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Durante décadas nos vendieron que disparar es gestionar, cuando en realidad es intervenir de forma torpe en sistemas que funcionan sin nosotros desde hace millones de años.
LA INDUSTRIA QUE DISFRAZA DE GESTIÓN LO QUE ES EXPOLIO
Durante años se ha repetido el mismo mantra. La caza es necesaria. La caza regula. La caza protege el equilibrio. Una narrativa construida desde intereses económicos y políticos que han convertido la violencia sobre la fauna en una práctica legitimada.
Pero la realidad es mucho más incómoda. Los ecosistemas no necesitan escopetas. Han funcionado durante millones de años mediante dinámicas complejas que incluyen depredadores, presas, enfermedades, competencia y adaptación. Ese equilibrio no es una teoría romántica, es un hecho científico.
La insistencia en que las y los cazadores cumplen una función ecológica responde más a la necesidad de justificar una actividad que mueve millones que a una evidencia real. En España, la caza genera ingresos relevantes para determinadas economías rurales, pero eso no convierte automáticamente la actividad en necesaria desde un punto de vista ecológico. Confundir rentabilidad con sostenibilidad es uno de los grandes fraudes del modelo actual.
El argumento más habitual es el de la “sobrepoblación”. Se repite con especies como el jabalí o el ciervo. Sin embargo, esa supuesta sobreabundancia tiene causas humanas. La eliminación de grandes depredadores, la fragmentación del territorio, los cambios agrícolas y la gestión cinegética intensiva han alterado los equilibrios naturales. Primero se destruye el sistema y luego se vende la escopeta como solución.
Además, muchas de las prácticas asociadas a la caza agravan el problema que dicen resolver. La alimentación artificial de animales, la selección de ejemplares o la introducción de especies para aumentar capturas distorsionan completamente la dinámica natural. No es gestión, es manipulación interesada.
En este contexto, resulta imprescindible recordar lo que ya explicó hace décadas Félix Rodríguez de la Fuente. Su mirada no era ideológica, era científica y pedagógica. Y su diagnóstico sigue siendo vigente.
CUANDO EL EQUILIBRIO SE ROMPE A GOLPES DE ESCOPETA
Félix Rodríguez de la Fuente utilizó una metáfora demoledora. Comparó la intervención humana en la naturaleza mediante la caza con soltar a niños y niñas con brochas en el Museo del Prado. Una imagen sencilla que desmonta décadas de propaganda: no estamos gestionando, estamos deteriorando.
Su advertencia era clara. Los ecosistemas son sistemas complejos donde cada especie cumple una función. La eliminación de individuos clave puede desencadenar efectos en cadena difíciles de prever. Esto es lo que en ecología se conoce como cascadas tróficas.
Cuando desaparecen depredadores, aumentan las poblaciones de herbívoros. Cuando estos crecen sin control, se degrada la vegetación. Cuando se pierde cobertura vegetal, se altera el suelo, el agua y la biodiversidad. El resultado no es equilibrio, es colapso progresivo.
Ejemplos de esto se han documentado en múltiples estudios. La reintroducción del lobo en Yellowstone en 1995 es uno de los casos más conocidos. La presencia del depredador permitió recuperar la vegetación, estabilizar riberas y aumentar la biodiversidad. No hicieron falta cazadores, hizo falta restaurar procesos naturales.
Sin embargo, en España y otros territorios europeos se sigue apostando por lo contrario. Se eliminan depredadores, se promueve la caza intensiva y se mantiene un modelo basado en la intervención constante. Un modelo que necesita justificarse permanentemente porque sus efectos negativos son cada vez más evidentes.
El discurso de la tradición tampoco resiste un análisis serio. Muchas prácticas actuales poco tienen que ver con formas históricas de subsistencia. La caza contemporánea es, en gran medida, una actividad recreativa vinculada a un mercado que incluye armas, licencias, turismo cinegético y explotación de terrenos. No es cultura ancestral, es industria organizada.
Además, la normalización de la violencia sobre animales tiene consecuencias sociales y éticas que rara vez se abordan. En un contexto de crisis climática y pérdida de biodiversidad, seguir defendiendo la eliminación sistemática de fauna como solución resulta cada vez más difícil de sostener.
La ciencia es clara. La biodiversidad está en declive. Según informes internacionales como los de la IPBES, cerca de un millón de especies están en riesgo de extinción. En este escenario, cualquier actividad que implique presión adicional sobre la fauna debería ser analizada con extremo rigor. No como tradición incuestionable, sino como práctica sometida a debate público y evidencia científica.
Félix Rodríguez de la Fuente lo dijo hace décadas. Lo explicó con claridad y sin ambigüedades. Intervenir sin comprender es destruir.
Y aun así, seguimos disparando como si el problema fuera la naturaleza y no nuestra incapacidad para convivir con ella.
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