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El sensacionalismo mediático de la industria espacial privada intenta reescribir la historia a golpe de titular y marketing.
DESINFORMACIÓN DESDE LAS ALTURAS
El titular publicado el 14 de abril por El Mundo es revelador por todo lo que borra: “Katy Perry, la novia de Bezos y otras cuatro mujeres protagonizarán hoy la primera misión espacial 100% femenina”. La frase es tan deshonesta como significativa. Porque no solo reduce a Lauren Sánchez al rol de “novia de”, sino que ignora deliberadamente a la primera mujer en ir sola al espacio, Valentina Tereshkova, cosmonauta soviética que en 1963 orbitó la Tierra 48 veces en solitario a bordo del Vostok 6.
Aquello fue mucho más que un hito simbólico. Fue un acto de soberanía tecnológica, una declaración de principios de la URSS en plena carrera espacial y una victoria feminista en tiempos en que las mujeres apenas accedían a los laboratorios, mucho menos a los controles de una nave. Tereshkova tenía 26 años, había trabajado como obrera textil y paracaidista amateur. Era una trabajadora que accedió al espacio como cosmonauta, no como invitada VIP.
El borrado de figuras históricas como Tereshkova no es inocente. Es parte de una operación ideológica que desplaza a las pioneras del espacio para colocar en su lugar a millonarias y celebridades, dentro de un relato que transforma la conquista del espacio en un espectáculo de élites.
EL SHOW DE BLUE ORIGIN: GLAMOUR Y MARKETING EN ÓRBITA
Blue Origin, la empresa aeroespacial de Jeff Bezos, lanzó el 19º vuelo de su cohete New Shepard el 14 de abril de 2025. La misión, con una tripulación compuesta exclusivamente por mujeres, incluía a Katy Perry (cantante), Lauren Sánchez (presentadora y pareja del magnate), y otras cuatro mujeres seleccionadas por su visibilidad pública. No eran astronautas ni científicas. El viaje duró apenas unos minutos, en un suborbital de ida y vuelta sin mayor complejidad técnica ni objetivo científico.
No hubo órbitas. No hubo experimentos. No hubo navegación manual. El vuelo fue automatizado, breve y turístico. Una cápsula con ventanas grandes, pensada para que las pasajeras flotaran unos instantes en gravedad cero y pudieran tomarse fotos con la curvatura del planeta de fondo. La diferencia entre esto y el turismo de lujo convencional es puramente estética.
¿Significa esto que no sea importante ver mujeres en este tipo de misiones? No. La visibilidad también importa. Pero llamar a este vuelo “la primera misión espacial 100% femenina” es tergiversar la historia y silenciar a mujeres que sí jugaron un rol clave en el desarrollo aeroespacial. Como las ingenieras de la NASA en los años 60, que calculaban trayectorias a mano sin reconocimiento alguno. Como Sally Ride, la primera estadounidense en ir al espacio. Como la tripulación completa del Apolo 12, que viajó con los cálculos de Katherine Johnson en su bitácora.
Decir que esto es “histórico” mientras se banaliza el pasado es un insulto a quienes sí arriesgaron su vida y su salud para ampliar los horizontes de la humanidad.
DE LA CONQUISTA A LA MERCANCÍA
La conquista del espacio siempre fue un campo de disputa ideológica. Primero entre bloques, luego entre empresas. Hoy, como denuncia la filósofa Donna Haraway, asistimos a un “capitalismo de la conquista tecnocientífica”, donde la élite blanca y multimillonaria convierte la ciencia en objeto de consumo y el espacio en parque temático.
Que se utilice el viaje de mujeres al espacio como reclamo publicitario es una forma más de vaciar las luchas feministas de contenido. La inclusión de mujeres no es feminismo si no hay redistribución, acceso igualitario y reconocimiento de las luchas previas. Este viaje de Blue Origin no abre puertas a nuevas astronautas, no cambia la realidad de las científicas precarias, ni pone en cuestión el machismo estructural de la industria aeroespacial. Solo vende entradas más caras.
En lugar de invertir en ciencia pública, Bezos y su club de millonarios compiten por ver quién lanza antes a su pareja, su mascota o su influencer favorita. La colonización del espacio ya no es ciencia ficción: es la versión más obscena del capitalismo del siglo XXI. Uno que se lleva los recursos públicos, como las patentes de la NASA, y los convierte en juguetes privados.
Valentina Tereshkova no necesitó una marca detrás ni un eslogan vacío. Fue cosmonauta porque se formó, se preparó y arriesgó. Su legado no puede ser borrado por una nota de prensa y un vuelo de diez minutos.
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