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Einstein le dirige una carta a Freud solicitándole que le informe y le explique si «existe un medio para liberar a los hombres de la amenaza de la guerra”
El padre de la física moderna, Albert Einstein, y Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, se conocieron en la casa del hijo de este último en Berlín en 1927. Fue la única vez que se vieron en persona, pero mantuvieron una amistad por correspondencia.
Freud le confesó a Einstein «la envidia que no tengo miedo de poseer», ya que Einstein como físico gozaba del estatus de autoridad en su campo, mientras que él, como psicólogo, tenía que aceptar que hasta los ignorantes se atrevieran a opinar sobre su obra.
Uno de esos ignorantes, tal y como señala BBC, fue el mismo Einstein, quien se había negado a apoyar la candidatura al premio Nobel que Freud tanto deseaba, ya que a pesar de sus logros «no pude convencerme de la validez de la teoría de Freud», dijo el físico en 1928.

Sin embargo, la opinión de Einstein sobre el psicoanálisis mejoró más tarde, y así se lo hizo saber a Freud cuando lo felicitó por su 80 cumpleaños. «Realmente debo decirle cuánto me alegró enterarme de su cambio de parecer. Por supuesto, siempre supe que usted me ‘admiraba’ sólo por cortesía y valoraba muy poco cualquiera de mis doctrinas», respondió Freud.
Einstein había escogido a Freud unos años antes como su corresponsal cuando el Instituto para la Cooperación Intelectual le invitó a un intercambio interdisciplinario de ideas sobre política y paz con un pensador de su elección.
Amenaza a la paz mundial
«Admiro mucho su pasión por averiguar la verdad, una pasión que ha llegado a dominar todo lo demás en su forma de pensar», le escribió Einstein a Freud en 1931. La tarea que tendrían era entender lo incomprensible: por qué la guerra.
La amenaza a la paz mundial se podía palpar y, por ello, la Liga de las Naciones recurrió a uno de los científicos más influyentes del mundo y pacifista perpetuo para pedirle que investigara cómo se podría lograr la paz mundial. Este, a su vez, invitó a uno de los más grandes estudiosos de la vida interior de los seres humanos.
Sus cartas fueron publicadas en marzo de 1933 en París, en francés, inglés y alemán simultáneamente. Mientras tanto, en Alemania el Partido Nacionalsocialista prohibió su divulgación. Adolf Hitler, quien ya había ascendido al poder desterró tanto a Einstein como a Freud.
La carta de Einstein
Einstein en su carta de 1931 comenzó refiriéndose a la «profunda devoción» de Freud «por el gran objetivo de la liberación interna y externa del hombre de los males de la guerra». «Esta fue la profunda esperanza de todos aquellos que han sido reverenciados como líderes morales y espirituales más allá de los límites de su propio tiempo y país, desde Jesús hasta Goethe y Kant».
«Estoy convencido de que casi todos los grandes hombres que, por sus logros, son reconocidos como líderes (…) comparten los mismos ideales. Pero tienen poca influencia en el curso de los acontecimientos políticos. Casi parecería que el dominio mismo de la actividad humana más crucial para el destino de las naciones está ineludiblemente en manos de gobernantes políticos totalmente irresponsables».
El físico continuó diciendo que la única forma positiva de avanzar es a través del establecimiento de «una asociación libre de hombres cuyo trabajo y logros previos ofrezcan una garantía de su capacidad e integridad».
Además, reconoció que «en vista de las imperfecciones de la naturaleza humana», esa asociación no estaría libre de todos los defectos que a menudo llevan a la degeneración. «A pesar de esos peligros, ¿no deberíamos hacer al menos un intento de formarla? ¡Me parece nada menos que un deber imperativo!», señaló.
El 30 de julio de 1932, Einstein escribió nuevamente a Freud invitándolo oficialmente a participar en el intercambio del Instituto para la Cooperación Intelectual sobre «este urgente y absorbente problema».
«Este es el problema: ¿Hay alguna forma de liberar a la humanidad de la amenaza de la guerra? Es de conocimiento común que, con el avance de la ciencia moderna, este tema ha llegado a significar un asunto de vida o muerte para la Civilización tal como la conocemos; sin embargo, a pesar del celo desplegado, todo intento de solución ha terminado en un lamentable fracaso».
Einstein le explicó a Freud que quienes se ocupaban de abordar el problema eran conscientes de su impotencia para enfrentarlo y por eso deseaban «conocer los puntos de vista de los hombres que, absortos en la búsqueda de la ciencia, puede ver los problemas del mundo en la perspectiva que brinda la distancia».
En su caso, dijo Einstein, la física, «no permite vislumbrar los lugares oscuros de la voluntad y el sentimiento humanos», de manera que no podía hacer mucho más que aclarar la cuestión y «despejar el terreno de las soluciones más obvias» para que Freud pudiera alumbrarlo con «su amplio conocimiento de la vida instintiva del hombre».
En la carta, también reconoció que «en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para dictar veredictos de autoridad incontestable y obligar a la sumisión absoluta a la ejecución de sus veredictos».
«Por lo tanto, llego a mi primer axioma: la búsqueda de la seguridad internacional implica la entrega incondicional por parte de cada nación, en cierta medida, de su libertad de acción, es decir, de su soberanía, y es claro más allá de toda duda que ningún otro camino puede conducir a tal seguridad».
«El anhelo de poder que caracteriza a la clase gobernante en todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional».
Pero hay algo más: «Esta sed de poder político a menudo es apoyada por las actividades de otro grupo, cuyas aspiraciones están en líneas económicas puramente mercenarias».
«Pienso especialmente en ese grupo pequeño pero decidido, activo en todas las naciones, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y restricciones sociales, consideran la guerra, la fabricación y venta de armas, simplemente como una ocasión para promover sus intereses personales y ampliar su autoridad».
