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El presidente popular reaparece entre aplausos y capotes, no entre cenizas y vecinos desalojados.
UNA APUESTA POR LA MUERTE VESTIDA DE “TRADICIÓN”
El Gobierno andaluz ha decidido dar un paso más en su cruzada estética: blindar y promocionar la tauromaquia. El consejero Antonio Sanz proclama que “Andalucía es taurina y su Gobierno también”, como si la pluralidad social de un territorio pudiera reducirse a la postal sangrienta de una plaza de toros. Se habla de “futuro”, pero el futuro que defienden no tiene nada que ver con avances científicos, sostenibilidad o derechos sociales. El futuro, según Moreno Bonilla, se mide en astados agonizando sobre la arena.
Mientras las y los profesionales de la sanidad pública siguen denunciando falta de medios, la Junta dedica recursos a duplicar retransmisiones taurinas en la televisión pública andaluza. El argumento esgrimido roza lo grotesco: que los toros “se ven en los cinco continentes” y que “atraen a la juventud”. Una falacia construida sobre audiencias infladas y la persistencia de un espectáculo que se mantiene con dinero público, no con demanda real.
El contraste es obsceno. En agosto, Andalucía sufrió incendios que devastaron bosques, pueblos y vidas. El presidente autonómico estuvo ausente, pero reapareció sonriente en una corrida en la Malagueta. La imagen es indeleble: cuando la tierra se quema, Moreno Bonilla se viste de gala para aplaudir la muerte ritualizada de un toro. La política como espectáculo, el poder como palco.
EL NEGOCIO OCULTO DE LA “CULTURA”
La defensa de la tauromaquia no es un capricho cultural, es un negocio político. La Junta habla de “servicio público”, pero lo que blinda es un sistema clientelar de subvenciones, retransmisiones y reglamentos a medida. El llamado “reglamento taurino más moderno de España” es una pieza de propaganda: modernizar la muerte no la hace menos bárbara, solo la vuelve más rentable para quienes viven de ella.
Detrás del discurso sobre la “tradición” se oculta lo de siempre: desviar la atención. Mientras se recortan recursos en educación, se precariza a enfermeras y enfermeros, y se externaliza la sanidad hacia manos privadas, el Ejecutivo andaluz proclama su orgullo taurino. No es casual que se presenten en pueblos como Trigueros a lanzar chupinazos. La tauromaquia funciona como cortina de humo: un populismo identitario que tapa la gestión nefasta de lo que realmente importa.
El consejero Sanz reta al ministro de Cultura Ernest Urtasun a “ir a las plazas y ver los llenos”. Pero los llenos en una plaza de toros son anecdóticos frente a los vacíos en las aulas, en los centros de salud, en las listas de espera. Ese es el verdadero aforo que debería preocupar a cualquier gobernante.
Resulta insultante escuchar hablar de “ejemplo de sacrificio” para referirse a un torero, cuando miles de familias andaluzas malviven con salarios de miseria, desahucios o contratos temporales. El sacrificio está en las calles, no en la plaza.
Andalucía no es taurina. Andalucía es diversa, trabajadora, mestiza, feminista, verde y rebelde. La apuesta del Gobierno no es por el futuro, es por un anacronismo sangriento que se usa como bastón ideológico. Y mientras el humo de los incendios sigue en el aire, el presidente se sienta en la barrera. La metáfora no necesita explicación: un gobierno que aplaude la sangre mientras la tierra arde.
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