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El ciclón de categoría 3 ha dejado decenas de muertos en el Caribe y un país entero al borde del colapso eléctrico y humanitario.
UNA NOCHE SIN FIN EN UN PAÍS QUE YA VIVÍA EN EMERGENCIA
“La noche duró demasiado”. Así lo describen las y los cubanos del oriente de la isla, donde el huracán Melissa descargó toda su furia la madrugada del 29 de octubre. A las tres de la mañana, los vientos de 195 kilómetros por hora atravesaban Santiago, Granma, Camagüey, Las Tunas, Guantánamo y Holguín, arrancando techos, derribando muros y destrozando una economía ya pulverizada.
Melissa no solo azotó la tierra: golpeó a un país exhausto, con apagones constantes, hospitales desbordados y una población empobrecida por décadas de sanciones y precariedad. El huracán encontró un territorio sin defensas, donde la resiliencia ya no es heroísmo sino rutina.
El Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología confirmó que el ojo del ciclón entró por Chivirico (Santiago de Cuba) y salió por Banes convertido en categoría 2. En esas horas, 735.000 personas fueron evacuadas, muchas a refugios improvisados sin luz ni agua. Las lluvias torrenciales convirtieron los caminos en ríos y los techos en armas voladoras.
En Cayo Granma, un islote a la entrada de la bahía de Santiago, decenas de familias decidieron quedarse a proteger sus casas por miedo a perder lo poco que tenían. “La marea subió bastante. Vemos muchas tejas de zinc caídas, árboles y postes de electricidad derribados”, relató Lisette Murguía, atrapada allí junto a su equipo de filmación. No había barcos, ni electricidad, ni cobertura. Solo viento y silencio.
El huracán Melissa no golpeó solo con fuerza física. Desnudó la fragilidad estructural de un país que sobrevive entre apagones, racionamientos y una inflación desbocada. La salida planificada de las termoeléctricas del oriente afectó todo el sistema eléctrico nacional. El resto del país se apagó con el este.
UN CARIBE HERIDO Y UN CONTINENTE INDIFERENTE
El paso del huracán por el Caribe ha dejado al menos 49 muertes, según datos citados por la BBC. 40 en Haití, 8 en Jamaica y 1 en República Dominicana. En Jamaica, Melissa fue la peor tormenta en 174 años. Todo el país permanece a oscuras, sin comunicaciones ni transporte. “Las necesidades humanitarias son graves y urgentes”, advirtió Alexander Pendry, jefe de respuesta global de la Cruz Roja Británica.
En Cuba, Miguel Díaz-Canel habló de “daños cuantiosos”, pero aún no existen cifras oficiales. Las universidades, hospitales y viviendas colapsadas se suman a un paisaje devastado donde el Hospital Juan Bruno Zayas de Santiago sufrió pérdidas graves. En Holguín, ceibas centenarias fueron arrancadas de raíz, símbolo de una historia que se desmorona.
Cada huracán en el Caribe golpea más fuerte porque golpea sobre pobreza. El cambio climático ha intensificado los ciclones tropicales, pero la desigualdad es la que decide quién sobrevive. Mientras las aseguradoras globales hablan de pérdidas económicas, los pueblos de Haití, Jamaica y Cuba hablan de vidas, de techos, de hambre.
La crisis climática no es una amenaza futura. Es una realidad diaria en los márgenes del mundo, donde las emisiones de los países ricos se pagan con cadáveres del sur. Cada grado de calentamiento es una condena. Cada año de inacción, una sentencia.
Los datos lo confirman: el Caribe pierde el 17% de su PIB por desastres naturales agravados por el cambio climático. Pero no hay fondos verdes ni reconstrucción digna para quienes no cotizan en Wall Street. Hay promesas, visitas diplomáticas y silencio.
Y mientras tanto, las comunidades más pobres siguen rezando. Como la madre de Lisette, en La Habana, que compró 10 azucenas por 1.000 pesos (dos dólares, casi la mitad de su pensión) para hacerle una ofrenda a los santos yorubas. Porque cuando el Estado no puede, la fe sostiene.
El huracán pasó, pero la tormenta sigue: hambre, apagones y desamparo.
Melissa se va, pero deja al descubierto lo que nadie quiere mirar:
que en el Caribe ya se vive el futuro que el resto del mundo teme.
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