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La guerra que se anuncia no va de libertad ni de democracia, sino de control, rutas energéticas y una fachada nueva para el mismo sistema.
Irán vuelve a ocupar portadas en la víspera de un ataque de Estados Unidos. No como sujeto político con derecho a decidir su futuro, sino como tablero donde se dirimen intereses ajenos. Hablar de Irán hoy no es defender a una teocracia, es negarse a que la población iraní sea aplastada entre una dictadura agotada y un imperialismo que recicla regímenes cuando dejan de ser útiles.
EL AGOTAMIENTO DE LA TEOCRACIA Y LA RUPTURA SOCIAL
Irán vive un momento de quiebre histórico. La represión masiva de enero de 2026, con al menos 6.500 personas asesinadas en menos de 20 días según cifras oficiales, y estimaciones independientes que triplican ese número, marca un punto de no retorno. Organizaciones de derechos humanos y agencias como Reuters han documentado detenciones masivas, ejecuciones sumarias y menores entre las víctimas. No es una crisis coyuntural. Es el colapso de la legitimidad.
El proyecto islamista cumple 47 años sin capacidad de regenerarse. El 85 % de una población de más de 90 millones vive en el umbral de la pobreza, mientras un 10 % vinculado al régimen controla la riqueza nacional. La tasa de empleo de las mujeres apenas alcanza el 12 %. Los cortes de agua y electricidad se han normalizado incluso en grandes ciudades. La promesa de justicia social con la que la teocracia llegó al poder se ha convertido en un sistema de expolio.
La fractura atraviesa también a su antigua base social. El desplome del rial es un símbolo material del hartazgo. En enero, el dólar pasó de 1.200.000 a 1.400.000 riales. Hoy se cambia por 1.642.000 riales y subiendo. La hiperinflación vacía salarios, ahorros y paciencia. El bazar, columna vertebral del régimen durante décadas, ha ido a la huelga. No por conciencia democrática, sino porque el negocio dejó de ser viable.
El aparato de poder tampoco es monolítico. La necesidad de importar unos 5.000 mercenarios extranjeros para reprimir protestas, pese a contar con cientos de miles de efectivos entre Guardianes de la Revolución y milicias basiyíes, revela miedo. Un régimen que duda de que sus propias fuerzas obedezcan órdenes de matar a su gente ya ha perdido.
La ofensiva israelí de junio de 2024, con el asesinato de una veintena de altos mandos, aceleró el derrumbe. No solo descabezó la cúpula militar. Desarticuló el núcleo económico del régimen, gestionado como conglomerado mafioso sin contrapesos internos. La economía se resintió de inmediato. El poder religioso quedó desnudo sin sus gestores armados.
EEUU, ISRAEL Y LA “NUEVA FACHADA” DEL CAPITALISMO GLOBAL
Que Washington señale ahora a Teherán no responde a un súbito interés por los derechos humanos. Estados Unidos no busca democratizar Irán, sino mantenerlo dentro del capitalismo global con otro envoltorio. La teocracia cumplió una función tras 1978: bloquear cualquier deriva socialista en una región estratégica y contener a la entonces URSS. Hoy estorba.
La estrategia no es nueva. Tras la caída del Sha, Washington diseñó la doctrina de “contención dual”, destinada a neutralizar Estados clave gobierne quien gobierne. El objetivo no es el régimen concreto, sino la capacidad soberana. Cambiar caras para que nada esencial cambie.
¿Por qué ahora. Primero, por geografía. Irán es puente entre Asia, Europa y África y actor central en el Golfo Pérsico. China depende en gran medida del petróleo que circula por la región y ha invertido miles de millones en la Nueva Ruta de la Seda. Atacar Irán es presionar a Pekín. La Casa Blanca combina la Doctrina Carter de 1980 con el giro estratégico hacia Asia iniciado en 2009.
Segundo, por energía. EEUU pretende redibujar las rutas del gas y el petróleo hacia Europa, debilitando a Rusia y, por extensión, a China. Para ello ha sido necesario destruir o domesticar a todos los actores que podían interferir: Siria, Hezbolá, Hamás, sectores del movimiento kurdo y ahora Irán. La guerra no es humanitaria, es logística.
Tercero, por exhibición de fuerza. Mostrar músculo militar cuando se pierde terreno tecnológico y comercial es un viejo reflejo imperial. Donald Trump utiliza Irán como mensaje dirigido a Pekín, no a Teherán.
En este tablero, Israel juega su papel como gendarme regional, beneficiario directo de la descomposición vecina. Ali Jamenei y Benjamin Netanyahu comparten una lógica distinta en el discurso pero idéntica en el desprecio por la vida civil.
El cierre del Estrecho de Ormuz se invoca como amenaza. No es realista. Por allí pasa el 20 % del petróleo mundial, unos 15 millones de barriles diarios, y está militarizado por decenas de miles de soldados estadounidenses en bases regionales. La retórica del bloqueo sirve para justificar la escalada, no para describir un escenario plausible.
No dejemos de hablar de Irán, porque callar es aceptar que once, veinte o noventa millones de vidas sigan siendo moneda de cambio en una guerra que nunca decidieron.
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