24 Feb 2026

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La cobardía estructural de las élites occidentales ante el caso Epstein
DESTACADA, INTERNACIONAL

La cobardía estructural de las élites occidentales ante el caso Epstein 

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No fue un monstruo aislado, fue una red protegida por apellidos, fortunas y silencio institucional

Durante años nos dijeron que Jeffrey Epstein era una anomalía. Un depredador excepcional. Un caso aislado. Hoy sabemos que esa narrativa fue una coartada. Las nuevas publicaciones de correos electrónicos y mensajes vinculados a Jeffrey Epstein vuelven a confirmar lo que las víctimas denunciaron desde el principio: no actuaba solo y no estaba desprotegido.

El trabajo de la periodista Julie K. Brown, publicado en el Miami Herald en 2018 bajo la serie Perversion of Justice, desmontó el pacto de impunidad sellado en 2008 en Florida. Brown entrevistó a 80 posibles víctimas, algunas de tan solo 13 años. De ese trabajo emergió la voz de Virginia Giuffre, que denunció haber sido explotada cuando era menor de edad y señaló a figuras como Andrew Mountbatten-Windsor.

No estamos ante rumores. Estamos ante testimonios, acuerdos judiciales, registros de vuelos, correos electrónicos y una red de protección política y económica. Y aun así, la mayor parte de los nombres influyentes implicados siguen envueltos en negaciones y tecnicismos.

En 2025, Giuffre se suicidó con 41 años. Su muerte no puede entenderse sin el peso del trauma. Diversos estudios sobre violencia sexual infantil muestran que las consecuencias son devastadoras y persistentes. Una investigación citada con frecuencia en salud pública indica que una de cada tres mujeres que ha sufrido violación ha contemplado el suicidio. El trastorno por estrés postraumático, la depresión y la autolesión no son daños colaterales. Son secuelas estructurales.

La violencia sexual no termina cuando cesa el abuso; continúa en la incredulidad, en la revictimización y en la impunidad.

Las víctimas aparecen en los documentos oficiales como “Jane Doe”. Anónimas por protección. Invisibles para la historia oficial. Pero saben quiénes son. Como Courtney Wild o Jennifer Araoz, que también denunciaron. Y saben contra quién luchaban: no contra un individuo, sino contra una arquitectura de poder.

UNA RED DE PODER QUE NO ADMITE NADA

Epstein murió en 2019 bajo custodia federal. Oficialmente fue un suicidio. Su colaboradora, Ghislaine Maxwell, fue condenada en 2021. Pero el círculo de hombres poderosos que orbitaba alrededor del financiero apenas ha sufrido consecuencias.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos ha sido reticente a publicar sin tachaduras los documentos que podrían señalar responsabilidades. El acuerdo de culpabilidad de 2008 blindó a posibles co-conspiradores. No hubo investigaciones exhaustivas sobre quienes frecuentaban la mansión de Nueva York o la isla privada en el Caribe.

Sabemos que hubo menores explotadas. Sabemos que hombres influyentes visitaban esos espacios. Sabemos que en algunos correos se hacían comentarios obscenos sobre “chicas jóvenes”. Y, sin embargo, ninguno de los grandes nombres ha admitido haber participado en abusos.

Figuras como Bill Gates han calificado las acusaciones de “absurdas”. El entorno de otros implicados ha hablado de “errores de juicio en el tono”. El propio Andrew Mountbatten-Windsor ha negado cualquier conducta ilícita.

La estrategia es conocida. Negarlo todo. Desplazar la carga de la prueba a víctimas traumatizadas. Esperar a que la atención pública se disipe.

La clase dominante no necesita demostrar inocencia; le basta con administrar el tiempo y el olvido.

IMPUNIDAD GLOBAL, SILENCIO LOCAL

Epstein no fue un fenómeno aislado. La trata y la explotación sexual de menores atraviesan continentes. Desde redes en Europa del Este hasta circuitos de explotación en el Sudeste Asiático o en los Estados del Golfo, el patrón se repite: menores vulnerables, hombres con recursos, instituciones que miran hacia otro lado.

El caso Epstein escandaliza porque involucra a multimillonarios, políticos y aristócratas occidentales. Pero la lógica es la misma en cualquier latitud: la combinación de dinero, influencia y opacidad produce impunidad.

Cuando las fiscalías se inhiben, cuando los acuerdos judiciales priorizan la reputación de los poderosos sobre la reparación de las víctimas, cuando los medios tardan años en investigar, el mensaje es devastador. El sistema protege a los suyos.

No es solo un problema judicial. Es político. Es económico. Es cultural. Las élites occidentales se presentan como guardianas de valores democráticos y derechos humanos mientras toleran, minimizan o silencian abusos en sus propios círculos.

La cobardía no es individual; es de clase.

Epstein está muerto. Maxwell cumple condena. Pero la pregunta persiste: ¿quién más sabía y calló? ¿Quién más participó y hoy continúa rehabilitado como filántropo, asesor o líder de opinión?

El poema Rape Joke de Patricia Lockwood interpelaba directamente al agresor: admite lo que hiciste. Dilo una vez. No por ti, sino por quien sufrió. Ese imperativo sigue suspendido en el aire.

Porque lo verdaderamente obsceno no es que un miembro de la realeza haya sido interrogado. Lo obsceno es que durante años el abuso se desarrollara en salones de lujo, con la complicidad activa o pasiva de quienes hoy se escudan en comunicados redactados por sus equipos legales.

Admitirlo sería un acto mínimo de humanidad. Pero la humanidad no cotiza en bolsa ni protege patrimonios. Y por eso callan.

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