el panorama actual. La derecha española se agrupa, se coordina y se protege. La izquierda, mientras tanto, convierte cada elección en una competición de vanidades.
El dirigente republicano puso como ejemplo provincias donde debería liderar ERC, otras donde tendrían que hacerlo las izquierdas estatales y algunas donde, directamente, quizá no tendría sentido presentarse. No concretó mucho más. Tampoco parece tener todavía un diseño cerrado. Pero la idea central está clara: dejar de competir entre pequeñas parcelas ideológicas mientras PP y Vox avanzan con una maquinaria electoral mucho más simple y eficaz.
El problema es que esa propuesta choca frontalmente con la realidad de ERC y con la posición de Oriol Junqueras. La dirección republicana lleva meses insistiendo en que no quiere explorar alianzas estables con fuerzas estatales y que concurrirá con sus propias siglas. Rufián, sin embargo, lleva tiempo jugando otra partida. Más estatal. Más transversal. Más mediática también.
Y ahí aparece el verdadero choque. Porque el portavoz republicano dejó otra frase demoledora: “Yo no voy a volver a presentarme por ERC si no se cumplen unas condiciones”.
No explicó cuáles son exactamente. Dijo que sería “poco ético” detallarlas públicamente. Pero deslizó algunas pistas bastante evidentes: habló de grupo parlamentario y de “saber a lo que nos enfrentamos”. Lenguaje político para señalar una batalla interna sobre poder, estrategia y supervivencia electoral.
Rufián insiste en que no piensa irse del partido “hasta que lo echen”. Pero al mismo tiempo deja caer que podría no repetir como candidato republicano. Una forma elegante de decir que está tensando la cuerda al máximo.
Y todo esto ocurre mientras Sumar sigue atrapado en su desgaste permanente y Podemos continúa encerrado en una lógica de trinchera que reduce cada vez más su capacidad de ampliar apoyos. La izquierda estatal aparece agotada. Fragmentada. Incapaz de construir un relato común más allá del miedo a la ultraderecha.
EL “MOMENTO RUFFIÁN” Y LA CRISIS DE LAS SIGLAS
Hay algo bastante revelador en todo esto. Rufián ya no habla como portavoz de un partido independentista catalán intentando influir en Madrid. Habla como alguien que cree que puede liderar una nueva etapa política estatal. Y eso cambia muchas cosas.
Hace apenas unos años, una propuesta así habría sido recibida con hostilidad automática por gran parte de la izquierda española. Hoy ya no tanto. Porque el vacío es enorme. Porque casi nadie parece capaz de conectar con una parte del electorado progresista cansada de la pelea constante entre marcas políticas que nacen y mueren cada legislatura.
El propio Rufián lo verbalizó de forma bastante cruel hacia las izquierdas estatales: “Son el problema”. Y remató diciendo que “es el momento de que las izquierdas soberanistas inspiren a las españolas”.
No es solo una crítica. Es una declaración de intenciones.
También hay cálculo político, claro. El éxito reciente de Adelante Andalucía ha reactivado debates que parecían enterrados: candidaturas más arraigadas territorialmente, discursos menos burocráticos y liderazgos menos dependientes de las estructuras clásicas madrileñas. La llamada “vía Rufián” empieza a generar conversación porque el resto del tablero está en crisis.
Aunque tampoco conviene idealizar demasiado. La izquierda española tiene una capacidad histórica casi artística para destruir cualquier intento de unidad antes de que empiece a caminar. Lo ha hecho durante décadas. Lo sigue haciendo ahora. Y muchas veces por cuestiones minúsculas convertidas en guerras totales.
Mientras tanto, la derecha observa el espectáculo desde la barrera. Encantada.
Rufián quiso suavizar el choque con Junqueras asegurando que mantienen una buena relación, aunque reconoció que a veces se quieren “matar”. Pero añadió algo significativo: “Nunca diré una mala palabra sobre él porque sería una canallada”.
La frase suena amistosa. También suena a despedida preventiva.
Porque cuando un dirigente empieza a hablar públicamente de “condiciones” para seguir en su partido, cuando se ofrece como líder estatal y cuando marca distancias estratégicas tan profundas con su dirección, lo que hay ya no es un simple debate interno. Lo que hay es una pelea por el futuro de una izquierda que sigue fragmentándose mientras el reloj electoral corre cada vez más rápido.
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