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Pinturas rupestres en Lascaux Shutterstock
El corazón de la región francesa de Dordoña alberga la muestra más impresionante de arte prehistórico. Durante siglos permaneció escondida en la cueva de Lascaux. Fue descubierta por cuatro jóvenes en 1940 y es una joya perteneciente al auriñaciense tardío (15 000 a 13 000 a. C.).
La caverna principal y varias galerías conectadas están decoradas con unas 600 pinturas de animales, algunos imaginarios, realizadas con pigmentos minerales mezclados con grasa animal en varios tonos de amarillo, rojo, marrón y negro. Es tan espectacular que ha sido apodada la “Capilla Sixtina del Paleolítico”. En 1948 la cueva de Lascaux fue abierta a los visitantes, pero en 1963 fue cerrada indefinidamente al público. El cierre estuvo impuesto por el descubrimiento de una pátina de color verde que cubría las partes pintadas y que estaba compuesta, en exclusiva, por el alga unicelular Bracteacoccus minor.
Por desgracia, el aislamiento no ha sido suficiente para frenar el deterioro de las pinturas. En 2001 aparecieron múltiples manchas blancas en las pinturas debidas al hongo Fusarium solani. Y pronto le siguieron grandes manchas de color negro provocadas por otro hongo, Scolecobasidium lascauxense. Para colmo, en los últimos 15 años en la sala del ábside ha surgido la denominada “zona oscura”, atribuida a varios hongos y bacterias.
El arte no es estéril
El arte rupestre de Lascaux es solo una víctima más del biodeterioro, es decir, de los cambios indeseables en un material provocados por las actividades vitales de los organismos. Las bacterias, las arqueas, los hongos, las microalgas y los líquenes, así como muchas especies de insectos y otros animales, provocan constantemente problemas en la conservación del patrimonio cultural.
En el caso de las cavernas, la presencia humana desequilibra la microbiota autóctona –antropización–, dañando la superficie rocosa y las obras de arte paleolíticas. A veces es culpa de actinobacterias y ascomicetos. Otras es debido a la proliferación de cianobacterias y clorofitas, asociadas a los sistemas de luz artificial, que causan la denominada “enfermedad verde”.
También es frecuente el desarrollo de un velo de calcita que enmascara las pinturas de las paredes, y que suele involucrar a géneros bacterianos como Pseudomonas, Bacillus y Myxococcus. O la aparición de manchas blancas, amarillas, grises, negras o rojas atribuidas al crecimiento de diferentes bacterias y hongos. En la cueva de Altamira, por ejemplo, las manchas grises y amarillas parecen estar provocadas por una combinación de hasta seis familias de bacterias distintas.
Más allá de las cuevas, los microorganismos pueden causar una grave destrucción estética de pinturas, textiles, cerámicas, momias, libros, manuscritos y otros muchos objetos. Los daños superficiales más frecuentes incluyen decoloraciones pigmentarias y aparición de pigmentos orgánicos indeseados. Otras veces el deterioro es menos visible, porque afecta al interior de las piezas, que pueden acabar hechas trizas debido a la corrosión ácida, la degradación enzimática y el ataque mecánico.
Siguiendo con los ejemplos concretos, en la región italiana de Campania, que tiene una gran riqueza de pinturas antiguas y alberga frescos de valor incalculable, las especies más frecuentes aisladas de pinturas murales incluyen bacterias de gran variedad de géneros como Alcaligenes, Arthrobacter, Bacillus, Paenibacillus, Flavobacterium, Pseudomonas, Micrococcus, Staphylococcus, Nocardia, Mycobacterium y Sarcina.
La piedra tampoco está a salvo
La piedra no es ni mucho menos inmune al ataque microbiano. Muestra de ello es el tremendo deterioro biológico que están sufriendo las estructuras antiguas de Angkor (Camboya). En concreto, el templo de Bayon, conocido por sus bajorrelieves intrincadamente tallados, se está perdiendo debido a la exfoliación y a la formación de biopelículas, que son capas microbianas de varios colores formadas en la superficie de la piedra.
Caras de piedra del templo de Bayon, Angkor, Camboya.
Shutterstock
Esta situación también está dañando catedrales e iglesias históricas en Europa. De hecho, en el continente andan preocupados por el biodeterioro de los vitrales de las vidrieras, debido al crecimiento y/o actividades metabólicas de hongos microscópicos, bacterias y líquenes que pueden acelerar los procesos físico-químicos que conducen a la rotura del vidrio.
La buena noticia es que hay microorganismos que pueden contrarrestar estos daños. Sin ir más lejos, los restauradores están utilizando bacterias de los géneros Bacillus, Sporosarcina y Myxococcus para bioinducir activamente la precipitación de calcita y reforzar la piedra monumental.
Tantos visitantes en los museos como en los aeropuertos
En muchas ocasiones, el tráfico humano internacional dentro de los museos es similar al desarrollado en los aeropuertos más concurridos. Por poner un ejemplo, en 2019 se registró casi la misma cantidad de visitantes (aproximadamente 28 millones) para los cinco principales museos de Londres combinados (Museo Británico, Tate Modern, Galería Nacional, Museo de Historia Natural, Museo Victoria & Albert) que para el Aeropuerto Stansted de Londres. Aunque culturalmente es una buena señal, este movimiento de gente también origina un fuerte flujo de microorganismos capaces de atacar las obras de arte.
En museos y colecciones, así como en bibliotecas, los hongos (Aspergillus, Paecilomyces, Chrysosporium, Penicillium y Cladosporium, etc.) juegan un papel relevante en el biodeterioro de documentos hechos de papel. La actividad de los microorganismos puede provocar la formación de manchas marrones o rojizas en el papel, conocida como foxing.
La biodegradación fúngica de la madera también es significativa, porque existen objetos fabricados en madera que contienen información importante sobre culturas antiguas. Los hongos, en especial los que causan la pudrición blanca, marrón y blanda, pueden penetrar en la madera y degradarla con facilidad.
En cuanto a los textiles históricos suelen estar hechos de fibras orgánicas naturales vegetales (algodón, lino, cáñamo y yute), o fibras animales (lana, seda o cuero). Todas ellas un bocado atractivo para los microorganismos.
Cuando la diana de los microorganismos son las fotografías históricas y las películas cinematográficas aparecen varios problemas. Por un lado, la imagen pierde nitidez. Pero además la gelatina, un aglutinante usado principalmente en el siglo XIX para crear positivos y negativos, es colonizada y degradada con facilidad por microorganismos con propiedades proteolíticas, como Bacillus, Clostridium, Micrococcus, Enterococcus, Pseudomonas, Staphylococcus, Streptococcus, etc.
¿Se pueden prevenir todos estos daños? Sin duda, sí. Por un lado, controlando la temperatura y la luz, entre otros aspectos. Además, es conveniente un monitoreo rutinario. Tampoco hay que obviar que el polvo suele transportar gran cantidad de bacterias, esporas de hongos y potenciales nutrientes para los microorganismos, por lo que la limpieza frecuente es una importante acción preventiva para evitar el daño biológico en objetos históricos.
Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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