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El despliegue militar se intensifica mientras expertos advierten que Washington ya ha perdido la posibilidad de una victoria real
La maquinaria bélica vuelve a avanzar, pero esta vez lo hace sin horizonte. Estados Unidos se prepara para una posible ofensiva terrestre en Irán tras semanas de bombardeos junto a Israel, en una escalada que ha desestabilizado mercados, tensionado alianzas y dejado al descubierto una realidad incómoda: no hay plan de salida. Según ha revelado la preparación del Pentágono para operaciones terrestres en territorio iraní, el despliegue podría prolongarse durante semanas e incluir desde fuerzas especiales hasta infantería convencional.
El objetivo no es una invasión total, al menos sobre el papel. Se trataría de incursiones tácticas para controlar puntos estratégicos como la isla de Kharg, un nodo clave en la exportación de petróleo iraní. Pero incluso dentro del propio aparato militar estadounidense, la operación genera dudas profundas. No por falta de capacidad destructiva, sino por la ausencia de un objetivo político claro que justifique el riesgo.
UNA GUERRA SIN OBJETIVO POLÍTICO
La historia reciente ya ha demostrado que destruir infraestructuras no equivale a ganar guerras. Sin embargo, la estrategia de la administración Trump parece seguir atrapada en esa lógica. El académico Lawrence Freedman, una de las voces más reconocidas en estudios de guerra, ha sido tajante al analizar la situación: el presidente ha agotado todas las opciones para una victoria real. En su evaluación publicada en el análisis sobre el fracaso estratégico de la guerra contra Irán, concluye que el conflicto ha entrado en una fase sin salida.
El problema no es la capacidad militar, sino la ausencia de resultados políticos. El régimen iraní sigue en pie, no hay señales de colapso interno y, lejos de debilitarse, ha demostrado capacidad de respuesta bloqueando el estrecho de Ormuz, una arteria vital para el comercio energético global. Mientras tanto, el coste económico se dispara y la incertidumbre internacional crece.
Freedman lo resume con una claridad demoledora: el éxito en la guerra no se mide por el daño causado, sino por los objetivos alcanzados. Y en este caso, esos objetivos (un cambio de régimen o la imposición de un liderazgo afín) simplemente no se han materializado.
RIESGO MILITAR Y DERIVA POLÍTICA
A esta falta de rumbo se suma un riesgo militar cada vez más evidente. La posible toma de la isla de Kharg, lejos de ser una operación quirúrgica, podría convertirse en una trampa estratégica. Expertos como Michael Eisenstadt han advertido que las tropas estadounidenses quedarían expuestas a ataques constantes con drones y artillería. No se trataría de una ocupación estable, sino de una posición vulnerable en territorio hostil.
La guerra se convierte así en una acumulación de riesgos sin beneficios claros. Cada paso adelante implica una mayor exposición sin garantizar avances políticos. La lógica de la escalada sustituye a la estrategia, y la propaganda intenta llenar el vacío de resultados.
En paralelo, la narrativa oficial comienza a desdibujarse. Según el propio Freedman, Trump parece habitar una realidad paralela, encadenando declaraciones contradictorias y afirmaciones difíciles de sostener. En este contexto, la única salida plausible sería declarar una victoria ficticia y retirarse, dejando tras de sí un escenario aún más inestable en el Golfo.
Pero incluso esa retirada tendría consecuencias. El estrecho de Ormuz podría seguir bloqueado, las tensiones regionales no desaparecerían y el precedente de una intervención fallida añadiría más incertidumbre a un orden internacional ya profundamente erosionado.
La guerra, una vez más, demuestra su lógica más cruda: destruir es fácil; construir una salida política, no.
Y mientras los discursos hablan de seguridad y estabilidad, lo que queda sobre el terreno es una acumulación de ruinas, deuda y vidas expuestas a una estrategia que nunca supo explicar para qué luchaba.
Porque cuando una guerra no tiene objetivos alcanzables, deja de ser una herramienta política y se convierte en lo que realmente es: una huida hacia adelante.
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