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Una cuenta de periodismo antifascista puede desaparecer en minutos, pero los negocios del odio siguen encontrando escaparate, algoritmo y silencio corporativo.
CUANDO INFORMAR MOLESTA A LOS QUE VIVEN DEL MIEDO
Instagram ha eliminado la cuenta de Sistema 161, un proyecto de investigación antifascista que se había convertido en referencia para miles de personas, colectivos, sindicatos de vivienda, periodistas y vecinas y vecinos que necesitaban información rigurosa sobre organizaciones parapoliciales y redes ultras. El dato no es menor. La fecha importa porque marca otro episodio de una democracia tutelada por plataformas privadas que deciden qué voces pueden existir y cuáles deben ser borradas.
Sistema 161 no era una cuenta de memes, ni un canal de ruido, ni una fábrica de consignas vacías. Era, sobre todo, una herramienta. Una base de datos viva. Un archivo incómodo. Un espacio dedicado a documentar a quienes hacen negocio con el miedo, la expulsión de familias de sus hogares y la intimidación en los barrios. Y eso, claro, molesta. Molesta mucho más que la propaganda ultra disfrazada de opinión. Molesta más que los matones con camiseta corporativa. Molesta más que las empresas que venden violencia privada como si fuera seguridad.
Tras el cierre, Sistema 161 intentó abrir nuevas cuentas para seguir difundiendo su trabajo. Lo hizo hasta cuatro veces. Las cuatro fueron eliminadas. En una de ellas había logrado recuperar 2.500 seguidores antes de volver a caer bajo la misma trituradora algorítmica. La frase que difundieron resume bien el absurdo: la cuenta de sustitución también había sido eliminada y ya iban cuatro. Al final, Sistema_161 quedaba expulsado de Instagram.

Una plataforma que permite campañas de odio, estafas, bulos y discursos reaccionarios no puede fingir neutralidad cuando borra a quienes investigan a la extrema derecha. Esa es la cuestión. No hablamos de un fallo técnico anecdótico. Hablamos de poder. De quién puede hablar. De quién puede señalar. De quién puede acumular pruebas. De quién puede incomodar a los que siempre han contado con demasiados altavoces.
Entre los trabajos más relevantes de Sistema 161 está la investigación “Desokupa y los nazis”, dividida en seis partes. No es un detalle decorativo. Es un trabajo utilizado por sindicatos de vivienda, medios de comunicación y personas que necesitan identificar dinámicas, símbolos, rostros, vínculos y estructuras. En los barrios, esa información puede servir para reconocer a escuadristas por los logotipos de sus camisetas o por imágenes recopiladas en una investigación que seguía actualizándose. Es periodismo de archivo, de calle y de servicio público. Justo lo contrario de lo que premia el capitalismo digital.
LA DEMOCRACIA NO PUEDE DEPENDER DEL CAPRICHO DE LOS OLIGARCAS
El cierre de Sistema 161 vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que demasiadas instituciones evitan porque la respuesta da miedo: puede una democracia permitir que las herramientas a través de las cuales se informan miles y miles de personas estén en manos de grandes oligarcas y multimillonarios. No es una pregunta retórica de tertulia. Es una emergencia democrática.
Instagram pertenece a una arquitectura empresarial que no responde ante la ciudadanía como responde un medio público, un parlamento o un juzgado. Sus reglas son opacas. Sus decisiones llegan sin explicación suficiente. Sus algoritmos no tienen rostro. Y cuando una cuenta crítica desaparece, quienes pierden no son solo sus administradores. Pierden quienes la leían. Pierden quienes usaban sus investigaciones. Pierden quienes no tienen medios, abogados ni gabinetes de prensa para defenderse de empresas de intimidación, campañas reaccionarias y estructuras parapoliciales.
El capitalismo digital ha privatizado la conversación pública y después nos ha pedido que lo llamemos libertad. Pero no hay libertad real cuando una empresa puede expulsar a un medio de investigación sin rendir cuentas. No hay pluralismo cuando las normas se aplican con dureza contra el antifascismo y con una pasmosa tolerancia hacia quienes convierten el odio en negocio. No hay democracia sana cuando un proyecto incómodo puede desaparecer mientras la extrema derecha compra visibilidad, fabrica víctimas y convierte cada red social en un campo de entrenamiento emocional.
Multimillonarios controlando infraestructuras informativas globales. Dueños privados administrando la visibilidad política. Plataformas convertidas en plazas públicas con seguridad privada, normas cambiantes y puertas de salida para quienes molestan demasiado.
Ahí hay una lección dura. Las redes ayudan, sí. Difunden, amplifican, conectan. Pero también disciplinan. También castigan. También borran. Y cuando borran a quienes investigan a la extrema derecha, conviene no responder solo con lamento digital. Conviene responder con archivo, apoyo, difusión, suscripción, organización y calle.
Quienes quieran seguir el contenido de Sistema 161 pueden hacerlo a través de su página web, su perfil en X o su canal de Telegram. No es solo una recomendación práctica. Es una posición política. Porque cuando una plataforma expulsa a quienes documentan el fascismo, compartir su trabajo deja de ser un gesto y empieza a ser una forma mínima de defensa democrática.
Si el algoritmo borra al antifascismo, habrá que recordarle que la memoria de los pueblos no cabe en una cuenta de Instagram.
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