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Cuando la mayor protesta de la historia reciente se convierte en “duda” para proteger al poder
El 28 de marzo, Estados Unidos vivió lo que múltiples estimaciones ya señalan como la mayor movilización de su historia reciente: más de 8 millones de personas salieron a las calles en más de 3.000 protestas simultáneas bajo el lema “No Kings”. Una respuesta masiva contra el autoritarismo, la corrupción y la deriva política que encarna Donald Trump. Una imagen rotunda de poder popular que, sin embargo, fue tratada por parte del aparato mediático como una incómoda anomalía que debía ser relativizada.
La magnitud de la movilización quedó recogida incluso en medios internacionales, que subrayaron el carácter histórico de unas protestas coordinadas en todo el país, como recoge la cobertura sobre las concentraciones masivas contra Trump. Pero frente a esa evidencia, determinados sectores del periodismo estadounidense optaron por una estrategia conocida: cuestionar la relevancia política del acontecimiento en lugar de analizar su significado.
No era una protesta más. Era una señal de ruptura. Y eso, en un ecosistema mediático profundamente atravesado por intereses económicos y políticos, resulta peligroso.
EL DOBLE RASERO MEDIÁTICO COMO HERRAMIENTA DE PODER
El caso más evidente fue el tratamiento de The New York Times, que decidió encuadrar las protestas desde el escepticismo. En lugar de analizar el impacto de movilizar a 8 millones de personas, el enfoque giró en torno a una pregunta que funciona como desactivador político: si esa movilización servirá realmente para cambiar algo. Un marco que, lejos de informar, busca inocular resignación.
En uno de los artículos más criticados, el periodista Jeremy Peters planteaba si semejante despliegue ciudadano sería “suficiente” para influir en la política estadounidense, en una cobertura que puedes revisar en el análisis del New York Times sobre las protestas No Kings. La pregunta no es inocente. Desplaza el foco desde la legitimidad de la protesta hacia su supuesta inutilidad.
La trampa es vieja: cuando la derecha se moviliza, es “la voz del pueblo”; cuando lo hace la izquierda, es ruido sin consecuencias.
Periodistas, analistas y académicos denunciaron rápidamente ese sesgo. El patrón se repite: cualquier movilización progresista es presentada como emocional, efímera o superficial. Se reduce su complejidad a clichés (jóvenes, universitarias, clases medias urbanas) para desactivar su potencia política. Mientras tanto, el mismo periodismo trata con indulgencia fenómenos reaccionarios mucho más minoritarios, elevándolos a categoría de “movimiento social”.
Esta asimetría no es casual. Responde a una lógica estructural en la que los grandes medios actúan como filtros del conflicto social. No se trata solo de lo que se cuenta, sino de cómo se cuenta. Y, sobre todo, de lo que se intenta invisibilizar.
CUANDO MILLONES PROTESTAN Y EL SISTEMA MIRA HACIA OTRO LADO
Lo que ocurrió el 28 de marzo no fue únicamente una protesta contra Trump. Fue una impugnación del modelo político y económico que permite su ascenso. Una crítica directa a la concentración de poder, a la captura de las instituciones y a la normalización de discursos autoritarios.
Sin embargo, el tratamiento mediático dominante evitó abordar esa dimensión estructural. Se prefirió reducir la movilización a una incógnita electoral o a una expresión emocional pasajera. Se despolitiza lo político para que nada cambie.
La paradoja es evidente: mientras millones de personas ocupaban el espacio público, parte de los medios optaban por reducir el acontecimiento a un ejercicio de duda. Una estrategia que no busca comprender la realidad, sino domesticarla.
Frente a ese relato, plataformas independientes y espacios críticos han documentado el alcance real de las protestas. En nuestro vídeo sobre la movilización No Kings muestra lo que muchas portadas decidieron no destacar: calles desbordadas, diversidad social y una energía colectiva difícil de encajar en los marcos tradicionales.
Cuando millones se levantan y el relato dominante los reduce a una pregunta retórica, no estamos ante un fallo periodístico, sino ante una decisión política.
Porque el problema no es que no entiendan lo que está pasando. El problema es que lo entienden perfectamente y aun así eligen contarlo de otra manera.
Y cuando el poder decide que ocho millones de personas no son noticia, lo que está en juego no es la información, es la democracia.
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