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En un contexto de polarización creciente, la iniciativa denuncia cómo el miedo y la desinformación sostienen el poder y llama a la sociedad a romper la cadena
El 1 de abril, con 917 firmantes iniciales, la asociación sin ánimo de lucro Repensar el sistema (Resist.es), junto a Spanish Revolution, ha lanzado una petición dirigida a la sociedad española bajo un título que incomoda a propósito: Manifiesto por la bondad radical. No es un gesto simbólico ni un ejercicio de autoayuda colectiva. Es una impugnación directa a un sistema que, según denuncian, se sostiene sobre la explotación sistemática del miedo, la fragmentación social y la violencia simbólica.
Porque la tesis central es clara y profundamente incómoda: el odio no es espontáneo, es estructural. No surge de la nada ni responde únicamente a impulsos individuales. Se diseña, se distribuye y se rentabiliza. Se convierte en una herramienta política y económica que atraviesa medios de comunicación, redes sociales y discursos institucionales.
La pregunta, por tanto, deja de ser si existe odio en la sociedad. La cuestión es otra: quién lo fabrica, quién lo amplifica y quién obtiene beneficios de su circulación. Y la respuesta, lejos de ser abstracta, apunta directamente a un modelo que convierte la indignación en tráfico, el miedo en voto y la deshumanización en capital político.
EL ODIO COMO INFRAESTRUCTURA DEL PODER
El manifiesto no se limita a una denuncia superficial. Señala un entramado concreto: laboratorios mediáticos que producen narrativas, algoritmos que priorizan el conflicto y estructuras económicas que convierten la polarización en negocio. Cada bulo, cada discurso incendiario, cada simplificación interesada cumple una función precisa dentro de esta maquinaria.
En este ecosistema, el odio opera como cualquier otro modelo de negocio. Necesita consumidoras y consumidores. Necesita clics, reacciones rápidas y participación inconsciente. Necesita que las personas reproduzcan ese contenido para sostener su cadena de valor. Y ahí es donde el manifiesto introduce una ruptura incómoda: la responsabilidad no es solo de quienes producen ese odio, sino también de quienes lo difunden.
Porque cada gesto cuenta. Cada vez que se comparte información sin verificar, se alimenta una estructura. Cada vez que se reacciona desde la ira inducida, se refuerza una lógica diseñada para dividir. Cada vez que se acepta una narrativa simplificada, se legitima un marco que beneficia a quienes concentran el poder.
Pero esa misma lógica tiene una grieta. Interrumpir el flujo también es posible. Detenerse, contrastar, no amplificar. Introducir fricción en un sistema que necesita velocidad y reacción automática. Ahí es donde la llamada “bondad radical” deja de sonar ingenua para convertirse en una práctica política consciente.
LA BONDAD COMO SABOTAJE POLÍTICO
Lejos de cualquier moralismo superficial, el manifiesto redefine el concepto. La bondad radical no es una actitud pasiva, es una forma de sabotaje. Supone entender cómo funcionan los mecanismos de producción del odio y negarse a participar en ellos.
No implica neutralidad. Implica precisión. Nombrar la injusticia sin caer en la deshumanización. Denunciar el abuso sin reproducir la lógica del enemigo. Se trata de romper con una dinámica que necesita convertir cualquier conflicto en trinchera.
El texto insiste en una idea que descoloca: el sistema necesita que confundamos crítica con odio y justicia con venganza. Porque esa confusión permite sostener un clima de enfrentamiento permanente que impide cuestionar las estructuras de poder. Mientras discutimos entre iguales, quienes controlan el tablero quedan fuera de foco.
Frente a eso, la propuesta es concreta. Alfabetización mediática. Comprensión de los algoritmos. Identificación de patrones de desinformación. Construcción de redes informativas verificadas y espacios de conversación que no estén capturados por la lógica del conflicto permanente.
No basta con no odiar. El manifiesto va más allá: hay que impedir que el odio se convierta en norma. No basta con evitar los bulos, hay que desmontar las condiciones que los hacen eficaces. No basta con rechazar la polarización, hay que señalar a quienes la fabrican y la utilizan como herramienta de control.
La carta dirigida a la sociedad española insiste en esta dimensión colectiva. No apela a la superioridad moral, sino a la responsabilidad compartida. Cada persona es un nodo dentro de una red que decide qué se amplifica y qué se detiene. Y esa decisión, aparentemente cotidiana, tiene consecuencias políticas.
En un contexto donde todo empuja hacia la reacción inmediata, la desconfianza y el cinismo, la propuesta resulta incómoda porque exige lo contrario: pausa, reflexión y posicionamiento consciente. Firmar el manifiesto no es un gesto vacío. Es una toma de posición frente a un modelo que convierte el conflicto en mercancía.
No se trata de ser mejores personas, sino de dejar de ser útiles a un sistema que necesita que nos enfrentemos para seguir funcionando. Porque en una economía del odio, negarse a odiar no es debilidad, es insubordinación.
Y en un mundo que convierte el miedo en beneficio, elegir la bondad es una forma de desobediencia que el poder no puede monetizar.
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