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La seguridad de las y los trabajadores queda en segundo plano mientras Juan Roig prioriza sus beneficios
En plena alerta roja en Málaga, con lluvias torrenciales y un peligro evidente para la población, Mercadona, liderada por el empresario Juan Roig, decidió mantener abiertas sus 84 tiendas en la provincia. Esta decisión obligó a más de 5.500 empleados y empleadas a desplazarse y exponerse a condiciones extremadamente peligrosas, ignorando tanto las recomendaciones de seguridad como los avisos de las autoridades. Aun con Málaga colapsada por el agua, Roig optó por el negocio en lugar de la seguridad.
Resulta irónico, y hasta insultante, que el mismo día en que ordenaba la apertura de sus establecimientos en Málaga, Roig anunciara una “donación” de 40 millones de euros para quienes, en València, hubieran perdido sus viviendas por la gota fría que azotó la región el mes pasado. El empresario se comprometió a entregar 50.000 euros a cada persona empleada que haya perdido su hogar, un acto que huele más a un intento de lavar su imagen que a un verdadero gesto de solidaridad. No es la primera vez que Mercadona prioriza sus ingresos sobre la seguridad de sus trabajadoras y trabajadores, y con este anuncio, Roig parece buscar inmunidad frente a las críticas, mientras sus decisiones ponen en riesgo la vida de miles de personas.
El Corte Inglés no ha sido muy distinto en su actitud. A pesar de la alerta roja vigente desde días antes, solo decidió cerrar su centro en Málaga cuando ya se encontraba inundado, lo cual quedó registrado en videos compartidos en redes sociales por las y los propios trabajadores. La imagen de las grandes empresas que ignoran las alertas meteorológicas y, por ende, el bienestar de quienes dependen de su empleo no hace más que evidenciar el desprecio hacia quienes se juegan el físico para sostener el beneficio de unos pocos.
¿QUÉ VALE MÁS, EL BENEFICIO O LA VIDA DE LAS Y LOS EMPLEADOS?
La falta de acción y previsión por parte de estas empresas no solo evidencia un vacío de responsabilidad empresarial, sino un desprecio profundo hacia sus trabajadoras y trabajadores, considerados casi como prescindibles. La situación en Málaga es clara: la ciudad amaneció con escuelas y servicios públicos cerrados, el transporte colapsado y más de 300 incidencias de emergencia registradas hasta primeras horas de la tarde. Y mientras hospitales como el Clínico de Málaga sufrían inundaciones que paralizaban su funcionamiento y ponían en riesgo la salud pública, Mercadona y El Corte Inglés hacían oídos sordos y abrían sus puertas como si de un día normal se tratase.
La “excusa” de una economía que debe mantenerse a toda costa ha dejado claro que, para estas empresas, el valor de la vida humana es secundario frente a las cifras de ingresos. En Málaga, el servicio de trenes se detuvo por completo, incluyendo los cercanías. Más de 3.000 personas fueron evacuadas en la provincia por el desbordamiento inminente del río Guadalhorce, y las cifras de animales rescatados por los equipos de emergencia ascienden a decenas. Todo un despliegue de emergencia al que estas empresas han dado la espalda en favor de sus cuentas.
Mientras tanto, Paco de la Torre, alcalde de Málaga, no se queda atrás en esta cadena de irresponsabilidades. A mediodía, aún declaraba que “no había problemas” en la ciudad, afirmando que las lluvias no eran intensas y que Málaga tenía un sistema de presas seguro. Las y los malagueños, no obstante, vivían otra realidad: calles inundadas, transportes paralizados y comercios que no tenían otra opción que cerrar debido a la emergencia. Solo después de estas imprudentes declaraciones, el Ayuntamiento activó el Plan de Emergencia Municipal en su totalidad, aunque ya estaba en marcha de manera parcial desde el día anterior. La despreocupación del alcalde, junto con la negligencia empresarial, muestra hasta qué punto el bienestar de la población está subordinado a la retórica de la normalidad y a los intereses económicos.
La falta de sensibilidad de Mercadona y El Corte Inglés es un reflejo de un sistema que coloca el lucro sobre la seguridad y dignidad de las personas. Ante eventos climáticos extremos, que cada vez son más frecuentes, esta actitud corporativa irresponsable deja a la sociedad desprotegida y con la sensación de que, para estas empresas, las y los trabajadores no son más que cifras desechables en sus balances financieros.
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