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Una nueva generación irrumpe en las calles para decirle al rey Mohamed VI que Marruecos no es un decorado de estadios y banderas. Es un país con hambre, con miedo y con una juventud que ya no calla.
Durante las dos últimas semanas, Marruecos ha vuelto a escuchar algo que llevaba tiempo intentando silenciar: el ruido de su juventud. Decenas de miles de chicas y chicos menores de 30 años se han echado a las calles bajo el nombre de GenZ 212, un movimiento espontáneo, descentralizado y sin líderes visibles, que ha conseguido lo que ni los partidos ni los sindicatos se atrevían a hacer: interpelar directamente al monarca.
Lo hacen en plena víspera del discurso de Mohamed VI ante el Parlamento, con tres muertos, decenas de heridos y más de un centenar de jóvenes encarcelados. Y aun así, vuelven. Porque el miedo ya no funciona cuando la frustración se convierte en identidad.
El movimiento ha logrado conectar con una generación criada entre promesas incumplidas, redes sociales y precariedad estructural. Reclaman educación y sanidad públicas, justicia social, castigo a la corrupción y dimisión del primer ministro Aziz Ajanuch, multimillonario y símbolo de un poder económico que gobierna para los suyos mientras reprime a quienes protestan.
Las pancartas hablan claro: “Los fosfatos para los marroquíes”. “Libertad para las y los detenidos”. “Castigo a los corruptos”. Las calles de Rabat, Casablanca, Tánger o Agadir se llenan de un grito que el régimen no esperaba oír tan pronto. Una generación que no venera a los viejos líderes ni teme al trono, pero que sabe que, en Marruecos, cuestionar al rey puede costar la libertad o la vida.
ENTRE EL RESPETO Y LA REBELIÓN
GenZ 212 no pide una república. Pide dignidad. Pero en un sistema que confunde la lealtad con la obediencia, eso ya es un acto de subversión.
El comunicado difundido por el movimiento es un ejercicio de equilibrio entre el respeto institucional y la insumisión civil. Hablan de “profundo respeto a la monarquía” y de “voluntad sincera de poner el interés nacional por encima de todo”. Pero nadie se engaña. Es un respeto táctico, no devoción. Una manera de evitar la censura inmediata mientras se organiza algo mucho más profundo: un despertar político colectivo.
Mohamed VI cumple 26 años en el trono, y su silencio pesa como una losa. En ese tiempo ha cultivado una imagen de modernidad, reformas y estabilidad, mientras los barrios obreros se hunden, los hospitales colapsan y la educación pública se desangra. Su Gobierno, dirigido por Ajanuch, ha volcado el gasto público en megaproyectos deportivos: la Copa África de Naciones y el Mundial 2030. Dos escaparates para el mundo, pero espejismos para un país donde la juventud sobrevive con sueldos miserables o sin empleo alguno.
“¿De qué sirve estudiar Medicina si no hay inversión en hospitales?”, se pregunta Fátima, una estudiante de 19 años que acude a todas las concentraciones. Su pregunta encierra el núcleo de la revuelta: un país que exige talento pero no ofrece futuro.
La consigna “boicot a Afriquía Gas” ha estallado en las redes como símbolo de resistencia económica. La empresa, propiedad de la familia Ajanuch, controla buena parte del suministro de carburantes del país. Es un desafío directo al poder económico y político. Y aunque las manifestaciones se mantengan pacíficas, la respuesta judicial ya es brutal: diez años de cárcel a un joven por participar en disturbios en Agadir, tres manifestantes muertos por disparos de la policía, y más de cien jóvenes esperando juicio.
Mientras tanto, la prensa oficialista intenta presentar las protestas como un fenómeno confuso y manipulable, como si la juventud marroquí necesitara tutores para expresar su hartazgo. Pero los vídeos, los testimonios y las consignas que se multiplican en TikTok y X muestran otra cosa: una generación politizada por la desigualdad, por la represión y por el hastío. Una generación que sabe que la palabra “diálogo” en boca del poder suele significar “obediencia”.
EL TRONO Y EL TEMOR
El discurso que Mohamed VI pronunciará en el Parlamento no será solo una ceremonia. Será una prueba de fuego. El monarca se enfrenta a un país donde el consenso que lo sostenía —religión, progreso y estabilidad— comienza a resquebrajarse. Las y los jóvenes no temen al caos: temen seguir viviendo sin esperanza.
Las y los manifestantes lo saben. No buscan un golpe ni un colapso, sino que se les escuche. Pero Marruecos lleva años sin escuchar. Las promesas de reforma se repiten en cada crisis, y cada crisis termina igual: con represión y encarcelamientos. El miedo ya no se impone con discursos ni con símbolos. Y cuando el miedo pierde fuerza, hasta la monarquía más sólida se tambalea.
GenZ 212 nació en las redes, pero su fuerza está en la calle. No tiene un líder al que encarcelar ni una sede que clausurar. No pide la abolición del trono, sino el fin del abuso. Y ese matiz, en Marruecos, es suficiente para encender todas las alarmas.
El rey puede volver a prometer reformas, puede destituir a un ministro o prometer diálogo. Pero ya no bastará con gestos. Porque lo que ha salido a la calle no es una protesta más. Es la generación que no vivió la Primavera Árabe, pero que ha aprendido de sus derrotas. Una generación que sabe que las dictaduras no caen de golpe, sino de desgaste.
Mohamed VI aún puede controlar los medios, los tribunales y las cárceles. Pero nadie puede encarcelar una idea cuando ya está en la calle.
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Ya dejan de contar mentiras nadie en marruecos esta en contra del rey, todos en contra de la corrupción