El físico también preguntó: «¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla [la clase gobernante] doblegue la voluntad de la mayoría, que puede perder y sufrir por una guerra, al servicio de sus ambiciones?». «¿Es posible controlar la evolución mental del hombre para hacerla a prueba de las psicosis del odio y la destructividad?»
«No estoy pensando de ninguna manera sólo en las llamadas masas incultas. La experiencia demuestra que es más bien la llamada «intelligentsia» la más propensa a ceder a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida en bruto, sino que la encuentra en su forma más fácil y sintética: en la página impresa».
Y terminó indicándole a Freud que su contribución «bien podría abrir el camino a nuevos y fructíferos modos de acción».
El 12 de septiembre de 1932, el director de la Liga de Naciones, Leon Steinig, le dijo a Einstein que Freud había aceptado cooperar, sin embargo, le advirtió de que lo que tenía que decir podría ser, para el gusto de la gente, demasiado pesimista.
«Toda mi vida he tenido que decirle a la gente verdades que eran difíciles de tragar. Ahora que soy viejo, ciertamente no quiero engañarlos». Einstein le dijo a Freud que no buscaba una respuesta optimista sino psicológicamente efectiva.
La respuesta de Freud
Tras acordar los términos, el psicoanalista procedió a expresar sus pensamientos en su carta ese mismo septiembre. Freud empezó expresando su sorpresa frente a la pregunta que Einstein le había planteado.
«Quedé estupefacto al pensar en mi (de nuestra, casi escribí) incompetencia; pues me pareció un asunto de política práctica, el estudio adecuado del estadista». «Pero luego me di cuenta de que usted no planteaba la cuestión en su calidad de científico o físico, sino como amante de sus semejantes… Y, a continuación, me recordé a mí mismo que no estaba llamado a formular propuestas prácticas sino, más bien, a explicar el punto de vista de un psicólogo sobre la cuestión de prevenir las guerras».
A continuación, Freud comenzó a describir su teoría de la trayectoria evolutiva de la violencia, que determina «lo que debe pertenecer a uno u otro o cuál es la voluntad que debía respetarse».
Un hito es la intervención del arma, que marca «el momento en que la supremacía intelectual comienza a sustituir a la fuerza bruta».
«La fuerza bruta es vencida por la unión; el poderío aliado de las unidades dispersas hace valer su derecho contra el gigante aislado. Así podemos definir ‘derecho’ (es decir, ley) como el poder de una comunidad».
«Sin embargo, tampoco es más que violencia, rápida para atacar a cualquier individuo que se interponga en su camino, y emplea los mismos métodos, persigue los mismos fines, con una sola diferencia: es la violencia comunitaria, no individual, la que se sale con la suya».
«Hay una forma segura de poner fin a la guerra y es el establecimiento, de común acuerdo, de un control central que tendrá la última palabra en todo conflicto de intereses. Para ello se necesitan dos cosas: primero, la creación de tal tribunal supremo de la judicatura; en segundo lugar, su inversión con fuerza ejecutiva adecuada».
Pero no es suficiente una sin la otra. «En nuestros tiempos, buscamos en vano alguna noción unificadora cuya autoridad sea incuestionable.
«Está abundantemente claro que las ideas nacionalistas, primordiales hoy en día en todos los países, operan en una dirección muy opuesta. […] Por lo tanto, parecería que cualquier esfuerzo por reemplazar la fuerza bruta por el poder de un ideal está, en las condiciones actuales, condenado al fracaso».
Y añadió, siendo menos pesimista, «en el aspecto psicológico, dos de los fenómenos más importantes de la cultura son, en primer lugar, un fortalecimiento del intelecto, que tiende a dominar nuestra vida instintiva, y, en segundo lugar, una introversión del impulso agresivo, con todos sus consiguientes beneficios y peligros».
«Ahora bien, la guerra va más enfáticamente en contra de la disposición psíquica que nos impone el crecimiento de la cultura; por lo tanto, estamos obligados a resentir la guerra, a encontrarla completamente intolerable».
A diferencia de Einstein, Freud pensaba que el papel de la «intelligentsia» era imponer la dictadura de la razón: «Se debe tener más cuidado que hasta ahora en educar a un estrato superior de la hombres con mentes independientes, no abiertos a la intimidación y ansiosos en la búsqueda de la verdad, cuya misión sería darle dirección a las masas dependientes».
Su idea era la humanización a través de la educación y lo que él llamó «identificación» con «cualquier cosa que lleve a los hombres a compartir intereses importantes», creando así una «comunidad de sentimientos». Esos medios, concedió, podían conducir a la paz. No obstante, Freud concluyó con ambivalencia y mucho escepticismo sobre la eliminación de los instintos violentos y la guerra. «El resultado de estas observaciones, en relación con el tema que nos ocupa, es que no hay probabilidad de que podamos suprimir las tendencias agresivas de la humanidad».
Para finalizar, Freud lanzó la pregunta: «¿Cuánto tiempo tenemos que esperar antes de que el resto de los hombres se vuelvan pacifistas?
«Imposible de decir, y sin embargo tal vez nuestra esperanza de que estos dos factores —la concepción cultural y el temor justificado de las repercusiones de una conflagración futura— puedan servir para poner fin a la guerra en un futuro cercano, no es quimérica»
«Por cuáles caminos o desvíos sucedería, es imposible adivinarlo. Mientras tanto, podemos confiar en que todo lo que contribuye al desarrollo cultural está trabajando también contra la guerra»
«Con el saludo más cordial y, si este exposé le resulta decepcionante, mi sincera disculpa, suyo…».
Fuente: ABC
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