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Israel bombardea a una población exhausta mientras el mundo vuelve a mirar hacia otro lado
LA PAZ ERA UNA TREGUA CON FECHA DE CADUCIDAD
Benjamín Netanyahu ha vuelto a hacerlo. Ha roto el alto el fuego menos de veinte días después de su firma, demostrando que el acuerdo del 10 de octubre no era más que una maniobra de propaganda. El pretexto, una supuesta “violación” del pacto por parte de Hamás, se desmoronó tan rápido como cayeron las primeras bombas sobre Ciudad de Gaza.
El primer ministro israelí no esperó confirmaciones, ni investigaciones, ni diplomacia. Ordenó “bombardeos contundentes” el martes por la tarde, y en cuestión de minutos una decena de palestinos fueron asesinados. Entre las víctimas, según la agencia Wafa, había menores. Uno de los misiles impactó a escasos metros del hospital Al Shifa, ya atacado en múltiples ocasiones durante el asedio.
Netanyahu justificó la represalia tras recibir unos restos humanos que, según el ejército israelí, pertenecían a una persona ya enterrada en 2023. La excusa era tan grotesca como suficiente para volver a encender la maquinaria de guerra.
Desde el inicio del alto el fuego, el 10 de octubre, Israel ha matado a 94 palestinos y herido a más de 300. Ninguna de esas muertes rompió el acuerdo. Ninguna provocó sanciones, comunicados ni conferencias de prensa internacionales. Pero bastó un error en una entrega de restos mortales para que el ejército más armado de Oriente Medio se sintiera “provocado”.
El Gobierno israelí no negocia: bombardea. No dialoga: castiga. No busca la paz: la administra, la dosifica y la dinamita cuando le conviene.
Mientras tanto, Washington juega a ser mediador. Trump envió a su vicepresidente y al senador Marco Rubio a Jerusalén para “mantener el frágil equilibrio”, pero la diplomacia estadounidense no es más que un salvoconducto moral para los crímenes de Israel.
El propio acuerdo fue impuesto por la Casa Blanca y redactado en los despachos de Trump, el mismo presidente que aplaudió la invasión y reconoció Jerusalén como capital del Estado ocupante. Ahora finge sorpresa ante el fracaso de su invento, como si no supiera que el fuego era solo una pausa táctica para recargar munición.
EL NEGOCIO DEL GENOCIDIO CONTINÚA
El nuevo ataque comenzó en Ciudad de Gaza y se extendió a Jan Yunis y Rafah. Una vivienda fue destruida con cuatro personas dentro. Otro bombardeo golpeó una zona próxima al campo de desplazados de Al Mawasi. Los drones zumbaban sobre la noche como un coro mecánico de muerte.
Israel Katz, ministro de Defensa, prometió que Hamás “pagaría un alto precio”, repitiendo la frase ritual que acompaña cada masacre. Su gobierno no distingue entre combatientes, médicos o niñas. Lo único que mide es el número de cuerpos palestinos amontonados en las morgues colapsadas.
Hamás, por su parte, denunció “los bombardeos criminales” y recordó que sigue comprometido con el alto el fuego, aunque ahora ya no tenga con quién respetarlo.
Israel asegura controlar más del 50% de la Franja tras la retirada parcial del 10 de octubre. Ha ampliado la llamada “línea amarilla”, un eufemismo militar para referirse al territorio ocupado. En la práctica, la paz era la continuación del asedio por otros medios.
El mapa difundido por Haaretz y validado por la administración Trump muestra un país troceado, humillado, vigilado por tropas y satélites. Gaza se ha convertido en un laboratorio de control social, donde se experimenta con drones, algoritmos y castigos colectivos.
Lo que Israel llama “seguridad nacional” es un modelo exportable: represión preventiva, vigilancia total, deshumanización sistemática. Una economía entera basada en la guerra permanente.
Y mientras las bombas caen, los medios hablan de “choques” y “represalias”, como si existiera simetría entre un ejército nuclear y una población sin luz ni agua. Como si el ocupante y el ocupado compartieran responsabilidad. Ese lenguaje neutraliza la indignación y convierte el genocidio en un trámite burocrático.
Trump, Rubio, Netanyahu, Katz. Distintos acentos, mismo negocio. Detrás de cada misil hay una factura pagada por contratos armamentísticos, por fondos soberanos, por bancos que blanquean la sangre bajo la etiqueta de “inversión estratégica”.
El silencio europeo completa el circuito. Ninguna sanción. Ninguna suspensión comercial. Ninguna palabra incómoda. La Unión Europea, que se autoproclama defensora del derecho internacional, sigue vendiendo componentes a un ejército que los usa para demoler hospitales.
Desde el aire, Gaza es un páramo de polvo y hormigón. Desde el suelo, un cementerio abierto. Desde la diplomacia, un asunto incómodo. Desde el poder, una oportunidad geoestratégica.
Netanyahu no busca proteger a nadie. Busca sobrevivir a su propio descrédito político, a los juicios por corrupción, a las divisiones internas. Su único proyecto es perpetuarse en el poder a costa de vidas palestinas.
No hay error posible en lanzar un misil contra un hospital. No hay equívoco diplomático que explique el asesinato sistemático de civiles. No hay alto el fuego que sobreviva cuando el negocio de la guerra es más rentable que la paz.
La historia recordará este momento no por los comunicados oficiales, sino por las ruinas.
Porque mientras el mundo sigue mirando, Israel sigue matando.
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