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La inseguridad permanente alimenta el hambre de orden. El fascismo se presenta como el atajo.
INSEGURIDAD COMO SISTEMA: EL MIEDO YA NO PARALIZA, PRODUCE
Hay épocas en las que el miedo es un accidente, y otras en las que el miedo es el diseño. Vivimos en esta última. Zygmunt Bauman hablaba de “miedo líquido” para describir la ansiedad difusa, constante y despolitizada que anega nuestras sociedades. No es el terror puntual a un bombardeo o a una represión, sino la angustia crónica ante la posibilidad de no llegar a fin de mes, perder el trabajo, enfermar sin cobertura o quedarse fuera del algoritmo. Una inseguridad programada que ya no genera protesta, sino dependencia.
El capitalismo del siglo XXI no necesita tanto ciudadanos obedientes como consumidores inseguros, votantes asustados y trabajadoras dispuestas a aceptar cualquier cosa para no hundirse. Por eso el miedo ya no se esconde: se emite en directo, se distribuye por notificación y se filtra en cada conversación. Desde los medios hasta las pantallas del metro, todo recuerda que estás a una decisión —o a una distracción— de quedarte atrás.
Y entonces aparece el líder. No el que ofrece derechos, sino el que promete castigos.
A este desorden planificado, el autoritarismo le opone una oferta brutal: pertenecer a cambio de obedecer. Ante una sociedad líquida, un enemigo sólido. Ante una identidad quebrada, una nación blindada. Ante una existencia sin sentido, un mandato de superioridad. El fascismo, en todas sus versiones —de corbata o de botas— no nace en los márgenes. Nace en el centro del miedo. Se sienta en los platós, se cuela en los grupos de WhatsApp, organiza foros sobre “libertad” y plantea una ecuación sencilla: tú solo estás mal porque ellos existen.
Ellos. Los migrantes, las feministas, las personas trans, los ecologistas, los periodistas críticos, las sindicalistas, las juezas honestas. El miedo es el pegamento que hace funcionar esta política de la venganza.
DE LA FRUSTRACIÓN A LA CRUELDAD: CUANDO EL VÍCTIMA QUIERE SER VIGILANTE
Lo más perverso del miedo líquido es que se escurre por los resquicios del alma hasta convertir el dolor en resentimiento. Y donde hay resentimiento, el fascismo prende como yesca. No necesita argumentos, solo promesas de revancha. No necesita programas, solo culpables. No necesita mayoría, solo ruido.
Desde Bukele hasta Milei, de Meloni a Le Pen, pasando por Feijóo jugando a no saber si está más cerca del centro o de la ultraderecha, la nueva reacción no ofrece soluciones reales a la precariedad, sino chivos expiatorios. No combate la desigualdad, la reordena. No mejora la vida, la vigila. No libera, castiga.
Y lo hace con una sonrisa, porque sabe que el terror no se impone: se aprende.
Se aprende viendo cómo encarcelan a quien denuncia. Cómo desahucian sin consecuencias. Cómo censuran una bandera en Eurovisión y se aplaude. Cómo llaman “adoctrinamiento” a explicar que nadie debe ser golpeado por amar. Cómo se convierte en “delito de odio” decir “maricón” pero no matar al que lo sea. Cómo se graba a mujeres en centros de aborto y se difunde impunemente. Cómo se amenaza a periodistas sin que nadie renuncie. Cómo se arman los barrios mientras se desarman las escuelas.
Cada alarma mediática, cada tuit viral de odio, cada titular falso, cada fake sobre “inseguridad” es una gota más en la tormenta que allana el terreno al fascismo sólido. Y cuando llueve sobre mojado, la gente ya no busca la verdad, busca una promesa que le devuelva el control. Aunque sea falsa. Aunque duela. Aunque sangre.
No estamos ante un “resurgir del fascismo”. Nunca se fue. Solo estaba esperando a que el miedo lo hiciera deseable.
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Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOS —Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.
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Cómo decía Durruti ,cuando la burguesía ve peligrar sus intereses agita al fascismo para presevarlos.
Pero además cuando la » izquierda progresista» no hace más que vender humo a la clase obrera, en su único afán de callar la calle, pues el fascismo avanza sobre una alfombra roja .
España ha sido ,y es un país donde mandan los fascistas,jueces, militares ,policías son fascistas en su mayoría.
El fascismo no desaparecerá votando a quien sea, esto es una falacia .
El fascismo desaparecerá cuando se le atocigue desde la justicia, desde la calle enfrentándonos a ellxs sin miedo.
El problema es que la mayoría de antifas lo son de salón y redes, no de calle. Así que no le veo futuro a la lucha antifa, y mucho menos cuando el gobierno basura psoesumar usa a diestras y siniestras la ley mordaza para reprimir la lucha antifa ( 6 de Zaragoza) , la lucha sindical ( cnt ait Xixón), lxs de la pah ( lxs de Guadalajara),etc…..
Así que le veo una larga vida al fascismo en este país, y pronto los tendremos en el gobierno.
Pero siempre habrá alguno que nos señale a lxs anarquistas ,por llamar a la abstención, claro somos nosotrxs lxs antifas lxs responsables de que lleguen al poder ,por llamar a no votar y a luchar en la calle, jajaja cuántxs borregxs endoctrinadxs hay en este país, y muchxs de » izquierda» o lo que creen que es la izquierda, está cosa blanda que se amolda al Capitalismo y mata al obrero con carencias en los servicios sanitarios, en las escuelas,….
Así que lxs que si luchamos desde hace años contra el fascismo en los barrios, seguiremos sembrando semillas de anarquía y Antifascismo. Lxs demás que sigan llorando en redes.
Salud y anarkia