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Por Luis Aneiros
«¿Estamos seguros de tener a los mejores representantes para afrontar el futuro inmediato, en un mundo que cambia a golpe de eructos de Donald Trump y de patadas de Netanyahu o Putin?»
No, si al final terminaremos echando de menos los Pactos de la Moncloa, reivindicando el espíritu de la transición y repitiendo aquello que dijo Adolfo Suárez, en su mensaje navideño de 1980: “Brindo por el pueblo español, esperando que tenga unos dirigentes mejores que los que actualmente posee”.
Nos habíamos creído lo de la concordia y el consenso de los últimos 70. Nos autoengañamos con los cantos de sirena de los 80, donde se abrieron todas las espitas para que pudiésemos sacar lo que creíamos llevar dentro de modernidad y libertad. Entramos en los 2000 convencidos de que ya éramos mayores de edad democrática, y en la segunda década del siglo XXI dábamos por inamovible nuestro estado de derecho, nuestro bienestar y las libertades individuales y colectivas que tanto trabajo costó conseguir. Y ahora llegan “éstos” y nos abren los ojos a bofetadas. Porque el resultado de 50 años de democracia es el país en el que vivimos ahora. Después de tantos años, tantos logros, tantas reivindicaciones más o menos hechas realidad, tantos avances sociales, tecnológicos y culturales, descubrimos que lo que pisamos es barro, y un barro cada día más blando, al que se le va añadiendo agua sucia con cada noticia que va surgiendo.
La política ya no se hace en las calles. Se han aburrido de nosotros, de tener que convencernos, de verse obligados a buscar soluciones para nuestros problemas. Como se suele decir, ya van a calzón quitado, y se han sacado los disfraces de gestores de lo público para mostrarnos su verdadera cara, la de cuidadores de sus intereses particulares. Ahora la discusión ya no es si sus programas políticos afrontan los problemas de los ciudadanos, sino que han reconocido que la corrupción está instalada en toda estructura de partido, y buscan simplemente salir vencedores en la comparación. Los escándalos los puede protagonizar desde un ex ministro de Hacienda que modifica leyes para beneficiar a los clientes de su empresa, hasta un ex presidente de gobierno que balbucea entre tópicos cuando debe aclarar si sus hijas y él mismo se han beneficiado de su posición política, pasando por una militante de base que nadie dice conocer, pero que ella dice conocer a todo el mundo. Una sesión en el Congreso de los diputados es hoy un espectáculo de circo, pero comparar a sus señorías con payasos, fieras o títeres es insultar a éstos últimos, que todavía pueden presumir de decencia.
Es hasta gracioso, si no fuera tan peligroso, ver cómo desde las bancadas populares y socialistas se arrojan casos y casos de corrupción, sin caer en la cuenta de un detalle importante: ambos partidos han gobernado desde 1982 hasta ahora. Han tenido 44 años para realizar los cambios necesarios para impedir todo este abuso de poder. Hoy se culpan mutuamente, pero ninguno puede presumir de medidas que al menos hayan intentado cambiar algo. Ambas formaciones han dispuesto de mayorías absolutas que permitirían iniciar cambios estructurales, y lo que han hecho ha sido afianzar todavía más un modo sucio de hacer política. Y hoy nos lo recuerdan a diario y, lo que es peor, nos enseñan sin pudor lo que están dispuestos a hacer para seguir peleando donde no deben.
Los tribunales se han convertido en la nueva arena política. Y algunos jueces se ven muy cómodos y dispuestos en su nuevo papel de árbitros electorales. Un proceso se puede acelerar o alargar en el tiempo, jugando con nuestra memoria y nuestro espíritu crítico, y algunas frases de algunos autos judiciales son de una imparcialidad más que dudosa. Es verdad que la mayor actividad en este sentido viene de los partidos de la derecha y las formaciones ultras, pero también lo es que la respuesta más inteligente de la izquierda es recordar aquellas causas en las que están inmersos los populares, o los casos de diversa índole que miembros de VOX ya protagonizan a pesar de su poco tiempo en las instituciones.
Por supuesto que no todo ha sido corrupción. Y no se puede ignorar lo hecho por este gobierno en los últimos 8 años, situándonos a la cabeza de las economías europeas, llevando las cifras del desempleo a sus niveles más bajos en mucho tiempo y dando un impulso importante a las políticas feministas. Pero esa postura me recuerda demasiado a aquello de los pantanos de Franco. No se debe poner en una balanza corrupción y beneficios. El platillo de la corrupción debería de estar siempre vacío, sólo así se puede presumir de gestión. Y este PSOE tampoco lo ha logrado.
Mientras, en algún lugar lejano, la “izquierda a la izquierda del PSOE” mira al cielo y se pregunta si Rufián es un pájaro, un avión, o Superman…
¿Estamos seguros de tener a los mejores representantes para afrontar el futuro inmediato, en un mundo que cambia a golpe de eructos de Donald Trump y de patadas de Netanyahu o Putin? ¿Creemos tener al frente de esta aventura a los mejores? ¿Siquiera a los mejores posibles en este momento? ¿De verdad que en nuestros partidos políticos no hay nadie más que pueda ponerse al frente para hacer política? ¿Cuánto más nos queda de miseria, rencores, zancadillas e insultos? ¿En serio no se avergüenzan cuando se ven y se oyen? Cuando un diputado aplaude cada descalificación, cada insulto, cada mentira, cada gesto de desprecio y chulería, ¿no es consciente de que no es eso lo que esperamos de ellos? El aplauso debería de estar prohibido en los parlamentos, porque no están ahí para vencer ni para ser los mejores. Están para legislar y preocuparse por nosotros. Pero no. Ellos se aplauden, no importa la sandez que hayan dicho.
¿Quiere esto decir que son todos iguales? Por supuesto que no, pero sería importante que lo demostrasen más a menudo. Y para eso deberían de estar los medios de comunicación, pero esto es otro tema. No son todos iguales porque de unos sabemos que defienden exclusivamente los intereses de los poderosos y los ricos, a costa de los nuestros, que somos un estorbo en su camino con tantos derechos y tantas exigencias. No son todos iguales porque hay otros que están sólo para retroceder a tiempos oscuros donde yo no podría escribir estas líneas, y algunos no podrían siquiera salir a la calle sin miedo. Pero a veces, en algunos temas, sin ser iguales se parecen demasiado.
No podemos esperar de Feijóo ni de Sánchez que exista la posibilidad de un acuerdo para poner fin a esta situación. Porque en esto sí que son iguales. Tienen mierda debajo de sus alfombras y ninguno va a levantarla primero. Están instalados en el “y tú más” y nunca van a dejar de estarlo. Aquí no hay pacto de la Moncloa ni transición que valgan. Hay que echarlos. Y rápido. Sus partidos deben aprender que así no puede ser, que tienen mucho que cambiar.
Pero claro… ¿Ya sabe la izquierda si es un pájaro, un avión… o Superman? Porque por ese lado no habrá corrupción, pero tampoco están mucho por nosotros, la verdad…
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