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Ese “antes se vivía mejor” no habla del pasado: habla de quién tenía derecho a vivir bien y quién tenía que callarse.
EL PASADO QUE NOS VENDEN NUNCA EXISTIÓ PARA TODAS Y TODOS
Hay una frase que vuelve cada cierto tiempo, como una humedad vieja en la pared: “antes se vivía mejor”. La repiten tertulianos con nostalgia de orden, políticos con nostalgia de obediencia, empresarios con nostalgia de salarios bajos y gente cansada que confunde memoria con escaparate. Suena inocente. No lo es. La nostalgia, cuando se usa políticamente, no recuerda: selecciona, borra y absuelve.
Porque ese “antes” nunca fue igual para todo el mundo. Antes podía vivir mejor quien mandaba en casa, quien heredaba un piso, quien tenía un trabajo estable porque otras personas estaban condenadas a servirle, quien no tenía que pedir permiso para abrir una cuenta bancaria, separarse, amar a quien quisiera o salir a la calle sin miedo a una porra, una sotana o una denuncia del vecino.
El problema no es recordar. El problema es convertir el recuerdo en arma. Decir “antes se vivía mejor” sin añadir para quién es hacer política reaccionaria con cara de sobremesa. Es esconder que durante décadas millones de trabajadoras y trabajadores vivieron con sueldos miserables, sin derechos laborales reales, sin libertad sindical y con el miedo instalado en la cocina. Es olvidar que muchas mujeres no eran ciudadanas plenas, sino mano de obra doméstica gratuita, cuidadoras obligadas y cuerpos administrados por la familia, la Iglesia y el Estado.
Hasta 1975, en España seguía vigente la licencia marital, que limitaba gravemente la autonomía económica y jurídica de las mujeres casadas. Hasta 1978, la Constitución no reconoció formalmente la igualdad ante la ley. Hasta 1981, el divorcio no volvió a ser legal. Y todavía hoy hay quien mira ese mundo como si fuera un álbum familiar y no una jaula. No era estabilidad. Era subordinación con mantel de domingo.
También conviene hablar de la represión. De los 40 años de dictadura franquista. De las cárceles. De la censura. De las personas perseguidas por militar, por organizarse, por escribir, por cantar o por ser. De las y los homosexuales criminalizados primero por la reforma de 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes y después por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970. Ese pasado que algunos llaman “orden” tenía barrotes. Tenía expedientes. Tenía palizas. Tenía silencio.
Y tenía clase social, claro. Mucha. Porque la nostalgia conservadora siempre hace lo mismo: habla de valores para no hablar de explotación. Dice que antes había respeto, pero evita decir respeto a quién. Dice que antes había familias fuertes, pero se calla que muchas eran fuertes porque las mujeres no podían irse. Dice que antes había trabajo, pero oculta que el trabajo sin derechos también es una forma de pobreza. Dice que antes los barrios eran más seguros, pero borra la miseria, el hacinamiento, las chabolas, las migraciones forzadas y las vidas enteras entregadas a levantar riqueza ajena.
CUANDO EL CAPITALISMO SE DISFRAZA DE RECUERDO
La nostalgia política no cae del cielo. Se fabrica. Se vende. Se empaqueta. Hay toda una industria dispuesta a convertir el malestar actual en odio hacia el futuro. Si hoy la vivienda expulsa a vecinas y vecinos, si los alquileres devoran salarios, si la juventud encadena contratos basura, si las cuidadoras sostienen la vida sin reconocimiento y si las personas mayores sobreviven con pensiones insuficientes, la derecha tiene una respuesta preparada: no culpes al mercado, culpa al progreso.
Es una estafa. El problema no es que hayamos avanzado demasiado; el problema es que el poder económico nunca dejó de mandar. Nos dicen que el feminismo rompió la familia, cuando lo que rompe la vida es trabajar todo el día y no poder pagar un techo. Nos dicen que los migrantes han deteriorado los barrios, cuando quienes los han saqueado son fondos, bancos, inmobiliarias y gobiernos arrodillados ante la rentabilidad. Nos dicen que la juventud ya no se esfuerza, mientras convierten la emancipación en un lujo y la salud mental en un nicho de mercado.
Ese “antes se vivía mejor” es útil porque desplaza la rabia. En vez de señalar a quienes acumulan vivienda, beneficios y poder, señala a las mujeres que no obedecen, a las personas migrantes que trabajan, a las personas LGTBI que existen, a las y los jóvenes que protestan y a cualquier colectivo que haya ganado un poco de aire. Un poco. Lo justo para que el viejo orden se ponga nervioso.
La nostalgia reaccionaria también es profundamente pacificadora. No pacifista, pacificadora. Quiere que la gente acepte el retroceso como refugio. Que mire hacia atrás en vez de mirar hacia arriba, donde están quienes se enriquecen con cada crisis. Quiere una sociedad cansada, sentimental, encerrada en una foto sepia. Quiere que confundamos derechos con caprichos y privilegios con tradición. A lo que llaman “volver a lo de antes” es en realidad volver a obedecer.
Y aquí está la mordida de fondo: no todo pasado fue peor ni todo presente es justo. Nadie necesita mentir para defender avances. Hubo comunidad, redes vecinales, apoyo mutuo y formas de vida menos trituradas por la pantalla y la productividad. Pero eso no lo destruyó la igualdad. Lo destruyó un sistema que convirtió el tiempo en mercancía, la vivienda en activo financiero, el cuidado en carga privada y la política en gestión de negocios. El capitalismo no solo nos roba el futuro. También falsifica el pasado para vendernos resignación.
Por eso hay que desconfiar de quien habla del “antes” sin hablar de pobreza, machismo, represión, colonialismo, armarios, cunetas, permisos, salarios de miseria y miedo. Hay que desconfiar mucho. Porque no está recordando una vida mejor. Está preparando una vida con menos derechos.
El pasado no era un hogar perdido: para demasiada gente fue una habitación cerrada con llave.
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La nostalgia es una trampa política para blanquear la desigualdad
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