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En un mundo que clama por soluciones reales al cambio climático, la reciente actualización de la estrategia de Repsol hasta 2027 y su visión para un «futuro verde en 2050» parecen más una cortina de humo que un compromiso auténtico con la descarbonización. El gigante petrolero, lejos de apartarse de los combustibles fósiles, parece aferrarse a ellos con renovado entusiasmo, disfrazando sus intenciones con lo que podríamos llamar «contabilidad creativa de carbono».

La empresa planea incrementar sus inversiones en nuevos pozos de petróleo y gas, incluidos aquellos obtenidos mediante fracking, una técnica conocida por su alto impacto ambiental y elevadas emisiones. Curiosamente, Repsol afirma que reducirá la intensidad de carbono de su producción, un concepto que diluye la verdadera magnitud de las emisiones al centrarse en las emisiones por barril en lugar de en las emisiones totales. Este enfoque permite a la empresa aumentar la extracción de combustibles fósiles mientras pretende ser más «verde».
Repsol, en su plan estratégico, asegura que disminuirá un 33% la intensidad de carbono de sus activos en los próximos cuatro años. Sin embargo, la promesa de una reducción en la intensidad de carbono no compensa el daño ambiental inherente a la expansión de la extracción de combustibles fósiles. La inversión de 2.200 millones de euros en proyectos de fracking en EE.UU. contradice cualquier pretensión de responsabilidad ambiental, dadas las conocidas consecuencias negativas de esta técnica.
La visión de Repsol para 2050, donde se imagina un futuro con cero emisiones netas mientras continúa dependiendo del petróleo y gas, es igualmente contradictoria. La empresa pospone las reducciones significativas de emisiones para las décadas futuras, dejando la pesada carga de un cambio de modelo de negocio para futuras administraciones. Este enfoque a corto plazo pone de manifiesto una flagrante irresponsabilidad corporativa, donde las ganancias inmediatas se priorizan sobre el bienestar a largo plazo del planeta.

Además, la hoja de ruta de Repsol esquiva la cuestión crítica de las emisiones de alcance 3, aquellas producidas por la quema final de sus productos. Al ignorar la mayor fuente de emisiones relacionadas con sus operaciones, Repsol evita asumir la responsabilidad completa por el impacto ambiental de su negocio. Esta omisión es un claro indicativo de que la estrategia de la empresa está diseñada para preservar su modelo de negocio basado en los combustibles fósiles, en lugar de buscar una transformación real hacia la sostenibilidad.
En resumen, las promesas de Repsol de una «primavera verde» son, en el mejor de los casos, desorientadoras y, en el peor, un claro intento de «lavado verde». Para estar a la altura de las necesidades del planeta y de las futuras generaciones, Repsol debe revisar radicalmente su estrategia, centrándose en reducciones reales de emisiones y en la transición hacia energías limpias y renovables. La sociedad, los gobiernos y los accionistas deben ejercer presión sobre Repsol para asegurar que adopte un plan de descarbonización que no solo sea ambicioso en papel, sino que también resulte en cambios tangibles y positivos para nuestro clima. La hora de los compromisos superficiales ha pasado; es tiempo de acción concreta y responsable.
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