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Pero mientras otros presidentes, como Gustavo Petro, han criticado abiertamente el proteccionismo de Washington, Milei lo festeja como un perro que mueve la cola por una patada.
La derecha neoliberal latinoamericana ya no disimula su papel de súbdita. Lo del presidente Javier Milei roza la humillación voluntaria: ha celebrado públicamente que Estados Unidos imponga un arancel del 10 % a los productos argentinos, como si recibir un castigo económico de una potencia extranjera fuera motivo de orgullo nacional.
“Es un motivo de satisfacción que nos hayan puesto los aranceles más bajos”, dijo el portavoz presidencial, Manuel Adorni, sin rubor alguno. La clave del delirio: esos “más bajos” son los mismos aranceles que ha impuesto a Colombia, Brasil, Perú o Chile.
Pero mientras otros presidentes, como Gustavo Petro, han criticado abiertamente el proteccionismo de Washington, Milei lo festeja como un perro que mueve la cola por una patada. Colombia, bajo un gobierno que ha sido crítico con la política exterior de Trump, ha recibido exactamente el mismo trato que Argentina. La diferencia no está en los datos, está en la dignidad.
Milei no defiende el comercio argentino, defiende a Trump. No protege a su pueblo, protege su fanatismo.
La reacción del gobierno argentino ha sido tan grotesca que la canción elegida por el propio Milei para acompañar el anuncio fue Friends will be friends, de Queen, publicada en sus redes sociales como si la imposición de aranceles fuera una fiesta. No es un meme: es la política exterior de un país convertido en espectáculo de sumisión.
Y mientras tanto, Argentina espera una decisión clave del FMI para un nuevo rescate de 20.000 millones de dólares. En lugar de utilizar cada foro internacional para exigir respeto y condiciones justas para su economía, Milei se sube a cada avión rumbo a Estados Unidos a mendigar palmadas en la espalda. Este ya es su décimo viaje al país norteamericano desde que asumió el cargo hace apenas cuatro meses.
ABASCAL SE RINDE Y LLAMA “RESPETO” A TRAGAR CON ARANCELES CONTRA EUROPA
En paralelo, el líder de Vox, Santiago Abascal, ha salido en defensa de Donald Trump con la misma obediencia ciega. Preguntado sobre los nuevos aranceles de EE.UU. a productos europeos, el dirigente ultra español respondió sin pudor: “Entendemos y respetamos la decisión del presidente Trump”, aunque “vaya en contra de nuestros intereses”.
No hay metáfora que lo suavice: Abascal está justificando una agresión económica directa a la economía española y europea, solo porque viene de su referente ideológico.
Lo que en cualquier contexto sería considerado un ataque al comercio justo, un golpe a los productores locales y una amenaza a la soberanía económica, para Vox es una muestra de liderazgo. “Trump defiende los intereses de su nación”, dijo Abascal. Lo que no explica es por qué él no defiende los de la suya.
Mientras los agricultores y productores europeos se enfrentan a nuevas barreras comerciales, Vox no pide reciprocidad ni exige protección, prefiere azuzar conspiraciones contra el Pacto Verde o despotricar contra Pedro Sánchez, todo menos enfrentarse al verdadero poder que los desprecia: el norteamericano.
Ni Milei ni Abascal están dispuestos a levantar la voz ante Trump. Son ideológicamente sumisos, políticamente dependientes y estratégicamente irrelevantes.
Ambos se proclaman defensores del pueblo, pero celebran cuando ese pueblo es castigado. Ambos claman contra el globalismo, pero obedecen cada movimiento del imperio económico que los desprecia. Ambos dicen amar a su patria, pero la venden barato con tal de posar junto a su ídolo en Mar-a-Lago o en una CPAC de turno.
Y mientras las y los trabajadores pagan más, venden menos y sufren el cierre de mercados, ellos siguen aplaudiendo con la sonrisa de quien ya ha elegido su bando: no con los pueblos, sino con sus verdugos.
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