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La ofensiva militar israelí en el sur de Cisjordania confirma que la violencia estructural ya no necesita pretextos ni plazos.
El 18 de enero, las Fuerzas de Ocupación Israelíes anunciaron el inicio de una operación militar a gran escala en la zona de Jabal Johar, en la gobernación de Hebrón, al sur de la Cisjordania. Un nuevo despliegue masivo de tropas, registros casa por casa y control armado del territorio, presentado con el lenguaje habitual de la seguridad, pero ejecutado con la lógica intacta de la ocupación.
Según el comunicado oficial, la operación tiene como objetivo “desmantelar infraestructuras terroristas, erradicar la posesión ilegal de armas y reforzar la seguridad”. El guion es conocido. Las palabras cambian poco, las consecuencias tampoco. La campaña, añadieron, se prolongará durante varios días, lo que en el terreno significa noches de incursiones, detenciones arbitrarias y una población civil sometida a un estado de excepción permanente.
En Hebrón no se trata de una acción aislada ni de una respuesta puntual. La ofensiva se interpreta como un intento preventivo de abortar cualquier forma de resistencia palestina antes de que exista, una estrategia de anticipación represiva que convierte a toda una ciudad en sospechosa colectiva. No hay hechos concretos que justificar, solo la voluntad de controlar, fragmentar y castigar.
El nuevo asalto llega menos de dos meses después de que las fuerzas israelíes lanzaran su segundo gran ataque arrasador en el norte de Cisjordania en el plazo de un año. La secuencia no responde a una escalada coyuntural, sino a una política sostenida. La ocupación se gestiona como un proceso continuo de desgaste, donde cada operación allana el terreno para la siguiente.
UNA OPERACIÓN MILITAR QUE NO ES EXCEPCIÓN, SINO MÉTODO
Hablar de “operación” implica temporalidad. Hablar de Hebrón obliga a hablar de permanencia. La ciudad es uno de los enclaves más militarizados de Cisjordania, con presencia constante de colonos armados, checkpoints internos y un despliegue de seguridad que atraviesa la vida cotidiana. Cada incursión no inaugura nada nuevo, solo profundiza un modelo ya existente.
La ofensiva en Jabal Johar se inscribe en una estrategia integral de represión que combina operaciones militares formales con ataques sistemáticos de colonos, a menudo tolerados o directamente protegidos por el ejército. La frontera entre violencia estatal y violencia paraestatal se diluye hasta desaparecer. El resultado es el mismo: expulsión, miedo y control.
La retórica israelí insiste en la “seguridad”, pero la seguridad nunca es simétrica. Se protege al ocupante y se criminaliza a la población ocupada. Se normaliza el uso de la fuerza en zonas residenciales mientras se niega a la población palestina cualquier mecanismo real de protección. La seguridad se convierte en un privilegio étnico, no en un derecho universal.
Las y los habitantes de Hebrón conocen bien este patrón. Las redadas nocturnas, los cierres de barrios enteros y las detenciones sin cargos forman parte de una pedagogía del miedo diseñada para desactivar cualquier forma de organización social o política. No se persigue solo a quienes resisten, sino a quienes podrían llegar a hacerlo.
CIFRAS QUE DESMIENTEN EL RELATO DE “SEGURIDAD”
El contexto numérico desmonta cualquier intento de justificar la operación como una medida defensiva. **Según un informe de las Naciones Unidas publicado el 7 de enero de 2026, al menos 240 palestinos han sido asesinados en Cisjordania como resultado de las campañas militares israelíes y los ataques de colonos en el último periodo analizado. Entre las víctimas hay 55 niños y niñas.
No son daños colaterales. Son consecuencias directas de una política de ocupación armada que actúa con un nivel de impunidad sostenido en el tiempo. Las cifras no hablan de enfrentamientos equilibrados, sino de una violencia estructural que se ejerce desde una posición de poder absoluto.
Cada nueva operación, como la lanzada en Hebrón el 18 de enero de 2026, se suma a una estadística que no genera sanciones ni consecuencias políticas reales. La repetición de las incursiones normaliza la muerte, la convierte en un efecto asumido del orden establecido. La legalidad internacional queda reducida a comunicados, mientras el terreno se rige por la ley del fusil.
El lenguaje oficial insiste en “erradicar amenazas”, pero la amenaza real es la ocupación misma. Una ocupación que no busca estabilizar, sino administrar la inestabilidad como forma de dominio. Hebrón no es un frente de guerra, es una ciudad habitada, y tratarla como un objetivo militar es una decisión política consciente.
La operación en Jabal Johar no anuncia el final de nada. Anuncia la continuidad de un sistema que necesita la fuerza para sostenerse, y que solo puede ofrecer más control, más muertos y más silencio internacional como horizonte inmediato.
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